volverá a sus ficciones. Tuvo idéntica fidelidad para algunos personajes, que prefirió a lo largo de su vida deescritor. El obispo amanerado de
Don Galaz
reaparecerá con aproximaciones más prolijas en
El laberinto.
Para dar ejemplos y probar la fuerza cómica tantas veces aludida (sin sacarla, desde luego, de las novelas quehan ilustrado la picaresca), bastaría recordar algunas escenas claves de
Don Galaz,
como la de la llegada delgobernador a la casa de doña Uzenda, tía del paje, donde se encuentra el obispo. El representante del rey y el de laIglesia se odian. Donde está uno no puede estar el otro. La dueña de casa, auxiliada por sus criados y su sobrino“retira” al obispo de la reunión (no resulta demasiado engorroso: el prelado está algo lelo), momentos antes deque aparezca el representante de la autoridad civil. La embarazosa situación parece haber sido salvada. Pero no.Las gallinas de la casa irrumpen en la sala. Nadie sabe cómo han burlado el encierro del gallinero. Se produce elrevuelo consiguiente, y los animales, finalmente, son sacados en medio del alboroto. Al día siguiente las gallinasy el gobernador serán la comidilla de la aldea.Una escena más. Violante, prima de Galaz y su enamorada, está de rodillas en la iglesia, custodiada por doñaUzenda. Reza muy devotamente. Detrás se ve al paje, que la mira arrobado. Él también reza. Pero la oración se lemezcla con los deseos de la carne y el contrapunto roza lo herético. Y otra vez la escena insólita: se oye elchapotear de las vacas que cruzan la Plaza Mayor, llovida y embarrada.Así como Quevedo ridiculizó a la medicina de su tiempo en sus barberossangradores, Mujica Lainez se ríedel
físico
extractor de la piedra de la locura, el maestro Xaques Nicolás, plantando su banderilla. El médico es unfarsante que sólo por milagro no mata a Galaz, enfermo de amor. La escena, esta vez, es de humor negro.Y así, muchas más, otras escenas, como la del vuelo de los chajaes que, según el paje, supersticioso comotodos los habitantes de Buenos Aires, podría ser interpretado, como el de las aves elegidas por los arúspices de laAntigüedad, lectores de vaticinios que venían por el camino del cielo.De todos modos, y para señalar una veta más de lo ridículo en
Don Galaz,
convendría acordarse de losretratos quevedianos de doña Uzenda, de Mergelina y de tantos otros personajes. El orgullo y la envidia colorancon tiritas tan cargadas las figuras caricaturescas que se comprende sin dificultad que esos nefastos atributosobrarán como el
deus-ex-machina
de la novela.El hecho que decidió la composición de
Don Galaz de Buenos Aires
fue casual. Mujica Lainez escribió en1936 un panorama sobre la ciudad del siglo XVII. El retrato conseguido lo entusiasmó. También a laMunicipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, organizadora de los actos para la celebración del cuarto centenariode la fundación de la urbe por Pedro de Mendoza, en 1536, que se lo encargó. Lo publicó en el libro dado aconocer con otros trabajos escritos para la ocasión.Pero sería simplificar demasiado pensar que la única causa estaría ahí.
La gloria de don Ramiro,
de Enrique Larreta, llenaba las primeras décadas del siglo. Era considerada la mejor novela histórica, ejemplo de prosa modernista. Aparecida en 1908, consagró el nombre de Larreta en el país,América y España. Se trataba de un fenómeno poco frecuente en relación con un libro. Pero la novela erarealmente una recreación admirable; sigue siéndolo. Aun contra las diatribas (se dijo que era un plagio), la obrafue considerada importante y más de uno quiso imitarla.Mujica Lainez siguió de cerca el proceso de
La gloria de don Ramiro.
Larreta era amigo de su padre; másaún, amigo de la familia. Esta relación alcanzó no sólo al Larreta escritor sino al Larreta diplomático. Fue tal laadmiración del joven escritor Mujica Lainez por el creador de la gran novela (y por su vida) que desde uncomienzo lo colocó en un pedestal. Y como Larreta, generoso para alentar a los recién iniciados, le demostróafecto y lo convirtió en amigo e interlocutor a pesar de la diferencia de edades, la obra del maestro pasó a ser elmodelo de la del discípulo.Así como
Prosas profanas,
de Rubén Darío, era el libro que ningún poeta de la época podía dejar de leer, asítambién
La gloria de don Ramiro
era la novela que ningún autor debía ignorar. Por esta razón, y por la relación personal de los autores,
Don Galaz de Buenos Aires
le debió mucho a la obra famosa.La deuda tiene que ver principalmente con el tratamiento del lenguaje. Tanto
Don Galaz
como
La gloria dedon Ramiro
eluden lo arcaizante en la narración reservándolo para los diálogos. Cualquier lector advierte, sinembargo, que la historia pertenece al pasado, y a un pasado determinado con precisión en el tiempo. Se trata demás de un movimiento de la prosa, y de algún rasgo del vocabulario, que del
color
de las reconstruccioneshistóricas. En Larreta estos procedimientos tienen una seguridad solar; Mujica Lainez sigue sus pasos
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