CAPÍTULO 1Era un hombre que viajaba mucho y siempre en condiciones muy cómodas, de modoque apenas sentía la curiosidad del turista, y en cambio padecía la viva impacienciadel ejecutivo que debe despachar sus asuntos y partir otra vez.Sin embargo, ese domingo de Pascua en Roma era diferente. Era una celebraciónfamiliar, una ocasión tribal, y todo el resto —los antiguos esplendores de la ciudad,el movimiento de los peregrinos, la misa papal en San Pedro, incluso la proclamación del pontífice dirigida a la Ciudad y el Mundo— formaban el trasfondoy la panoplia. Era un día en la vida de este hombre en que él deseaba respirar hondoy gritar: "¡Mírenme! ¡Miren a John Spada, que hoy cumple cincuenta y cinco años, yse siente agradecido por cada minuto de su vida! ¡Miren a mi Anna, todavía tan bellacomo el día que la conocí! ¡Miren a Teresa y al hombre con quien ella se casó, unindividuo valeroso y bueno, que me dará un nieto, heredero del imperio Spada! ¡Mesiento tan orgulloso y feliz que podría abrazar a todo el mundo, este mundo absurdoy maravilloso!"Por supuesto, no dijo nada de todo esto. Tenía demasiado dominio de sí mismo paraincurrir en tales manifestaciones. Incluso allí, en el país de sus padres, era medioextranjero: John Spada, de Nueva York, presidente de una multinacional, príncipe demercaderes entre la antigua nobleza y los plebeyos ahora inquietos de esa ciudad deemperadores y papas. Pero aunque él no lo dijera, Anna sabía que él se sentía muyfeliz. Apretó el cuerpo contra el de su marido, sonrojada y excitada, mientras él seabría paso a través de la multitud que ocupaba la plaza de San Pedro, en dirección alcallejón que corría detrás del Borgo Santo Spirito, donde el chófer del tío Andrea losesperaba.Teresa y Rodolfo caminaban adelante, y él los miraba con orgullo y afecto. Ella era pequeña y morena como su madre. Él, alto y delgado, retoño de una vieja familia deestancieros y criadores de caballos de las pampas argentinas. Él tenía diez años másque Teresa, y eso merecía la aprobación de Spada, porque un hombre debía estar afirmado en la vida antes de formar una familia. A los treinta y ocho años, RodolfoDel Valle era uno de los mejores directores de periódicos de Buenos Aires, y susopiniones acerca de la política de América del Sur eran leídas con respeto en elmundo entero.El único pesar de Spada y la queja permanente de Anna era que las dos familiasdebían vivir tan separadas, los diablos mayores en Nueva York, los más jóvenes enArgentina; pero —¡qué diablos!—, con los jets, los teléfonos y el télex, la distanciaera un factor nominal. Cuando llegaran los hijos podrían arreglarse formas que permitiesen un contacto más regular. Además, si se le pedía su opinión —y laformulaba en voz baja cuando Anna estaba cerca— John Spada prefería que Teresa
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