Tessa Korber El médico del Emperador
vida te había gustado mucho hacerlo, y mídete con mi traición! En caso de que pierda... Bueno,oiré a los pretorianos llamar a la puerta y ya tengo la copa aquí preparada, a mi lado. «¡Mirad,sin manos, sin manos!», eso había gritado de niño, agitando las manos. ¡Oh, dioses, qué lejosquedaba el cielo de Pérgamo! No, tenía razón aquella muchacha que, en lugar del abrazo esperado como recompensa amis acrobacias, me dio una bofetada que me dejó la mejilla ardiendo. No obstante, no logrorecordar su nombre, y debería serme inolvidable, pues, de hecho, la noche que salí a pasear conella era última noche que estaba en mi ciudad natal. Ya había terminado mis estudios médicos ymis maestros elogiaban mi talento excepcional. Los muchachos del vecindario que me habíanamargado la infancia, a mí, al que gustaba de quedarse en casa a estudiar, se habían convertidoya en modestos artesanos y padres de familia que se inclinaban con respeto cada vez que entrabaen sus tiendas y les encargaba, por ejemplo, un bisturí especial para mis operaciones. Al verlos, aveces pensaba que para ellos lo mejor ya había pasado: su niñez, en la que habían sido los amosde la calle. Para mí, de eso no tenía duda alguna, lo mejor aún estaba por llegar. Casi meavergonzaba pensar que era así, y me preguntaba si también ellos creían lo mismo, si suhumildad hacia mí y hacia sus propias vidas tenía tintes de nostalgia o incluso de amargura.¿Habrían sabido ya entonces, cuando me perseguían por las escarpadas escaleras de la parte bajade la ciudad, que yo indefectiblemente acabaría siendo el amo y ellos los siervos? ¿Que ladiversión duraría poco?¡Mi diversión estaba a punto de comenzar! Al día siguiente, una caravana de carroscargados de pergaminos, producto que le debía su nombre a mi ciudad, me llevaría hacia la costaen dirección a Elaia, y desde allí las pieles y yo compartiríamos un barco hasta Alejandría, dondeimpartía clases un afamado médico, Numisiano. No había dado con él en Corinto, pero en Egiptosí que lo encontraría, me convertiría en su alumno prominente y difundiría su fama y la mía por todo el mundo. Esa era mi firme convicción, aun cuando ni él ni el mundo sospechasen todavíala suerte que les aguardaba.Mi padre juzgó buena mi elección. Un médico que podía decir de sí que había estudiadoen Alejandría tenía abiertas las puertas del mundo de la nobleza. Una vez más me repitió suadvertencia de que no me hiciera adepto de su escuela, sino que mantuviera un espíritu críticofrente a todas las opiniones generalmente admitidas, vinieran de donde viniesen. Se lo prometícon la conciencia bien tranquila, pues pocas semanas antes le había dicho cuatro verdadesdelante de todo el mundo a un médico ambulante que había dado una conferencia en la sala decolumnas del gran gimnasio. ¡Sólo las ilustraciones que había expuesto como demostración de lanaturaleza del útero probaban que aquel tipo no había visto nunca con sus propios ojos ladisección de un abdomen! Una simple disección le habría desvelado que la mitad izquierda y laderecha no tenían una circulación sanguínea distinta y que, por tanto, carecía de sentido deducir el futuro sexo del recién nacido según el emplazamiento del feto (él afirmaba que el lado con unairrigación mayor era, por lo general, el masculino). Las arterias que llegan al útero, de hecho...Ya empiezo a divagar. Salté al estrado del orador, le di la vuelta a un panel y esbocé con pocaslíneas un esquema sobre cómo era en realidad un abdomen. El hombre reemprendió su caminoese mismo día.Yo, por el contrario, escribí enseguida un libro sobre el tema y se lo dediqué —pese a queno sabía leer— a mi ama de cría, Alcestes. Más adelante lo cedí a nuestra famosa biblioteca.Alcestes derramó lágrimas sobre ese regalo, lágrimas que yo entonces creí de felicidad. Hoy yano estoy tan seguro.Alcestes era el ama de cría de nuestro barrio. Mi padre, pese a que era esclava suya, ladejaba trabajar con toda libertad y también le permitía quedarse con una parte del dinero queganaba para sus gastos. Jamás pude imaginarme que Alcestes quisiera abandonarnosvoluntariamente. Para mí, sin duda, era única en todo el mundo. Incluso cuando mi madre vivía
Digitalizado por Hyspastes y Txerra para Biblioteca IRC. Octubre-04
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