ubicando el sustantivo entre dos adjetivos. Y esa palabra: cabellera... tan descalificada.Pero si en vez pusiera aquí: el largo pelo negro, no me entenderían otros lectores;supondrían que me refiero a un pelo, a un cabello solo y largo. ¡Bah! Te miraba el pelo, olos pelos, y volvía a escribir, a la copia. De la calle Velazco entraba un aroma a fogatas, atarde, a melancolía. La luz de la lámpara los aislaba en su círculo a ti y al gato. Seadhería, como un barniz, al largo pelo negro, a tus hombros. Todo en ti me gusta, te lo herepetido a menudo, todo, fuera del carácter, a ciertas horas, en ciertos inexplicablesminutos. Calculo que me odias entonces. O no... Todo me gusta, pero nada me gusta tantocomo tu larga cabellera negra. Lo sabes; de ella te ufanas. La cuidas. Te he vistocepillarla hasta que la cara se te enciende. Larga y negra, lacia, no muy fina, partida a laizquierda por una raya inconstante. Mas no definitivamente lacia, y en eso finca, me parece, su seducción, porque se ondula sobre las orejas con ancha onda y luego recuperasu lisura. Negra, renegra. El cuervo, etc.Recuerdo que aquel día, en lo de la buena, admirable Aída Carballo, mientras me dolíanlos dedos de tanto copiar y los frotaba suavemente, se me ocurrió que tu pelo tiene vida propia, que vive aparte de ti, por su lado; que cuando duermes, por ejemplo, se mueveapenas, como si se desperezase. Aseguran que la cabellera de los muertos siguecreciendo, en el silencio del ataúd, que vive en medio de la muerte. La tuya -adivinabayo- vive en medio de la vida, su vida, como la de las Gorgonas. Pero no tiene nada quever. Las Gorgonas... ¡Qué imagen! Voilà la littérature. Nos fuimos a casa antes de comer.Te estiraste en el sillón amarillo, con el vaso de whisky en la mano. Algo murmurastesobre tu fatiga. De eso no me acuerdo, pero lo supongo: esos cansancios, esos cansancios permanentes... Dejaste el vaso y te dormiste. Yo intenté leer. Empero, la certidumbre, laextraña certidumbre de que tu pelo es como un animal negro o, mejor aún, como un bosque, no como un bosque sino un bosque, misterioso, viviente, me obsesionaba. En lode Aída había bebido dos whiskies y un vaso de vino: bebí otro whisky en casa y sabesque no soy fuerte. De manera que puedes, si te resulta cómodo -y te resultará- atribuir loque sigue al alcohol. No fue el alcohol. Fue.Me puse de pie, mirándote, mirando la larga cabellera negra, aparentemente inofensiva,que se te volcaba, por la inclinación de la cabeza, sobre el hombro derecho. Tu largacabellera negra -voilà la littérature, la deformación profesional- es como un río nocturno,es como una fúnebre bandera yacente, es como un gran pájaro dormido, es como un arpaoscura (¿un arpa? ¡qué idea!), es como...Adelanté un dedo, dos dedos, hasta rozarla. Me incliné a respirar su olor, su olor familiar,que reconocería entre miles y millares y millares, fresco, con un dejo de violetas. Luegovolví a mi asiento, detrás de la mesa, y reanudé la lectura. Leía (carnet) una antologíavoltairiana, y lo señalo para afirmar que ninguna extraordinaria influencia -fuera, acaso,de la del alcohol... pero había bebido poco- contribuía a crear un clima de singularidad, propicio a la alucinación. Al contrario, el escepticismo de Voltaire, su vigilante burla, mearmaban contra la tentación mágica.De repente se apagó la luz eléctrica que a la espalda tenía, fija en la biblioteca, la únicadel cuarto. Estaba habituado, como leal porteño, a los apagones súbitos, a losdesperfectos, a los ensayos que me privaban de luz durante media hora. Sin dudaalguien, en alguna oficina, sacudía hilos, desajustaba y ajustaba. No me importó. Yareaparecería la luz. Hasta prefería aquella penumbra, pues la tenue claridad que elesplendor de la noche filtraba desde el jardín, a través de las persianas, confería a la
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