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DON GALAZ DE BUENOS AIRES
Manuel Mujica Laínez
PRÓLOGOGalaz de Bracamonte, el protagonista de esta historia, ha sido bautizado con el nombre del hijo de Lanzarotedel Lago. Llamarse como el héroe que rescata el Santo Grial y pertenecer, aunque sea a través del mundo de laficción, a la pléyade de los más famosos caballeros andantes, signa su destino. (Que lo diga, si no, Don Quijote.)Cuando hace su aparición en la novela como paje del obispo de Buenos Aires tiene sólo diecisiete años. Es elsegundón de una familia en decadencia, huérfano por añadidura, y está bajo la tutela de una tía, personaje dignode la picaresca como él. Su creador no le ha ahorrado la facha desmañada aunque salve el hecho de que ha nacidoen la ciudad, de la que, como se sabe, tomará nombre. Y éste, finalmente, será su honor, porque aparte la pintura psicológica —la de un adolescente del siglo XVIII—,
 Don Galaz de Buenos Aires
es el vivo retrato de unaBuenos Aires colonial presentada por primera vez como protagonista.Como prueba de la vida de esa urbe que era entonces un caserío de edificación chata, ahí están las imágenesque Galaz va dándole al lector, como si lo llevara de la mano, durante la primera escapada que hace. El paje amaa su ciudad. Sale del Palacio Episcopal, atraviesa la Plaza Mayor frente al Fuerte, y llega a la Catedral. Entra, por último, a la casa lindera con la iglesia de la compañía de Jesús donde se reunirá con sus amigos Pedro y Alanís,figuras decisivas del relato. Pero lo que cuenta no es —todavía— el hilo de la historia, sino la atmósfera de esaBuenos Aires aldeana, agobiada por la siesta. Y las imágenes aludidas incluyen la plaza de tierra, las calles decolchones de tierra, las mangas de langostas, los mendigos y los perros hambrientos. El escenario es limitado,¡pero qué vida tiene la reconstrucción histórica! ¡Qué real resulta el aire en que está envuelta!Una de las características de Don Galaz de Buenos Aires es su tono irónico. Si se quisiera separar la ironíade la peripecia propiamente dicha, la novela se resentiría. Todo está visto desde la óptica escéptica, se convierteen la burla que alcanza tanto al funcionario contrabandista como al militar que reclama la Cruz de Santiago.Todo, es cierto, menos Buenos Aires. Los ojos con que está presentada la misérrima ciudad, indefensa ante lasincursiones piratas y los gobernadores que la administran dolosamente, son los ojos más limpios, los ojos delamor. Mujica Lainez, que habría de crearle toda una mitología con sus cuentos de
 Aquí vivieron y Misteriosa Buenos Aires,
se asoma por primera vez a su panorama como un realista que no hubiera eliminado de su miradael toque ingenuo. Sólida y con la belleza de los cuadros logrados, Buenos Aires se yergue como el escenariotemporal que representa, pero acaba por convertirse en prototipo de esos lejanos tiempos.Hay más, todavía. Para la mirada admirativa, la misma que hoy tendría un porteño, está dicha la profecía deGalaz hacia el final de la novela, poco antes de que la flecha traidora lo hiera de muerte:
“¿Qué le brindarán los años a la ciudad, a esta pequeña ciudad nuestra... ? Paréceme otearla de las nubes y vella grande y sonora”.
Desde el siglo del atraso para la ciudad cuyo puerto no ha sido abierto aún al comercio y que da la espalda ala pampa ganadera, el paje enamorado la saluda en su futuro portentoso. Para ello ha empleado dos palabras quela emparentan con la poesía. En
 Don Galaz,
 precisamente, las descripciones y el registro del paso de lasestaciones, y aun de las horas, le pintan el paisaje más reconocible, como los esclavos o los pordioseros de sus patios y sus calles. Paradójicamente, lo lírico apoyado en lo real, la rescata y —como se ha visto— la anticipa.El nombre que le han puesto alienta en Galaz sus fantasías heroicas. Ese nombre está en el libro que lee:
 Amadísde Gaula.
La mejor novela española de caballerías aparecida en 1508 circulaba en Buenos Aires hacia 1600. Erala lectura ideal para llenar de sueños la cabeza de un adolescente confinado en la ciudad remota e insignificante.Había perturbado la mente de un hidalgo bueno “en un lugar de la Mancha”, como dijo en célebre comienzo otrolector de aventuras, también él hombre bueno, don Miguel de Cervantes Saavedra. Novelas de caballerías habíaleído Santa Teresa de Jesús, novelas que se le grabaron tan hondo en la memoria que algunas de sus obrasdoctrinarias reproducen sus estructuras. La cita no es antojadiza. Un hermano de la santa vivía en la Córdobaargentina, desde la cual Jerónimo Luis de Cabrera salió en excursión memorable, contagiado de los deseos degloria del soldado cristiano. No, Galaz no estaba solo. La mediocre vida de la aldea, en la que la pompa de unas nubes deslizándose en el
 
horizonte hace que el vigía del Fuerte se confunda con el velamen de naves piratas, tiene una escapatoria, y esaescapatoria es la lectura. Cuando Galaz deja el trabajo de paje junto al obispo, el gobernador lo llama para que lelea obras en las que sus antepasados son los héroes admirados. Pero no sólo los brazos armados y las cabalgadurasson gualdrapas de las justas y torneos sino las vidas de los santos, en tanto éstas reproduzcan actos heroicos, sonla materia de entretenimiento y edificación de los letrados de la Colonia, jóvenes o no. En un momento de crisisespiritual, Galaz no se desprende del
 Flos Sanctorum.
Sin embargo, con ser tanta la influencia de los libros, elmuchacho encontrará en las leyendas americanas, ya entonces lo suficientemente extendidas, el estímulodefinitivo.Como en el caso de
 Amadís de Gaula,
que tomó para Galaz de Bracamonte nombre y apellido, aunque perteneciera a la ficción, el acicate para emprender la aventura que le costaría la vida, también lo tomó: generalSánchez Garzón, anciano militar que asume en la novela el papel de empresario de
 El Dorado.
América era el mapa de las hazañas que podían tentar a aventureros como Galaz. En la Florida se ubicaba la
 Fuente de la Eterna Juventud 
(por ahí había andado Alvar Núñez Cabeza de Vaca, ese incansable caminador queatravesó también América del Sur, camino de las cataratas, y terminó en Puerto Hambre, en el sur patagónico), enla selva y bajando los ríos portentosos hacia el Atlántico estaba el
 Reino de las Amazonas
que el capitán Franciscode Orellana vio antes de morir, en algún lugar (siempre cambiante) se encontraba el
 País del Rey Blanco, El  Dorado...
 No sólo al jovencito desgarbado podían seducir las historias de aventuras y riquezas sino también algeneral Sánchez Garzón, que se había pasado la vida buscándolas, y que, ya viejo, hallaba su brazo fuerte y sus piernas andariegas en los del segundón de los Bracamonte.Para mentes como las de Galaz y el militar, que idealizaban las hazañas irrealizables, América debió ser unlugar paradisíaco, con grandes árboles, cascadas y ríos mansos (e indígenas pacíficos) semejante a los que unsiglo después imaginaría románticamente el vizconde de Chateaubriand pintando en sus novelas con escenarioamericano paisajes con reminiscencias de Watteau. Pero en el Río de la Plata, donde vivían, el contraste con larealidad era muy grande. El lugar no era Perú, México o Bolivia. Aquí no existían minas de plata ni yacimientosauríferos. La ilusión del metal codiciado había sido eso, una ilusión, en el nombre del río que debió llevar a lariqueza y llevaba a la miseria y la muerte. La llanura que se extendía a espaldas de Buenos Aires (con su ganadocimarrón que sólo servía para extender el olor de la podredumbre una vez que los gauderios habían sacado elcuero de las reses muertas, abandonadas a la intemperie como en un gigantesco cementerio) no conducía aninguna sierra con socavones de metal precioso ni a ningún río mágico con mujeres guerreras en sus orillas. No;las fantasías estaban únicamente en el pensamiento afiebrado de cada uno y no en la pampa. El desencanto detantos hidalgüelos venidos a menos acabó por modelar el carácter fantasioso y delirante de Galaz. El trabajomanual que podía haberlo redimido le había sido negado por ser noble. Para esos menesteres estaban los esclavosy mestizos.Para que el panorama quede completo, hay que agregar el peso del orden jerárquico establecido en nombredel rey, en una parodia de corte que presidía el gobernador de turno, y el peso de la Iglesia, brazo derecho de laConquista y enquistada en el poder como una fuerza más. Detrás, muy detrás, estaban las naciones de indígenasderrotados pero no vencidos.
 Don Galaz de Buenos Aires
es la radiografía risueña de la situación de la ciudad bajo Felipe V (1605-1665).Mujica Lainez, que publicó la novela en 1938, era el autor de una obra de ensayos con temas de la literaturaespañola. Formado durante su niñez y adolescencia en París y Londres, sus primeros estímulos para la creaciónliteraria fueron lenguas extrañas a la suya, como el francés, que llegó a dominar. Pero de regreso al país, en muycorto tiempo, leyó lo mejor de la literatura del Siglo de Oro español, y ese fue el origen de aquel libro de ensayos,
Glosas castellanas.
Dentro de las lecturas aludidas, la picaresca lo sedujo con su vitalidad, condición que prefirióal contar sus novelas. Para componer la historia del paje de Buenos Aires echó mano de las andanzas de tanto pícaro suelto en los libros, comenzando por el Lazarillo, modelo insuperable. Galaz es hidalgo; el pícaro estáfuera de la escala social. Sin embargo, mucho de la psicología de un Lázaro de Tormes, por ejemplo, pasa por Galaz, atribuida a él o a sus compañeros de andanzas.El repertorio de artimañas, toda la artillería graciosa, desfila en las mejores partes del relato, cuando MujicaLainez irrumpe con sus recuerdos de la picaresca, tan afín a su espíritu. Fiel a sus gustos e inclinaciones literarias,el mundo de los desvalidos que se las arreglan para vivir, no importa lo que hagan mientras el ingenio los guíe,
 
volverá a sus ficciones. Tuvo idéntica fidelidad para algunos personajes, que prefirió a lo largo de su vida deescritor. El obispo amanerado de
 Don Galaz
reaparecerá con aproximaciones más prolijas en
 El laberinto.
Para dar ejemplos y probar la fuerza cómica tantas veces aludida (sin sacarla, desde luego, de las novelas quehan ilustrado la picaresca), bastaría recordar algunas escenas claves de
 Don Galaz,
como la de la llegada delgobernador a la casa de doña Uzenda, tía del paje, donde se encuentra el obispo. El representante del rey y el de laIglesia se odian. Donde está uno no puede estar el otro. La dueña de casa, auxiliada por sus criados y su sobrino“retira” al obispo de la reunión (no resulta demasiado engorroso: el prelado está algo lelo), momentos antes deque aparezca el representante de la autoridad civil. La embarazosa situación parece haber sido salvada. Pero no.Las gallinas de la casa irrumpen en la sala. Nadie sabe cómo han burlado el encierro del gallinero. Se produce elrevuelo consiguiente, y los animales, finalmente, son sacados en medio del alboroto. Al día siguiente las gallinasy el gobernador serán la comidilla de la aldea.Una escena más. Violante, prima de Galaz y su enamorada, está de rodillas en la iglesia, custodiada por doñaUzenda. Reza muy devotamente. Detrás se ve al paje, que la mira arrobado. Él también reza. Pero la oración se lemezcla con los deseos de la carne y el contrapunto roza lo herético. Y otra vez la escena insólita: se oye elchapotear de las vacas que cruzan la Plaza Mayor, llovida y embarrada.Así como Quevedo ridiculizó a la medicina de su tiempo en sus barberossangradores, Mujica Lainez se ríedel
 físico
extractor de la piedra de la locura, el maestro Xaques Nicolás, plantando su banderilla. El médico es unfarsante que sólo por milagro no mata a Galaz, enfermo de amor. La escena, esta vez, es de humor negro.Y así, muchas más, otras escenas, como la del vuelo de los chajaes que, según el paje, supersticioso comotodos los habitantes de Buenos Aires, podría ser interpretado, como el de las aves elegidas por los arúspices de laAntigüedad, lectores de vaticinios que venían por el camino del cielo.De todos modos, y para señalar una veta más de lo ridículo en
 Don Galaz,
convendría acordarse de losretratos quevedianos de doña Uzenda, de Mergelina y de tantos otros personajes. El orgullo y la envidia colorancon tiritas tan cargadas las figuras caricaturescas que se comprende sin dificultad que esos nefastos atributosobrarán como el
deus-ex-machina
de la novela.El hecho que decidió la composición de
 Don Galaz de Buenos Aires
fue casual. Mujica Lainez escribió en1936 un panorama sobre la ciudad del siglo XVII. El retrato conseguido lo entusias. También a laMunicipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, organizadora de los actos para la celebración del cuarto centenariode la fundación de la urbe por Pedro de Mendoza, en 1536, que se lo encargó. Lo publicó en el libro dado aconocer con otros trabajos escritos para la ocasión.Pero sería simplificar demasiado pensar que la única causa estaría ahí.
 La gloria de don Ramiro,
de Enrique Larreta, llenaba las primeras décadas del siglo. Era considerada la mejor novela histórica, ejemplo de prosa modernista. Aparecida en 1908, consagró el nombre de Larreta en el país,América y España. Se trataba de un fenómeno poco frecuente en relación con un libro. Pero la novela erarealmente una recreación admirable; sigue siéndolo. Aun contra las diatribas (se dijo que era un plagio), la obrafue considerada importante y más de uno quiso imitarla.Mujica Lainez siguió de cerca el proceso de
 La gloria de don Ramiro.
Larreta era amigo de su padre; másaún, amigo de la familia. Esta relación alcanzó no sólo al Larreta escritor sino al Larreta diplomático. Fue tal laadmiración del joven escritor Mujica Lainez por el creador de la gran novela (y por su vida) que desde uncomienzo lo colocó en un pedestal. Y como Larreta, generoso para alentar a los recién iniciados, le demostróafecto y lo convirtió en amigo e interlocutor a pesar de la diferencia de edades, la obra del maestro pasó a ser elmodelo de la del discípulo.Así como
 Prosas profanas,
de Rubén Darío, era el libro que ningún poeta de la época podía dejar de leer, asítambién
 La gloria de don Ramiro
era la novela que ningún autor debía ignorar. Por esta razón, y por la relación personal de los autores,
 Don Galaz de Buenos Aires
le debió mucho a la obra famosa.La deuda tiene que ver principalmente con el tratamiento del lenguaje. Tanto
 Don Galaz
como
 La gloria dedon Ramiro
eluden lo arcaizante en la narración reservándolo para los diálogos. Cualquier lector advierte, sinembargo, que la historia pertenece al pasado, y a un pasado determinado con precisión en el tiempo. Se trata demás de un movimiento de la prosa, y de algún rasgo del vocabulario, que del
color 
de las reconstruccioneshistóricas. En Larreta estos procedimientos tienen una seguridad solar; Mujica Lainez sigue sus pasos
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