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EL DESTINO DEL BARON VON LEINSENBHOG
Arthur Schnitzler 
 
Librodot El destino del Barón Von Leinsenbhog Arthur Schnitzler 
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EL OTRO
 Del diario de un deudo
¡Solo! Completamente solo...Estoy sentado ante mi atril. Con los candelabros encendidos... La puerta que da al cuartoque en otro tiempo fue el de ella, abierta de par en par. Y cuando alzo la mirada, se abisma enla oscuridad. Resplandeciendo desde las casas del otro lado, los reflejos de luz juguetean enlos cristales de mis ventanas... ¡Qué nuevo!, ¡qué brutal resulta...! Cuando llegaba la noche,ella siempre corría las cortinas de mi cuarto de trabajo. Ningún ruido de la calle, ninguna delas luces de ahí enfrente debía llegar hasta nosotros...Han pasado las horas. He caminado de acá para allá por mi cuarto. También por el suyo. Mehe tendido en el diván, he permanecido ahí echado durante un buen rato y he observado elmundo trivial de ahí fuera, delante de las ventanas... Me he colocado ante su escritorio,sosteniendo en mis manos la pluma a la que aún sigue adherido el aroma de las yemas de susdedos... Y me he parado ante la chimenea, cuyo fuego ya se ha extinguido. He re- vuelto lascenizas con el atizador... Los papeles requemados y los trozos de carbón crepitaban y crujían.Una mañana tras otra salgo a pasear por el cementerio... Este año el otoño ha llegado tarde,con un sol frío e insolente, y cuando desde lejos veo el muro blanco, me arden los ojos.Camino entre las hileras de tumbas y observo a la gente que va allí a rezar y a llorar. Empiezoa conocer a algunos... Lo que más me impresiona de estas figuras es lo típico, lo que se repitesiempre... La muchacha que, gimoteando, se postra de hinojos ante aquella cruz junto a lacapilla, siempre con los mismos sollozos, con las mismas violetas que deja sobre la tierrahúmeda, y que cuando al cabo se levanta, siempre con una expresión de entereza en el rostro,se aleja rápidamente... Llora la pérdida de un joven. Murió a los veinticuatro años. Seguro queera su novia... Y siempre me asalta el mismo pensamiento: ¿Cómo puede volver a levantarse yde dónde le viene esa mirada de consuelo con la que se aleja de allí? Me gustaría correr trasella y decirle: «No hay consuelo. ¡Estás loca!» Y yo, que acudo todos los días, ¿qué es lo que busco? A veces esa gente con el crespón en el sombrero, con los guantes oscuros, me irrita...Aunque yo tengo el mismo aspecto que todos ellos, pálido y lloroso... Ah, ya lo sé... Tengocelos del dolor de los demás. Me ocurre con esto lo que me sucedía con las cosas nobles,fascinantes. No podía soportar la expresión de entusiasmo en los rasgos de otro cuando a míme había embriagado algo grande... Con envidia observaba a mi vecino, al que parecíarecorrer el mismo escalofrío que a mí... Algo en mi interior se rebela contra el hecho de quetoda esta gente vague entre las tumbas con el mismo dolor indescriptible, eterno... Ah, eslamentable. Todos experimentan lo mismo, y desps la vida sigue adelante... Con pensamientos nuevos, con renovadas ilusiones... Al final incluso llega la primavera, engañosa,complaciente, y le florece a uno en la cara, inoportuna... El viento sopla, huelen las flores ylas mujeres ríen, y otra vez hemos sido burlados, defraudados en nuestro vasto y eternodolor...La mayoría de las veces me detengo a un par de pasos del pedazo de tierra bajo el que elladescansa... Cuando hayan colocado la lápida de piedra, podré apoyarme en los fríos escalones,inclinaré la cabeza, me arrodillaré. Directamente sobre la tierra no me atrevo. Me estremezcoal pensar que algunas partículas debajo de mí puedan desmoronarse y yo las oiga golpear sobre el ataúd... Y sin embargo a veces se apodera de mí un ansia poco menos que indomablede arrojarme al suelo, de revolver la tierra con ambas manos... Mi aflicción no tiene nada de
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Librodot El destino del Barón Von Leinsenbhog Arthur Schnitzler apacible... Estoy furioso, me rechinan los dientes, lo odio todo, a todos... En especial aaquellos que sufren conmigo... Esos hombres, esas mujeres, esos niños, entre los quedeambulo, me resultan repugnantes. Me gustaría echarlos de aquí... En particular, la idea deque alguien venga aquí de visita por última vez me resulta indeciblemente exasperante. Hadejado de sufrir... Ha sentido que se iba mitigando... Un día tras otro se ha ido de aquí cadavez más liberado.... Y una mañana se despierta y puede volver a sonreír... Cómo odio a lagente que puede volver a sonreír... ¡Pero una mañana también yo volveré a sonreír! ¡Tambiényo olvidaré! Hoy resurge en mí el recuerdo de la época en la que era un jovenzuelo... Cuandocaminaba por el bosque junto a mi dulce amada y podía haber sido infinitamente feliz... Y lofui. Hay momentos que todo lo devoran—pasado, futuro—, que en sí mismos representan laeternidad... Pero nunca he sido de esos que tranquilamente siguen su camino junto a lacarretera y que de vez en cuando se adentran perdiéndose en los prados y en los bosques, pudiendo tumbarse en el verde para, dichosos, apurar la mañana. Me he subido a los árboles yme he asomado a la distancia, allí donde la carretera desaparece en medio del gris y donde la primavera comienza a morir... Y fue aquí... Aquí, en este cuarto, junto a la ventana, donde enuna ocasn mi mujer me betiernamente en las mejillas y a me recorrunestremecimiento de hielo... Los minutos, las horas, los días, los años se desbocaron. Nuestrotiempo se había acabado. Viejos, los dos, el final. ¡El final! De ese modo profané mi amor, pues creí que habría de palidecer... Y ahora, al pensar que alguna vez volveré a sonreír, profano mi dolor...¿Quién es ese hombre de cabello rubio y ojos tristes? ¿Y a quién llora? La sepultura que visitadía tras día se encuentra a pocos pasos de la tumba de mi esposa... El hombre me ha llamadola atención porque no puedo odiarle tanto como a los demás. Está ahí antes que yo y aún sigueahí cuando me alejo... Tal vez no me hubiera fijado en él, si no fuera porque en una ocasiónsentí que su mirada descansaba sobre mí con un brillo de compasión tan hondo que casitemblé. Imperturbable, le miré, y él se dio la vuelta lentamente y paseó a lo largo del muro delcementerio... Por lo demás, debo de conocerlo... De hace tiempo... Pero, ¿de dónde? ¿Hemoscoincidido en algún viaje? ¿Le he visto en el teatro? ¿O sólo por la calle? Debe de sospechar mi desgracia y de haber sufrido una similar. Sólo así me explico aquella mirada que nuncaolvidaré... Es guapo y joven.Ahora que de nuevo estoy sentado ante mi escritorio y que el retrato, rodeado de floresmarchitas, de la adorada, de mi mujer, que lo era todo para mí, mi felicidad, mi universo, estáfrente a mí, el recuerdo retorna lentamente. Es cierto que unos días como los últimos que hevivido le arrebatan el juicio a cualquiera... Hoy me propongo algo grande... Por vez primeradesde hace un mes, voy a abrir la biblioteca, de nuevo voy a intentar leer, ordenar, pensar... No hice nada de todo eso. Tuve que volver allí... Cuando ya estaba oscureciendo... Y elcementerio solitario. Ni un alma hasta donde alcanzaba la vista. Por primera vez hoy me he postrado en el suelo y he besado la tierra bajo la que ella descansa. Y después he llorado, sí,he llorado... Era tal el silencio... Y el aire, frío y sereno. Después me he levantado y hecaminado entre las hileras de tumbas en dirección a la puerta de salida. El cementerio seguíacompletamente desierto. La luna aparecía tan nítida sobre las cruces y lápidas que deberíahaber visto a cualquiera que anduviera por allí. Al salir vi a una mujer, con un negro veloondulante y un pañuelo... Conozco perfectamente a esas mujeres. Y la calle ancha queconduce hasta la ciudad se extendía blanca bajo la luz de la luna. Oía mis pasos en todomomento. Nadie venía detrás de mí. Seguí un buen rato solo, hasta que aparecieron las primeras casas del extrarradio, las primeras tabernas. Y de pronto volví a oír voces y pasos y bullicio. Pero me hizo mucho bien, y ahora que tras la caminata nocturna he llegado a mi
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