Ya en mis escritos anteriores exponía la idea que anima a las páginas que siguen. Hablo, asaber, de la transformación en demonios que sufrieron las divinidades grecorromanascuando el cristianismo alcanzó la supremacía mundial. La creencia popular otorga a aquellosdioses una existencia real aunque maldita, coincidiendo así totalmente con la doctrina de laIglesia. Esta última no define en modo alguno a esos dioses —al contrario de los filósofos—como quimeras, como engendros de la mentira y del error, sino que los tiene más bien porespíritus del mal, los que ahora, tras haber sido derrocados de las alturas luminosas de supoder por el triunfo de Cristo
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llevan sobre la tierra una existencia sombría en las tinieblasde las ruinas de sus templos o en los bosques encantados, donde se dedican a atraer alcristiano débil que se pierda por esos sitios, para lo que se valen de sus seductoras artesdemoníacas, del sensualismo y la belleza, muy especialmente de las danzas y los cánticos,provocando de este modo la perdición de su alma. Todo cuanto tiene relación con este tema—la transformación de los antiguos cultos naturales en el servicio a Satanás, y delsacerdocio pagano, en brujería: ese endemoniamiento de los dioses— lo he expuesto sinrodeos tanto en la segunda como en la tercera parte del
Salón
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y pienso poder ahorrarmeasí todo análisis posterior, teniendo en cuenta, además, que otros escritores, tanto al seguirlas huellas de mis alusiones como al inspirarse en las sugestiones que hacía sobre laimportancia del tema, lo han tratado de manera mucho más amplia, extensa y profunda queyo.Si en tal ocasión no mencionan el nombre del autor al que corresponde el mérito de lainiciativa, esto era, con seguridad, un olvido de poca importancia. Por mi parte, no quierohacer mucho hincapié sobre este derecho mío. De hecho es cierto que el tema que pusesobre el tapete no era ninguna novedad; pero con tales divulgaciones de viejas ideas ocurrelo mismo que con el huevo de Colón: cada quien lo ha sabido, pero nadie lo ha dicho. Puessí, lo que dije no era ninguna novedad, y se encontraba ya desde hace mucho tiempopublicado en los venerables legajos de los recopiladores y anticuarios, en cuyas catacumbasde la sabiduría se encuentran almacenadas las más heterogéneas osamentas depensamientos, a veces con una simetría tan espantosa que resulta más terrorífica que laarbitrariedad salvaje. Confieso también que el tema mencionado ha sido tratado por sabiosmodernos, pero lo han enterrado, por así decirlo, en sus sarcófagos de madera paramomias, en los que un lenguaje científico, confuso y abstracto ha de parecerle al granpúblico, incapaz de descifrarlo, jeroglíficos egipcios. De esas criptas y osarios he conjuradolos pensamientos, devolviéndoles una vida real mediante el poder mágico de la palabracomprensible para el común de las gentes, mediante la magia negra de un estilo sano, claroy popular.Pero vuelvo a mi tema, cuya idea principal, tal como he dicho antes, no será ya aquí objetode explicación. Sólo con pocas palabras deseo llamarle la atención al lector sobre cómo esospobres dioses antiguos de los que hablo, cuando llegó la época del triunfo definitivo delcristianismo, en el siglo III, se vieron de pronto en apuros que presentan la másextraordinaria de las analogías con ciertos viejos y tristes aspectos de su vida divina. Seencontraron, a saber, ante las mismas dificultades penosas que habían conocido ya entiempos muy remotos, en aquella época revolucionaria en la que los titanes burlaron lavigilancia de Orco y, situando el Pelión sobre el Ossa, asaltaron el Olimpo. Los pobresdioses, con los disfraces más dispares, tuvieron que huir miserablemente. La mayoría sedirigió a Egipto, donde, para mayor seguridad, adoptaron formas de animales, tal comosabemos por muchas noticias. Y de igual manera tuvieron que huir de nuevo los pobresdioses paganos, en disfraces de todo tipo y buscando cobijo en escondrijos apartados,cuando el amo verdadero del mundo colocó el estandarte de su cruz en la fortaleza del cieloy los celotes iconoclastas, las negras bandas de monjes, profanaron todos los templos ypersiguieron con fuego y anatema a los dioses expulsados. Muchos de esos pobresemigrantes, faltos de techo y de ambrosía, tuvieron que recurrir entonces a un oficioburgués para ganarse, al menos, el pan de cada día. Bajo circunstancias tales, más de uno,
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Bajo el titulo
Der Salon
fue recogiendo Heine diversos escritos. Aquí se refiere concretamente a
Zur Geschichteder Religión und Philosophie in Deutschland (Salón
II, Hamburgo, 1834) y a
Espíritus elementales.
En el
Salón
IIincluía Heine también
Noches florentinas y la
canción de Tannhäser al final de
Elementargeister
, que Wagnerutilizaría como libreto de su ópera.
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