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MANUEL MUJICA LAINEZ
Bomarzo
Al pintor Miguel Ocampo y al poeta Guiller mo Whitelow, con quienes estuve en , porpr imer a vez, el de julio de . M. M. L.. . . sappi ch’i’ fui vestito del gran manto; e veramente fui figliuol dell’ orsa . . .Infierno, XIX, ,
 
L HORÓSCOPO Sandro Benedetto, físico y astrólogo de mi pariente elilustre Nicolás Orsini, condottiero a quien, después de su muerte,compararon con los héroes de la Ilíada,trazó mi horóscopo el de marzode , día en que nací a las dos de la mañana, en Roma. Treinta y siete añosantes, el mismo de marzo pero de , a las mismas dos de la mañana, habíavisto la inquieta luz del mundo en una aldea etrusca Miguel Ángel Buonarotti.La concordancia no fue más allá de un fortuito coincidir de horas y de fechas.En verdad, los astros que presidieron nuestras respectivas apariciones en elajedrez de la vida, dispusieron sus piezas en el tablero para muy distintas jugadas. Cuando nació Buonarotti, Mercurio y Venus ascendían, triunfales,desnudos, hacía el trono de Júpiter. Era el baile del cielo, la contradanzamitológica que recibe a los creadores casi divinos. La gloria aguardaba al queabría los ojos bajo ese esplendor que transformaba al firmamento en unsalón encendido, todo candelabros, entre los cuales flotaban, transparentes,pausados y ceremoniosos, los dioses elevados en el centelleo del aire. Encambio cuando yo nací, Sandro Benedetto señaló importantescontradicciones en la cartografía de mi existencia. Es cierto que el Sol ensigno de agua, reforzado con mi buen aspecto ante la Luna, me confería
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poderes ocultos y la visión del más allá, con vocación para la astrología y lametafísica. Es cierto que Marte, regente primitivo, y Venus, ocasional, de laCasa VIII, la de la Muerte, estaban instalados, de acuerdo con lo queBenedetto subrayó insistentemente, en la Casa de la Vida y anulados para lamuerte y que en buen aspecto con el Sol y la Luna, parecían otorgarme unavida ilimitada —cosa que extrañó a cuantos vieron el decorado manuscrito—y que Venus, bien situada frente a los luminares, indicaba facilidad para lasinvenciones artísticas sutiles. Pero también es tremendamente cierto que elmafico Saturno, agresivamente ubicado, me presagiaba desgraciasinfinitas, sin que Júpiter, a quien inutilizaba la ingrata disposición planetaria,lograra neutralizar aquellas anunciadas desventuras. Lo que sorprendsobremanera al físico Benedetto y a cuantos, enterados de estas cosasgraves, vieron el horóscopo, fue, como ya he dicho, el misterio resultante dela falta de término de la vida —de mi vida— que se deducía de la abolición deVenus y de Marte frente a la necesidad lógica de la muerte y,consecuentemente, la supuesta y absurda proyección de mi existencia a lolargo de un espacio sin límites. Sé que algunos expertos criticaron el prolijotrabajo de Benedetto, cuyos hermosos signos y figuras hice copiar al fresco,medio siglo más tarde, en una habitación principal del castillo de Bomarzo, yque adujeron que ese planteo era imposible, pero la sabiduría de su autor,tantas veces demostrada, cerró sus bocas refunfuñantes. Mi padre,condottiero también y famoso, reverenciaba mucho la memoria de su tío, elgran Nicolás Orsini, que había combatido equitativa e indiferentemente,según los términos de los contratos que firmó con las distintasadministraciones blicas de Italia, ya en favor ya en contra de losaragoneses, ya en favor ya en contra de los venecianos, y que entre unabatalla y otra, cuando hubiera debido descansar y tomar aguas, había tenidotiempo para matar a su madrastra Penélope y a su hermano bastardo, porrazones íntimas largas de referir. Esa justa supresión personal de parientesinfames había contribuido al respeto que por él sentía mi padre, quienademás, como hombre del oficio, admiraba profesionalmente la eficaciamercantil y guerrera de sus hazañas. Por ello, aun siendo de carácter bruscoy malhumorado, mi padre, Gian Corrado Orsini, recibió con noble cortesía elhoróscopo de Sandro Benedetto, el astrólogo a quien Nicolás consultabasiempre. Lo evidente es que ese horóscopo no le importaba en absoluto. Nole importaba que yo hubiera nacido el mismo a que Miguel ÁngelBuonarotti; que mi horóscopo fuera más extraño que el del maestro; másextraño y rico también que los del emperador Augusto, Carlos Quinto y elfuturo gran duque Cosme, quienes contaban con la singularidad delCapricornio ascendente, muy apreciada por los especialistas. Simuunaurbanidad discreta y no pade ahí, porque compara al respecto laincredulidad irónica de Pico de la Mirandola, a quien había conocido, demuchacho, en la corte del Magnífico. Pico de la Mirandola, autor de lasDisputationes adver sas astr ologiam divinatr icem, tenía más fe en lospronósticos de los aldeanos con referencia al tiempo —los aldeanos queanuncian que se va a desencadenar una tormenta porque las moscasimportunan a un asno— que en los informes de los astrólogos oficiales. Mipadre también. Cinco años antes había nacido mi hermano mayor, Girolamo,
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