poderes ocultos y la visión del más allá, con vocación para la astrología y lametafísica. Es cierto que Marte, regente primitivo, y Venus, ocasional, de laCasa VIII, la de la Muerte, estaban instalados, de acuerdo con lo queBenedetto subrayó insistentemente, en la Casa de la Vida y anulados para lamuerte y que en buen aspecto con el Sol y la Luna, parecían otorgarme unavida ilimitada —cosa que extrañó a cuantos vieron el decorado manuscrito—y que Venus, bien situada frente a los luminares, indicaba facilidad para lasinvenciones artísticas sutiles. Pero también es tremendamente cierto que elmaléfico Saturno, agresivamente ubicado, me presagiaba desgraciasinfinitas, sin que Júpiter, a quien inutilizaba la ingrata disposición planetaria,lograra neutralizar aquellas anunciadas desventuras. Lo que sorprendiósobremanera al físico Benedetto y a cuantos, enterados de estas cosasgraves, vieron el horóscopo, fue, como ya he dicho, el misterio resultante dela falta de término de la vida —de mi vida— que se deducía de la abolición deVenus y de Marte frente a la necesidad lógica de la muerte y,consecuentemente, la supuesta y absurda proyección de mi existencia a lolargo de un espacio sin límites. Sé que algunos expertos criticaron el prolijotrabajo de Benedetto, cuyos hermosos signos y figuras hice copiar al fresco,medio siglo más tarde, en una habitación principal del castillo de Bomarzo, yque adujeron que ese planteo era imposible, pero la sabiduría de su autor,tantas veces demostrada, cerró sus bocas refunfuñantes. Mi padre,condottiero también y famoso, reverenciaba mucho la memoria de su tío, elgran Nicolás Orsini, que había combatido equitativa e indiferentemente,según los términos de los contratos que firmó con las distintasadministraciones públicas de Italia, ya en favor ya en contra de losaragoneses, ya en favor ya en contra de los venecianos, y que entre unabatalla y otra, cuando hubiera debido descansar y tomar aguas, había tenidotiempo para matar a su madrastra Penélope y a su hermano bastardo, porrazones íntimas largas de referir. Esa justa supresión personal de parientesinfames había contribuido al respeto que por él sentía mi padre, quienademás, como hombre del oficio, admiraba profesionalmente la eficaciamercantil y guerrera de sus hazañas. Por ello, aun siendo de carácter bruscoy malhumorado, mi padre, Gian Corrado Orsini, recibió con noble cortesía elhoróscopo de Sandro Benedetto, el astrólogo a quien Nicolás consultabasiempre. Lo evidente es que ese horóscopo no le importaba en absoluto. Nole importaba que yo hubiera nacido el mismo día que Miguel ÁngelBuonarotti; que mi horóscopo fuera más extraño que el del maestro; másextraño y rico también que los del emperador Augusto, Carlos Quinto y elfuturo gran duque Cosme, quienes contaban con la singularidad delCapricornio ascendente, muy apreciada por los especialistas. Simuló unaurbanidad discreta y no pasó de ahí, porque compartía al respecto laincredulidad irónica de Pico de la Mirandola, a quien había conocido, demuchacho, en la corte del Magnífico. Pico de la Mirandola, autor de lasDisputationes adver sas astr ologiam divinatr icem, tenía más fe en lospronósticos de los aldeanos con referencia al tiempo —los aldeanos queanuncian que se va a desencadenar una tormenta porque las moscasimportunan a un asno— que en los informes de los astrólogos oficiales. Mipadre también. Cinco años antes había nacido mi hermano mayor, Girolamo,
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