Librodot El destino del Barón Von Leinsenbhog Arthur Schnitzler apacible... Estoy furioso, me rechinan los dientes, lo odio todo, a todos... En especial aaquellos que sufren conmigo... Esos hombres, esas mujeres, esos niños, entre los quedeambulo, me resultan repugnantes. Me gustaría echarlos de aquí... En particular, la idea deque alguien venga aquí de visita por última vez me resulta indeciblemente exasperante. Hadejado de sufrir... Ha sentido que se iba mitigando... Un día tras otro se ha ido de aquí cadavez más liberado.... Y una mañana se despierta y puede volver a sonreír... Cómo odio a lagente que puede volver a sonreír... ¡Pero una mañana también yo volveré a sonreír! ¡Tambiényo olvidaré! Hoy resurge en mí el recuerdo de la época en la que era un jovenzuelo... Cuandocaminaba por el bosque junto a mi dulce amada y podía haber sido infinitamente feliz... Y lofui. Hay momentos que todo lo devoran—pasado, futuro—, que en sí mismos representan laeternidad... Pero nunca he sido de esos que tranquilamente siguen su camino junto a lacarretera y que de vez en cuando se adentran perdiéndose en los prados y en los bosques, pudiendo tumbarse en el verde para, dichosos, apurar la mañana. Me he subido a los árboles yme he asomado a la distancia, allí donde la carretera desaparece en medio del gris y donde la primavera comienza a morir... Y fue aquí... Aquí, en este cuarto, junto a la ventana, donde enuna ocasión mi mujer me besó tiernamente en las mejillas y a mí me recorrió unestremecimiento de hielo... Los minutos, las horas, los días, los años se desbocaron. Nuestrotiempo se había acabado. Viejos, los dos, el final. ¡El final! De ese modo profané mi amor, pues creí que habría de palidecer... Y ahora, al pensar que alguna vez volveré a sonreír, profano mi dolor...¿Quién es ese hombre de cabello rubio y ojos tristes? ¿Y a quién llora? La sepultura que visitadía tras día se encuentra a pocos pasos de la tumba de mi esposa... El hombre me ha llamadola atención porque no puedo odiarle tanto como a los demás. Está ahí antes que yo y aún sigueahí cuando me alejo... Tal vez no me hubiera fijado en él, si no fuera porque en una ocasiónsentí que su mirada descansaba sobre mí con un brillo de compasión tan hondo que casitemblé. Imperturbable, le miré, y él se dio la vuelta lentamente y paseó a lo largo del muro delcementerio... Por lo demás, debo de conocerlo... De hace tiempo... Pero, ¿de dónde? ¿Hemoscoincidido en algún viaje? ¿Le he visto en el teatro? ¿O sólo por la calle? Debe de sospechar mi desgracia y de haber sufrido una similar. Sólo así me explico aquella mirada que nuncaolvidaré... Es guapo y joven.Ahora que de nuevo estoy sentado ante mi escritorio y que el retrato, rodeado de floresmarchitas, de la adorada, de mi mujer, que lo era todo para mí, mi felicidad, mi universo, estáfrente a mí, el recuerdo retorna lentamente. Es cierto que unos días como los últimos que hevivido le arrebatan el juicio a cualquiera... Hoy me propongo algo grande... Por vez primeradesde hace un mes, voy a abrir la biblioteca, de nuevo voy a intentar leer, ordenar, pensar... No hice nada de todo eso. Tuve que volver allí... Cuando ya estaba oscureciendo... Y elcementerio solitario. Ni un alma hasta donde alcanzaba la vista. Por primera vez hoy me he postrado en el suelo y he besado la tierra bajo la que ella descansa. Y después he llorado, sí,he llorado... Era tal el silencio... Y el aire, frío y sereno. Después me he levantado y hecaminado entre las hileras de tumbas en dirección a la puerta de salida. El cementerio seguíacompletamente desierto. La luna aparecía tan nítida sobre las cruces y lápidas que deberíahaber visto a cualquiera que anduviera por allí. Al salir vi a una mujer, con un negro veloondulante y un pañuelo... Conozco perfectamente a esas mujeres. Y la calle ancha queconduce hasta la ciudad se extendía blanca bajo la luz de la luna. Oía mis pasos en todomomento. Nadie venía detrás de mí. Seguí un buen rato solo, hasta que aparecieron las primeras casas del extrarradio, las primeras tabernas. Y de pronto volví a oír voces y pasos y bullicio. Pero me hizo mucho bien, y ahora que tras la caminata nocturna he llegado a mi
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