intentaba oponerse a sus órdenes alzaba con asombro las cejas y no sólo Miss Twiggle oMr. Ashley, sino también el venerable y veterano Henry obedecían inmediatamente.Cómo lograba imponerse el niño era un enigma para los que le rodeaban, y él mismo loconsideraba algo tan natural que ni siquiera reflexionaba sobre ello.En una ocasión en la cocina de un hotel, en la que merodeaba de vez en cuando paradesesperación de los cocineros, vio una langosta viva y al instante ordenó que fueratrasladada a su bañera. Así se hizo, a pesar de que el crustáceo había sido encargado por un huésped para la cena. Cyril estuvo observando durante media hora a la extrañacriatura, pero como ésta no hacía más que mover de tiempo en tiempo sus largasantenas, perdió el interés y se marchó, olvidándola. Por la noche, al ir a bañarse, ladescubrió de nuevo. La sacó al pasillo y la dejó allí. El animal se arrastró debajo de unarmario y no volvió a aparecer. Unos días más tarde el olor insoportable alarmó al personal del hotel, que tuvo alguna dificultad para dar con el origen de aquella pestilencia. Otra vez Cyril obligó al jefe de recepción de un hotel danés a construir conél durante varias horas un hombre de nieve, que luego debió ser transportado al halldonde se derritió lentamente. En Atenas, después de un concierto de piano en el salóndel comedor, hizo subir al pianista con el piano de cola a su habitación, donde exigió aldesafortunado artista que le enseñara sin dilación a tocar el instrumento. Al comprender que necesitaba alguna práctica cogió una rabieta, a consecuencia de la cual sufrióespecialmente el piano. Tras esta escena cayó enfermo y pasó varios días en cama confiebre. Cuando lord Basil se enteraba de estas excentricidades de su hijo, solía parecer más divertido que enojado.Es sin duda un Abercomby, era su indiferente comentario. Seguramente quería decir queen la larga serie de sus antepasados había existido toda clase de locura y que loscaprichos de Cyril no podían medirse por el rasero de la gente corriente.Cyril había nacido, por cierto, en la India, pero apenas si recordaba el nombre de suciudad natal o algo del país. Su padre estaba entonces destinado en el consulado. Sobresu madre, lady Olivia, Cyril tan sólo sabía lo que lord Basil le había contado una vez,con palabras más que breves, en respuesta a sus preguntas. Lady Olivia se había fugadocon un violinista a los pocos meses de nacer su hijo. Evidentemente el padre noapreciaba en absoluto las conversaciones en torno a este tema, por lo cual el hijo novolvió a tocarlo. A través de Mr. Ashley se enteró más tarde de que no se había tratadode un violinista cualquiera, sino del entonces famoso virtuoso Camillo Berenici, el ídolode las damas de toda Europa. Esta relación romántica, sin embargo, se había disuelto alcabo de un año, como suele ocurrir con este tipo de aventuras. Mr. Ashley parecíarelatar la historia con evidente placer, aunque quizá estuviera un poco bebido y por lotanto se sintiera especialmente locuaz. El escándalo social -continuó Mr. Ashley- habíasido considerable. Lady Olivia se retiró por completo del mundo y vivía en casi totalsoledad en una de sus propiedades del sur de Essex. Lord Basil, por cierto, no se habíadivorciado nunca de ella, pero había quemado todos sus retratos y daguerrotipos, y jamás pronunciaba, si se exceptúa la citada ocasión, su nombre. Cyril, pues, desconocíaincluso el aspecto de su madre.La razón por la que Abercomby llevaba a su hijo en sus viajes por el mundo en vez demeterle en uno de los internados que correspondían a su clase no estaba muy clara ydaba pie a numerosas conjeturas. Entre ellas, desde luego, no figuraba el amor paterno,ya que era sobradamente conocido que lord Abercomby, dejando a un lado sus- 2 -
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