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T O R B E L L I N O
JAMES CLAVELL
 
Torbellino James Clavell 
VIERNES 9 de febrero de 1979CAPÍTULO 1En las montañas Zagros: a la puesta de sol. El sol tocaba ya el horizonte y el hombrecabalgaba cansinamente sobre su caballo, contento de que la hora de la oración hubiese llegado.Hussain Kowissi era un fornido iraní de treinta y cuatro años, de tez clara y ojos y barba muyoscuros. De su hombro colgaba un fusil soviético de asalto «AK47». Iba bien preparado contra el frío:llevaba un turbante blanco, ropaje oscuro raído por los viajes, una chaqueta nómada de piel decordero, una «Kash'kai», anudada a la cintura y unas botas muy baqueteadas. Al llevar las orejastapadas, no oyó el alarido distante del helicóptero jet que se aproximaba. Detrás de él, su fatigadocamello de carga tiró del ronzal, impaciente por comer y descansar. Con aire ausente, lo maldijomientras desmontaba.El aire, a aquella altura de casi dos mil quinientos metros, era cortante, frío, muy frío, y el sueloestaba cubierto por una espesa capa de nieve que el viento arremolinaba a rachas, haciendo que elsendero fuese resbaladizo y traicionero. Abajo, el poco conocido camino, recorría, zigzagueante,valles lejanos hasta Esfahan, donde él había estado. Más adelante, serpenteaba peligrosamentehacia arriba, entre riscos, luego, a otros valles que daban al Golfo Pérsico y al pueblo de Kowissdonde él naciera, en el que ahora vivía y del que había tomado el nombre al convertirse en mollah.El peligro o el frío le tenían sin cuidado. El peligro le parecía tan definido como el mismo aire.«Es casi como si volviese a ser un nómada —pensó—, con el abuelo conduciéndonos como enlos viejos tiempos, cuando todas nuestras tribus del Kash'kai podían trasladarse de los pastosinvernales a los de verano, cada hombre con su caballo y su arma y rebaños a placer. Teníamosmultitud de ovejas, de cabras y de camellos, nuestras mujeres llevaban la cara descubierta, vivíamoslibres, como lo hicieran nuestros antepasados durante siglos, sometidos tan sólo a la Voluntad deDios. Esos viejos tiempos terminaron hace apenas sesenta años —se dijo, sintiendo arder la ira denuevo—, cuando Reza Khan, aquel soldado advenedizo, usurpó el trono con la ayuda de los malditosbritánicos, proclamándose a sí mismo Sha Reza, el primero de los Sha Pahlevi. Y, entonces, con elrespaldo de su regimiento de cosacos, nos doblegóe intentó expulsarnos.»Fue obra de Dios el que, en su momento, el Sha Reza fuera humillado y desterrado por susodiosos amos británicos, muriendo en el olvido; obra de Dios el que el Sha Mohammed se vieraobligado a huir hace sólo unos días; obra de Dios el que Jomeiny retornara para ponerse al frente deSu revolución. Voluntad de Dios el que mañana, o cualquiera de estos días, yo sea martirizado.Deseo de Dios el que seamos arrastrados por Su torbellino y que haya un juicio final para todos losextranjeros y los lacayos del Sha.»El helicóptero estaba ya más cerca pero él seguía sin oírlo, contribuyendo a apagar aquelsonido el lamento del viento racheado. Satisfecho, sacó su alfombra de oración y la extendió sobre lanieve, doliéndole aún la espalda por los verdugones que el vergajo le produjera. Luego, cogió unpuñado de nieve. Siguiendo el ritual, se lavó el rostro y las manos, preparándose para la cuartaoración del día. Después, se colocó cara al Suroeste, hacia la Ciudad Santa de La Meca, que seencontraba a mil seiscientos kilómetros de distancia, en Arabia Saudita, y concentró su mente enDios.Allahu Akbar, Allahu Akbar. La illah illa Allah... Mientras repetíael Chahada, se postró dejando que las palabras árabes lo envolvieran. «Dios es el másGrande. Dios es el más Grande. Atestiguo que no hay otro Dios que Dios y que Mahoma es SuProfeta. Dios es el más Grande, Dios es el más Grande. Atestiguo que no hay otro Dios que Dios yque Mahoma es Su Profeta...»El viento arreció, más frío aún. Y entonces, a través de su cubre orejas, le llegó el palpitar delmotor del jet, el cual fue aumentando cada vez más hasta penetrar en su cerebro y acabar con supaz, haciendo que perdiese la concentración. Enfadado, abrió los ojos. El helicóptero se hallaba muycerca ya, apenas a sesenta metros del suelo y volando directamente hacia él.
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Torbellino James Clavell 
En un principio, creyó que se trataba de un aparato del Ejército, y un miedo súbito lo atenazó alpensar que le estuvieran buscando.Luego, reconoció los colores rojo, blanco y azul de los británicos y los familiares rasgos delaudaz «SG» alrededor del león rojo de Escocia en el fuselaje, la misma compañía de helicópterosque operaba desde la base aérea, en Kowiss, y sobre todo Irán. Por lo tanto, su miedo desaparecióaunque no su ira. Lo observó, embargado por el aborrecimiento que sentía hacia lo que representaba.La ruta que seguía era prácticamente sobre su cabeza, aunque no representara peligro alguno paraél. Dudaba de que quienes estuviesen a bordo pudieran descubrirle, allí, al abrigo de un saliente, peroaun así, se resentía con todo su ser de aquella intrusión en su paz y de la destrucción de susplegarias. Y a medida que aquel ensordecedor estruendo aumentaba, su ira crecía.La illah illa Allah... Intentó reanudar sus oraciones pero el aire desplazado por las hélices lelanzaba la nieve a la cara. Detrás de él, su caballo piafaba y se encabritaba acometido de un pánicosúbito, mientras que todo aquel movimiento hacía que resbalase y se escurriese. El camello de carga,sujeto por el ronzal, presa igualmente de pánico, pateó y se agitó de un lado a otro sobre tres patas,sacudiendo su carga y enredando las ataduras.Su furia se desbordó.—¡Infiel! —aulló al aeroplano, que ahora estaba a la altura del borde de la montaña, al tiempoque se ponía en pie de un salto. Cogió su arma, le quitó el seguro y disparó una ráfaga. Luego,corrigiendo la puntería, vació el cargador,—¡SATANÁS! —gritó en el súbito silencio.Cuando los primeros proyectiles alcanzaron al helicóptero, el joven piloto, Scot Gavallan, sequedó momentáneamente paralizado, mirando, estupefacto, los agujeros que habían aparecido en labóveda de plástico, delante de él.—¡Dios Todopoderoso! —exclamó con voz entrecortada: era la primera vez que disparabancontra él.Sus palabras quedaron ahogadas por el hombre instalado junto a él, en el asiento delantero,cuyas reacciones, acostumbrado a la lucha, eran rápidas y fulminantes.—¡Toma tierra! —La orden explotó en los auriculares.—!Toma tierra! —vociferó Tom Lochart de nuevo a través de su micrófono manual. Luego,como él no disponía de mandos, apartó la mano izquierda del piloto y accionó la palanca colectivahacia abajo, cortando bruscamente elevación y energía. El helicóptero osciló, descontrolado,perdiendo altura al punto. En aquel momento, la segunda descarga de disparos los alcanzó. Unominoso estallido se produjo encima y atrás; por alguna otra parte, una bala hizo impacto sobremetal, los jets resollaron, y el helicóptero cayó del cielo.Era un «Jet Ranger 206», capaz para un piloto y cuatro pasajeros, uno delante y tres detrás, eiba completo. Hacía una hora que Scot, siguiendo la rutina, había recogido a los demás de vuelta deun mes de permiso, en el aeropuerto Shiraz, a unos ochenta kilómetros al Sureste, pero en aquellosmomentos la rutina se había convertido en una pesadilla y la montaña se precipitaba hacia ellos hastaque, justamente sobre una cresta, la tierra se alejó como por milagro y el helicóptero se hundió enuna depresión, dándole un fugaz instante de respiro para recuperar energía y parte del control.—¡Cuidado, por Dios Bendito! —exclamó Lochart.Scot ya había visto el peligro, aunque no con tanta rapidez. Ayudándose de manos y pies, hizoque el aparato girase bruscamente alrededor del escarpado saliente, golpeando con el patín izquierdodel tren de aterrizaje contra las rocas; el choque resonó, a modo de protesta, y volvieron a bajar hastaquedar a unos metros apenas de la fragosa superficie de rocas y árboles.—Bajo y rápido por ese lado, Scot... —dijo Lochart—. No, por ese lado, por allí, abajo de esacresta, en la garganta. ¿Te ha alcanzado?—No, no lo creo. ¿Y a ti?—No, ahora vas bien. Desciende por la garganta. ¡Vamos! ¡Rápido!Scot Gavallan obedeció las instrucciones y voló, demasiado bajo y demasiado de prisa, sinhabérsele serenado todavía la mente. Aún sentía el sabor amargo de la bilis en la boca y el corazónlatiéndole con fuerza. A través del tabique de separación, y pese al ruido de los motores, podía oír losgritos y las maldiciones de los pasajeros que ocupaban los asientos de atrás. Sin embargo, no podíaarriesgarse a volver la cabeza para mirar hacia atrás, por lo que habló a través del intercomunicador.—¿Ha resultado alguien herido ahí, Tom? —preguntó ansioso.—¡Olvídalos, concéntrate y vigila la cresta. Yo me ocuparé de ellos! —respondió Tom Lochartcon tono apremiante, recorriéndolo todo con la mirada. Era un canadiense de cuarenta y dos años,antiguo piloto de la RAF, antiguo mercenario y, por entonces, piloto jefe de su base, Zagros Tres—.
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