C
APÍTULO
P
RIMERO
Tot
De la belleza
Así, dicho está que José tenía diecisiete años cuando fue encargado de la guarda delos rebaños, junto con sus hermanos, y que a la vera de los hijos de Lía y de Celia,mujeres de su padre, era un joven pastor. El hecho es verídico, como lo es también lafrase siguiente de las "bellas conversaciones": "José iba ante su padre con el cuento detodo lo malo que sus hermanos hablaban". Ya hemos tenido la prueba de esto. Desdecierto punto de vista, no sería difícil encontrar en él un granuja insoportable. Así lo juzgaban sus hermanos. No compartimos esta idea, o la apartamos a toda prisa denosotros, pues José merecía mejor calificativo. Empero y por muy exactos que sean losdatos que tengamos, hay que examinarlos como es debido, para que la situación seestablezca con nitidez y pueda florecer de nuevo un pasado marchito.José tenía diecisiete años: a los ojos de cuantos lo veían, era hermoso entre todoslos hijos de los hombres. Diciendo verdad, no nos agrada hablar de belleza. La palabra yla idea no dejan de producir cierto aburrimiento. ¿No es la belleza un concepto sublime, pero incoloro; algo como un sueño dominical? Se dice que la belleza reside en undeterminado canon. Pero éste se dirige al espíritu más que a la sensibilidad, que escapaa su tutela. De ahí la inanidad de la belleza total, impecable. La sensibilidad quisieratener algo que perdonar, y si esto falta, vuelve la cabeza, bostezando. Paraentusiasmarse a la vista de lo que es simplemente perfecto se necesitan una sumisión yun conformismo al modelo, propios más bien de un pedante. Es difícil atribuir profundidad al entusiasmo razonado. El canon nos subyuga desde afuera, y de unamanera didáctica; para provocar el choque íntimo es necesaria cierta magia. La bellezaes un sortilegio que obra sobre nuestros sentimientos y su prestigio es casi siempreilusorio, por lo menos a medias, incierto y frágil. Si un cuerpo sin defectos nos muestrauna cabeza repugnante, su fuerza de atracción queda destruida, excepto, quizá, en laobscuridad. Y en este caso hay engaño. ¡Y cuánto engaño, burla y trampa hay en elreino de lo bello! ¿Por qué? Porque ese reino es a la vez el reino del deseo y del amor, porque el sexo interviene y determina la idea de belleza. Los anales están llenos dehistorias en las que muchachos disfrazados de mujer han vuelto locos a los hombres, ymuchachas con pantalones que han desencadenado pasiones en sus semejantes; desde elmomento en que se descubría la verdad, y la belleza se demostraba impropia para un fin práctico, la exaltación desaparecía. La acción que la belleza física ejerce sobre lossentimientos no es quizá sino la magia del sexo, la evidencia de la idea sexual, de suerteque la más agradable de las alabanzas consistiría en decir de un hombre que es viril, deuna mujer que es femenina en extremo, más que en decirles sencillamente que son bellos; sólo por un esfuerzo de su razón puede un hombre aplicar ese calificativo aotro hombre, una mujer a otra mujer.Raros son los casos en que la belleza, triunfando sobre los fines prácticos, puedeejercer su plena acción sobre los corazones; se citan, no obstante, algunos ejemplos.Aquí interviene el factor de la juventud, otro sortilegio que la sensibilidad tiende aconfundir con la belleza, a menos que muy flagrantes imperfecciones paralicen su poder de seducción. Juventud es, generalmente, sinónimo de Belleza, tanto para otros como
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