descubierto del primer piso, no bien los fabricantes de marcos alquilaron lo que antañofue entrada de coches, la cual había dado paso al jardín desde la calle, y quedó cerrada para siempre. Como dicha escalera era muy angosta, y sólo se podía utilizar su tirabuzónen fila india, agolpáronse los inquilinos en su acceso, y Charlemagne vio reunida por primera vez a la unanimidad de quienes se distribuían en la casona. Ni siquiera faltaronlos fabricantes de marcos, vendedores de oleografías espantosas, quienes despreciaban alos demás locatarios, artistas en su mayor parte, que poco o nada vendían de susrespectivas obras, y que no obstante las diferencias de sus inquietudes y de suscostumbres, estaban vinculados (con excepción de Leontina) por la afinidad que resultade las tentativas del quehacer estético.Los marqueros eran dos, y constituían un mundo aislado, dentro de la casa de lacalle Paraguay. Vigilaban, desde su negocio dominaría de la entrada, las idas y venidasde los residentes; las llegadas de los nuevos individuos; las reiteradas visitas; lasdesapariciones. Al no conocerlos personalmente, sino a través de un vago saludo, pues nisiquiera los pintores encargaban sus marcos allí, por caros, habíanse formado una serie deideas equivocadísimas acerca de los inquilinos que cruzaban el frontero zaguán, y cuandoconversaban a media voz, burlones, obscenos, ásperos, en mitad de la tarea de cortar vidrios y varillas, intercambiaban opiniones caprichosas y despechadas sobre lo queharían los otros, inventando amores truculentos, traiciones, celos y odios ficticios, en losque terminaban por creer, y que conectaban entre sí, estrechamente, a hombres y mujeresque a menudo, en la realidad, se trataban apenas.¡Cuánta sería la gravedad del caso, intensificada por las frases desesperadas delescultor, oídas a través del tabique separatorio, para que también los encuadradores, los primos Morales, abandonasen su faena, en el local denominado "El Cisne Azul", por elque había pintado en el zaguán y que ellos colorinchearon y barnizaron con toscaintensidad! Treparon velozmente escaleras arriba, haciendo cimbrar el pasamano que seenriquecía, en su comienzo, con la efigie de bronce de un cisne descabezado, y en cuyocielo raso volaba una bandada de blancos y descascarados cisnes, que habían perdido lastonalidades del óleo, al revés del azul, hasta transformarse en espectros aéreos, flotantesen la neblina. Esos cisnes, y los que sucesivas promociones de pintores huéspedes, más omenos experimentados, añadieron en las galerías ventosas y en los baños repulsivos— cisnes blancos, negros, rojos, grises, amarillos, verdes—, son los que le ganaron alcaserón su mote palaciego. Fueron ellos también quienes le sugirieron a Charlemagne, almudarse allí, la ocurrencia de componer una antología tan pasada de moda como ladecoración que la inspiró. Cisnes y cisnes. Los había doquier, en la casa cercana de laPlaza Rodríguez Peña, la casa de los artistas, la casa que su último propietario, nieto delque la construyó y pobló de aves de largo cuello, trató en vano de recuperar parademolerla, desalojando a los inquilinos innúmeros que se habían apoderado de sus salas,de sus salones, de sus desvanes y de cuanto recoveco contenía, hasta que abandonó laempresa, y dejó que el portero español se entendiese con el detestado enjambre de bohemios intrusos. Cisnes y cisnes. Entre ellos ascendían los marqueros Morales, que jamás entraban en el corazón del Palacio, y que ahora saltaban de dos en dos losescalones de mármol carcomido, pisándole los talones al portero, para sumarse al grupoque, como lentas hormigas, iba metiéndose en la férrea espiral temblorosa que conducíaal jardín.
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