Librodot Veinticuatro horas en la vida de una mujer Stefan Zweig
Pero, en realidad, sólo se trataba de una dependencia económica del gran PalaceHotel, con el que inmediatamente se comunicaba por el jardín, de manera quevivíamos en constante relación con sus huéspedes. El día anterior se había pro-ducido en el hotel un tremendo escándalo. En el tren de mediodía, a las doce yveinte minutos (cito exactamente la hora, pues se trata de un detalle importantepara la explicación de esta historia), había llegado un joven francés, quien alquilóuna habitación que daba al mar; esto, de su parte, revelaba ya una desahogadaposición económica. Mas este joven no sólo resultaba atrayente por su elegancia,sino también, y muy en particular, por su belleza llena de simpatía: en su delicadoy femenino rostro, el bigote rubio y sedoso acariciaba los sensuales y cálidoslabios; sobre la frente los cabellos obscuros, suaves y ondulados, se ensortijaban;y sus dulces ojos cautivaban con la mirada. . . Todo en él era delicado. Amable,seductor, pero sin que hubiera ni afecto ni artificio. En el 1 er. momento,observado de lejos, parecía uno de esos maniquíes de cera, rosados, echadoshacia atrás, que vemos en las vidrieras de las grandes tiendas de modas; los que,empuñando un bastón de fantasía, parecen representar el ideal de la bellezamasculina. Visto de cerca, desaparece esta primera impresión, pues -¡caso raro!-su atractivo era sencillamente natural, innato, como si emanara de su propioorganismo. Al pasar, a todos saludaba de manera sencilla y cordial. Resultaba, enefecto, agradable comprobar cómo su gracia espontánea manifestábase en todomomento con naturalidad. Al encaminarse una señora al guardarropa, acudíasolícito a recogerle el abrigo; para cada niño tenía una mirada cariñosa,una frase amable; mostrábase como persona accesible y a la vez discreta; en re-sumen, resultaba uno de esos afortunados mortales que, conscientes de que sonsimpáticos con la clara expresión de su faz y su gracia juvenil, convierten esaseguridad en una nueva gracia. Entre los huéspedes del hotel, que en su mayoríaeran personas viejas y achacosas, su presencia ejercía un saludable efecto, y conese ímpetu propio de la juventud, con esa agilidad y esa ansia de vivir de quesuelen estar maravillosamente dotadas ciertas personas, captábase en formairresistible la simpatía de todos. A las dos horas de su llegada ya jugaba al teniscon las dos hijas del voluminoso y acaudalado fabricante de Lyon, Annette yBlanche, de doce y trece años respectivamente, mientras la madre, madameHenriette, exquisita, fina, por lo general muy retraída, contemplaba con plácidasonrisa a sus dos inexpertas hijas, tan niñas aún, en tren de flirtear inconscientemente con el desconocido. Por la noche, durante una hora, jugó connosotros al ajedrez; nos refirió incidentalmente y de modo discreto unas graciosasanécdotas; luego, reuniéndose otra vez con madame Henriette, la acompañó ensu paseo por la terraza, ejercicio al que ella se entregaba todas las noches, mien-tras el esposo hacía su partida de dominó con unos corresponsales. Ya tarde loobservé aún en la penumbra de la oficina con la secretaria del hotel, en una charlaíntima, bastante sospechosa. A la mañana siguiente acompañó a la pesca anuestro compañero el danés, demostrando gran conocimiento sobre la materia;más tarde habló de política con el comerciante de Lyon, demostrando ser muydivertido, pues a menudo oíanse resonar las carcajadas del grueso señor.Después de la comida -es en absoluto indispensable, para la exacta comprensióndel asunto, dejar consignada con exactitud su distribución del tiempo- estuvo
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