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EL ESPEJO EN EL ESPEJO
Michael Ende
Perdóname, no puedo hablar más alto. No sé cuándo me oirás, tú, a quien me dirijo.¿Y acaso me oirás?.Mi nombre es Hor.Te ruego que acerques tu oído a mi boca, por lejos que estés de mí, ahora osiempre. De otro modo no puedo hacerme entender por ti. Y aunque te avengas asatisfacer mi ruego quedarán bastantes secretos que tendrás que desvelar por tucuenta. Necesito tu voz donde la mía falla.Esta debilidad se explica quizás por la manera de vivir de Hor. Habita, hasta donde puedo recordar, un edificio gigantesco, completamente vacío, en el que cada palabra pronunciada en voz alta produce un eco interminable.Hasta donde puede recordar. ¿Qué significa?En sus diarias caminatas por salas y pasillos Hor sigue encontrándose a veces conel eco errante de algún grito proferido imprudentemente en otros tiempo. Leresulta muy penoso encontrarse así con su pasado, sobre todo porque la palabra pronunciada entonces ha llegado a perder forma y contenido hasta volverseirreconocible. A esos balbuceos idiotas no se expone ya Hor.Se ha acostumbrado a utilizar su voz -si es que la utiliza- por debajo de ese umbralvacilante a partir del que podría producirse un eco. Este umbral se halla sólo un poco por encima del silencio total, pues la casa es de una sonoridad cruel.Sé que exijo mucho, pero tendrás que contener incluso la respiración si te interesaescuchar las palabras de Hor. Sur órganos vocales se han atrofiado con tantosilencio -se han transformado.Hor no podrá hablar contigo con mayor claridad que la que es propia de aquellasvoces que oyes poco antes de quedar dormido.Y tendrás que hacer equilibrios en el estrecho margen entre el sueño y la vigilia oflotar como aquellos para los que arriba y abajo significa lo mismo.Mi nombre es Hor.Mejor sería decir: me llamo Hor. ¿Pues quién, aparte de mí, me llama por minombre?¿He mencionado ya que la casa está vacía? Quiero decir completamente vacía.Para dormir, Hor se acurruca en un rincón o se acuesta donde esté en ese momento,incluso en medio de una sala cuando las paredes están demasiado lejos.
 
 La comida no le preocupa a Hor. La substancia de la que están hechas paredes ycolumnas es comestible -al menos para él-. Es una masa amarillenta, ligeramentetransparente, que sacia muy de prisa el hambre y la sed. Además las necesidades deHor son escasas en este sentido.El paso del tiempo no significa nada para él. No tiene posibilidad de medirlo,excepto con el latido de su corazón. Pero éste es muy desigual. Hor no conoce losdías ni las noches, siempre le rodea la misma penumbra.Cuando no duerme, vaga de un lado a otro, pero no persigue ninguna meta. Essencillamente un impulso, una necesidad que le divierte satisfacer. Sólo de vez encuando llega a una pieza que cree reconocer, que le parece conocida, como si yahubiese estado en ella en tiempos inmemoriales. Por otro lado, señalesinconfundibles le permiten a menudo inferir que pasa por un lugar en el que yaestuvo una vez -una esquina mordisqueada, por ejemplo, o un montón deexcrementos resecos-. Sin embargo, la pieza en sí le resulta a Hor tan extrañacomo las demás. Quizás las habitaciones se transforman durante la ausencia deHor, crecen, se extienden o encogen. Quizás es el paso de Hor el que provoca estastransformaciones, pero a él no le gusta esa idea.Que aparte de Hor alguien habite la casa, me parece imposible. Claro que no hay pruebas de ello debido a la inimaginable amplitud de la construcción. Es tan pocoimposible como probable.Muchas habitaciones tienen ventanas, pero éstas sólo se abren a otras piezas,generalmente más amplias. Aunque la experiencia no le ha enseñado hasta ahoranada diferente, a veces Hor imagina que llega a una última pared extrema cuyasventanas ofrecen una vista de algo completamente distinto. Hor no puede decir loque podría ser, pero a veces se entrega a largas reflexiones sobre ello. Sería falsoafirmar que anhela esa vista -es lo una especie de juego, un inventar intencionado de diversas posibilidades-. En sus sueños, sin embargo, Hor hadisfrutado a veces de tales vistas, aunque al despertar no recordara nada digno demención. Sólo sabe que era así y que solía despertarse anegado en lágrimas. PeroHor le da poca importancia, lo menciona porque es extraño...Me he expresado mal. Hor no sueña nada, y no tiene recuerdos propios. Y sinembargo, toda su existencia está llena de los horrores y goces de experiencias queasaltan su espíritu a la manera del recuerdo súbito.Claro que no siempre. A veces su espíritu permanece mucho tiempo como unasuperficie de agua inmóvil, pero en otros momentos estas experiencias le asaltan por todos los lados, le acosan, le golpean como rayos y entonces corre por los pasillos vacíos, se tambalea, hasta que cae agotado al suelo y se queda tumbado yvomita. Pues ante esto Hor se halla indefenso.A la manera del recuerdo súbito. ¿Lo dije así?Me llamo Hor.
 
 ¿Pero quién es: yo-Hor? ¿Soy sólo uno? ¿O soy dos y tengo las experiencias deaquel segundo? ¿Soy muchos? ¿Y todos los demás que son yo viven allí, fuera deaquel extremo y último muro? ¿Y todos ellos no saben nada de sus experiencias,nada de sus recuerdos, porque éstos no pueden quedarse afuera con ellos? Ah, perocon Hor sí se quedan, viven con su vida, le acometen sin compasión. Se fundencon él. Tira de ellos como de una cola que se arrastra interminable por las salas yhabitaciones y sigue creciendo y creciendo.¿O acaso os llega también algo de mí a los que estáis ahí fuera, a uno o a muchos,que sois uno conmigo como las abejas con la reina? ¿Me sentís, miembros de micuerpo disperso? ¿Oís mis palabras inaudibles, ahora o sin tiempo? ¿Acaso me buscas tú, mi otro? ¿A Hor que eres tú mismo? ¿A tu recuerdo que está conmigo?¿Nos aproximamos a través de espacios infinitos como estrellas, paso a paso eimagen por imagen?¿Y nos encontraremos una vez, algún día o sin tiempo?¿Y qué seremos entonces? ¿O no seremos ya? ¿Nos anularemos mutuamente comoel sí y el no?Pero entonces verás: yo he guardado todo fielmente.Mi nombre es Hor.El hijo se había soñado alas bajo la experta dirección de su padre y maestro.Durante muchos años las había creado, pluma por pluma, músculo por músculo yhuesecillo por huesecillo en largas horas de trabajo, de sueño, hasta que tomaronforma. Las había dejado crecer de sus omóplatos en la posición correcta (eraespecialmente difícil percibir con toda exactitud la propia espalda en sueños), yhabía aprendido poco a poco a moverlas adecuadamente. Había sido una dura prueba para su paciencia seguir practicando, hasta que tras interminables y vanosintentos fue por primera vez capaz de elevarse al aire por unos instantes. Peroluego cobró confianza en su obra, gracias a la benevolencia y severidadinquebrantables con que le guiaba su padre. Con el tiempo se había acostumbradotan por completo a sus alas que las sentía como parte de su cuerpo, tanto queexperimentaba en ellas dolor o bienestar. Al final había tenido que borrar de sumemoria los años en que había estado sin ellas. Ahora era como si hubiese nacidocon alas, como con sus ojos o manos. Estaba preparado. No estaba en absoluto prohibido abandonar la ciudad-laberinto. Al contrario, quienlo lograba era mirado como un héroe, un bienaventurado y su leyenda era contadadurante mucho tiempo. Pero eso sólo les estaba reservado a los dichosos. Las leyesa que estaban sometidos todos los habitantes del laberinto eran paradójicas, peroinmutables. Una de las más importantes decía: sólo quien abandona el laberinto puede ser dichoso, pero sólo quien es dichoso puede escapar de él.Pero los dichosos eran raros en los milenios.El que estaba dispuesto a intentarlo, tenía que someterse antes a una prueba. Si nola superaba, no era castigado él, sino su maestro, y el castigo era duro y cruel.
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