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EL BRAZALETE
Manuel Mujica Lainez 
A mi hermano Buby,en Nueva York. NarcisoSi salía, encerraba a los gatos. Los buscaba, debajo de los muebles, en laondulación de los cortinajes, detrás de los libros, y los llevaba en brazos, uno a uno, a sudormitorio. Allí se acomodaban sobre el sofá de felpa raída, hasta su regreso. Eran cuatro,cinco, seis, según los años, según se deshiciera de las crías, pero todos semejantes, grisesy rayados y de un negro negrísimo.Serafín no los dejaba en la salita que completaba, con un baño minúsculo, su exiguodepartamento, en aquella vieja casa convertida, tras mil zurcidos y parches, en inquilinatomezquino, por temor de que la gatería trepase a la cómoda encima de la cual el espejoensanchaba su soberbia.Aquel heredado espejo constituía el solo lujo del ocupante. Era muy grande, con el marcodorado, enrulado, isabelino. Frente a él, cuando regresaba de la oficina, transcurría lamayor parte del tiempo de Serafín. Se sentaba a cierta distancia de la cómoda ycontemplaba largamente, siempre en la misma actitud, la imagen que el marco ilustre leofrecía: la de un muchacho de expresión misteriosa e innegable hermosura, que desdeallí, la mano izquierda abierta como una flor en la solapa, lo miraba a él, fijos los ojos deluno en los del otro. Entonces los gatos cruzaban el vano del dormitorio y lo rodeaban ensilencio. Sabían que para permanecer en la sala debían hacerse olvidar, que no debían perturbar el examen meditabundo del solitario, y, aterciopelados, fantasmales, se echabanen torno del contemplador.Las distracciones que antes debiera a la lectura y a la música propuesta por un antiguofonógrafo habían terminado por dejar su sitio al único placer de la observación frente alespejo. Serafín se desquitaba así de las obligaciones tristes que le imponían lascircunstancias. Nada, ni el libro más admirable, ni la melodía más sutil, podría procurarlela paz, la felicidad que adeudaba a la imagen del espejo. Volvía cansado, desilusionado,herido, a su íntimo refugio, y la pureza de aquel rostro, de aquella mano puesta en lasolapa, le infundía nueva vitalidad. Pero no aplicaba el vigor que al espejo debía a ningúnesfuerzo práctico. Ya casi no limpiaba las habitaciones, y la mugre se atascaba en el piso,en los muebles, en los muros, alrededor de la cama siempre deshecha. Apenas comía.Traía para los gatos, exclusivos partícipes de su clausura, unos trozos de carne cuyosrestos contribuían al desorden, y si los vecinos se quejaban del hedor que manaba de sudepartamento se limitaba a encogerse de hombros, porque Serafín no lo percibía; Serafínno otorgaba importancia a nada que no fuese su espejo. Éste sí resplandecía, triunfal, enmedio de la desolación y la acumulada basura. Brillaba su marco, y la imagen delmuchacho hermoso parecía iluminada desde el interior.Los gatos, entretanto, vagaban como sombras. Una noche, mientras Serafín cumplía suvigilante tarea frente a la quieta figura, uno lanzó un maullido loco y saltó sobre lacómoda. Serafín lo apartó violentamente, y los felinos no reanudaron la tentativa, perocualquiera que no fuese él, cualquiera que no estuviera ensimismado en la contemplaciónabsorbente, hubiese advertido en la nerviosidad gatuna, en el llamear de sus pupilas, un
 
contenido deseo, que mantenía trémulos, electrizados, a los acompañantes de suabandono.Serafín se sintió mal, muy mal, una tarde. Cuando regresó del trabajo, renunció por  primera vez, desde que allí vivía, al goce secreto que el espejo le acordaba con invariablefidelidad, y se estiró en la cama. No había llevado comida, ni para los gatos ni para él.Con suaves maullidos, desconcertados por la traición a la costumbre, los gatos cercaronsu lecho. El hambre los tornó audaces a medida que pasaban las horas, y valiéndose dedientes y uñas, tironearon de la colcha, pero su dueño inmóvil los dejó hacer. Llegó así lamañana y avanzó la tarde, sin que variara la posición del yacente, hasta que el reclamovoraz trastornó a los cautivos.Como si para ello se hubiesen concertado, irrumpieron en la salita, maullandodesconsoladamente.Allá arriba, la victoria del espejo desdeñaba la miseria del conjunto. Atraía como unalámpara en la penumbra. Con ágiles brincos, los gatos invadieron la cómoda. Su furia sesumó a la alegría de sentirse libres y se pusieron a arañar el espejo. Entonces la granimagen del muchacho desconocido que Serafín había encolado encima de la luna -y que podía ser un affiche o la fotografía de un cuadro famoso, o de un muchacho cualquiera, bello, nunca se supo, porque los vecinos que entraron después en la sala sólo vieron unosarrancados papeles- cedió a la ira de las garras, desgajada, lacerada, mutilada,descubriendo, bajo el simulacro de reflejo urdido por Serafín, chispas de cristal.Luego los gatos volvieron al dormitorio, donde el hombre horrible, el deforme, el Narcisodesesperado, conservaba la mano izquierda abierta como una flor sobre la solapa, yempezaron a destrozarle la ropa.1969La larga cabellera negraEsta verdadera historia no me la creerás. Y sin embargo es verdadera. Decualquier modo, jamás me atreveré a contártela, a sentarme delante de ti y contártela. Laescribo, eso sí, para detallármela a mí mismo. Acaso, dentro de muchos años, te mostraréel cuaderno. Y nos reiremos juntos. Quién sabe, quién sabe si nos reiremos.Te informo, por lo pronto, a fin de ubicarte exactamente, cuándo sucedió.Fue el 29 de mayo del año pasado, un domingo. Si tuvieras, como yo, un carnet en el queapuntaras tus diarias obligaciones –y tus felicidades-, te enterarías de qué pasó el 29 demayo. Pero ¡qué vas a tener! Nada te interesa, nada. Te dejas llevar por el tiempo. Encambio yo conservo mis carnets de doce en doce meses. ¿Te ríes? ¿Juzgas que es unaingenuidad; que el tiempo quizá no existe; en todo caso que es absurdo pretender encerrarlo, archivarlo, dentro de las hojitas de un carnet; coleccionar tiempo como secoleccionan estampillas? Somos tan distintos... Mi carnet avisa que el 29 de mayo de1966, domingo, fuimos a lo de Aída Carballo, la grabadora. Estuvimos allí casi la tardeentera. Tú jugabas con su gato, el del nombre italiano que olvido siempre. Deberíaconsignarlo en mi carnet. Ella dibujaba y yo copiaba un relato mío, de "Crónicas Reales", penosamente, en altas páginas, para que lo ilustrase Aída. Oíamos, sin hablar, unos discosde antigua música, refinados. También debí anotar sus nombres: cosas del siglo XIV o delXV, españolas, si no me equivoco. De tanto en tanto, yo alzaba los ojos y te miraba el pelo. La larga cabellera negra. Hay que decirlo así, sonoramente, románticamente,
 
ubicando el sustantivo entre dos adjetivos. Y esa palabra: cabellera... tan descalificada.Pero si en vez pusiera aquí: el largo pelo negro, no me entenderían otros lectores;supondrían que me refiero a un pelo, a un cabello solo y largo. ¡Bah! Te miraba el pelo, olos pelos, y volvía a escribir, a la copia. De la calle Velazco entraba un aroma a fogatas, atarde, a melancolía. La luz de la lámpara los aislaba en su círculo a ti y al gato. Seadhería, como un barniz, al largo pelo negro, a tus hombros. Todo en ti me gusta, te lo herepetido a menudo, todo, fuera del carácter, a ciertas horas, en ciertos inexplicablesminutos. Calculo que me odias entonces. O no... Todo me gusta, pero nada me gusta tantocomo tu larga cabellera negra. Lo sabes; de ella te ufanas. La cuidas. Te he vistocepillarla hasta que la cara se te enciende. Larga y negra, lacia, no muy fina, partida a laizquierda por una raya inconstante. Mas no definitivamente lacia, y en eso finca, me parece, su seducción, porque se ondula sobre las orejas con ancha onda y luego recuperasu lisura. Negra, renegra. El cuervo, etc.Recuerdo que aquel día, en lo de la buena, admirable Aída Carballo, mientras me dolíanlos dedos de tanto copiar y los frotaba suavemente, se me ocurrió que tu pelo tiene vida propia, que vive aparte de ti, por su lado; que cuando duermes, por ejemplo, se mueveapenas, como si se desperezase. Aseguran que la cabellera de los muertos siguecreciendo, en el silencio del ataúd, que vive en medio de la muerte. La tuya -adivinabayo- vive en medio de la vida, su vida, como la de las Gorgonas. Pero no tiene nada quever. Las Gorgonas... ¡Qué imagen! Voilà la littérature. Nos fuimos a casa antes de comer.Te estiraste en el sillón amarillo, con el vaso de whisky en la mano. Algo murmurastesobre tu fatiga. De eso no me acuerdo, pero lo supongo: esos cansancios, esos cansancios permanentes... Dejaste el vaso y te dormiste. Yo intenté leer. Empero, la certidumbre, laextraña certidumbre de que tu pelo es como un animal negro o, mejor aún, como un bosque, no como un bosque sino un bosque, misterioso, viviente, me obsesionaba. En lode Aída había bebido dos whiskies y un vaso de vino: bebí otro whisky en casa y sabesque no soy fuerte. De manera que puedes, si te resulta cómodo -y te resultará- atribuir loque sigue al alcohol. No fue el alcohol. Fue.Me puse de pie, mirándote, mirando la larga cabellera negra, aparentemente inofensiva,que se te volcaba, por la inclinación de la cabeza, sobre el hombro derecho. Tu largacabellera negra -voilà la littérature, la deformación profesional- es como un río nocturno,es como una fúnebre bandera yacente, es como un gran pájaro dormido, es como un arpaoscura (¿un arpa? ¡qué idea!), es como...Adelanté un dedo, dos dedos, hasta rozarla. Me incliné a respirar su olor, su olor familiar,que reconocería entre miles y millares y millares, fresco, con un dejo de violetas. Luegovolví a mi asiento, detrás de la mesa, y reanudé la lectura. Leía (carnet) una antologíavoltairiana, y lo señalo para afirmar que ninguna extraordinaria influencia -fuera, acaso,de la del alcohol... pero había bebido poco- contribuía a crear un clima de singularidad, propicio a la alucinación. Al contrario, el escepticismo de Voltaire, su vigilante burla, mearmaban contra la tentación mágica.De repente se apagó la luz eléctrica que a la espalda tenía, fija en la biblioteca, la únicadel cuarto. Estaba habituado, como leal porteño, a los apagones súbitos, a losdesperfectos, a los ensayos que me privaban de luz durante media hora. Sin dudaalguien, en alguna oficina, sacudía hilos, desajustaba y ajustaba. No me importó. Yareaparecería la luz. Hasta prefería aquella penumbra, pues la tenue claridad que elesplendor de la noche filtraba desde el jardín, a través de las persianas, confería a la
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