solidaridad que le unía a sus correligionarios, solidaridad espiritual que no estaba, por otra parte, desprovista decierto alcance político. Es de notar que no sólo nuestro párroco, el Reverendo doctor Zwilling, sino también eldoctor Carlebach, rabino de la ciudad, frecuentaban (cosa que en un hogar protestante hubiese sido punto menosque inconcebible) el primer piso, donde vivíamos, de la misma casa cuya planta baja ocupaban la botica y ellaboratorio. De los dos, el ministro de la Iglesia Romana era el más aventajado físicamente. Pero en mí persiste laimpresión, fundada quizás en juicios oídos a mi padre, de que el pequeño talmudista, con su larga barba y sucasquete, era muy superior a su hermano en distinta religión, tanto por su saber como por su agudeza teológica.Estas experiencias juveniles, pero también la comprensión con que los hebreos juzgaron siempre la obra deLeverkühn fueron sin duda causa de que en la cuestión judía y en el trato dado a los judíos no pudiera yo nuncaaprobar sin reservas la política del Führer y de sus paladines, hecho que no dejó de influir en mi decisión derenunciar a ejercer el profesorado. Cierto es también que han pasado por mi vida ejemplares de aquella estirpe –me bastará recordar el ejemplo de Breisacher de Munich, hombre consagrado, por inclinación personal, a la erudición yal estudio–, sobre cuya perturbadora y poco simpática influencia me propongo proyectar alguna luz en lugar adecuado.Por lo que atañe a mis orígenes católicos, claro está que ellos influyeron sobre mi vida interior y contribuyeron amodelarla, pero esta tonalidad de mi vida nunca entró en conflicto con mi concepción humanista del mundo, con miamor por las que, en pasados tiempos, fueron llamadas «excelsas artes y ciencias». Entre estos dos elementos de mi personalidad la armonía fue siempre completa, cosa que por otra parte no es difícil de lograr cuando, como en micaso, se ha crecido en el ambiente de una vieja ciudad, cuyos recuerdos y monumentos se sitúan en lejanos tiempos precismáticos, cuando el mundo cristiano vivía unido aún. Verdad es que Kaisersaschern se encuentra en el centromismo de la cuna de la Reforma, en el corazón del país de Lutero. circundado por esas ciudades que se llamanEisleben, Wittenberg, Quedlinburg, y también Grimma, Wolfenbüttel y Eisenach –lo que ayuda, por otro lado, acomprender la vida interior de Leverkühn, luterano él, y explica que sus primeros estudios fueran consagrados a lateología. Pero la Reforma es, para mí, comparable a un puente que no sólo conduce de los tiempos escolásticos anuestro mundo de librepensamiento, sino que nos lleva también, en sentido inverso, hacia la Edad Media y nos permite, quizá, penetrar más profundamente en ella que una tradición puramente católica, de más amable cultura pero ajena a la división de la Iglesia. Por mi parte, mi hogar espiritual se sitúa precisamente en aquella edad de oroque daba a la Santa Virgen el nombre de
Jovis alma parens
.Prosiguiendo la narración de lo más esencial de mi vida, he de decir que, por bondadosa decisión de mis padres,frecuenté el Liceo del lugar, la misma escuela en que, dos clases más atrás, Adrián cursaba también sus estudios, yque, fundada en la segunda mitad del siglo xv, llevó hasta hace poco el nombre de «Escuela de la HermandadComunal». Un cierto sentimiento de incomodidad ante ese nombre superhislórico y de sonoridad algo cómica parael oído moderno, hizo que fuera cambiado por el de «Liceo de San Bonifacio», santo patrón de la vecina iglesia.Cuando, a principios de siglo, salí de aquella escuela me consagré, sin vacilar, a las lenguas clásicas, en cuyoestudio me había ya distinguido hasta cierto punto, y seguí los cursos de las universidades de Giessen, Jena yLeipzig; más tarde, de 1904 a 1906, los de la Universidad de Halle, al propio tiempo, y ello no por causualidad, queLeverkühn estudiaba también allí.No puedo dejar de referirme, al pasar, y como tantas veces, a la íntima y casi misteriosa relación que existe entrela filología clásica y el sentido vivo y afectivo de la belleza y de la dignidad del hombre como ente de razón – relación que se manifiesta ya en el nombre de «Humanidades» dado al campo de investigación de las lenguasantiguas y también en el hecho de que la coordinación íntima entre la pasión del lenguaje y las humanas pasiones seopere bajo el signo de la educación y como coronada por él, en virtud de lo cual la misión de formar la juventud se presenta como una consecuencia casi obligada de los estudios filológicos. El hombre versado en las cienciasnaturales podrá ser profesor, pero no será nunca un educador en el sentido y con el alcance que puede serlo elcultivador de las buenas letras. Tampoco el lenguaje de los sonidos (si así puede la música ser llamada), eselenguaje quizá más profundo, pero maravillosamente inarticulado, me parece formar parte de la esfera humanista y pedagógica, aun sabiendo muy bien que en la pedagogía griega y, de un modo general, en la vida pública de lasciudades de Grecia representó útil papel. A pesar del rigor lógico-moral de que gusta envanecerse, entiendo, alcontrario, que la música pertenece a un mundo espiritual del que no quisiera, en las cosas de la razón y de ladignidad humanas, tener que responder incondicionalmente poniendo la mano en el fuego. Si, no obstante, mesiento cordialmente atraído hacia ella, será, sin duda, por una de esas contradicciones que, ya sean de lamentar omotivo de satisfacción, son inseparables de la naturaleza humana.
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