El dulce nombre de mi amor primero,Y la pisada leveDe mi tostado potro parejero,Sobre la arena que el pampero mueve.(G.)«Mientras vivió desconociola el mundo,Yo que la conocí quedé a llorarla».(PETRARCA).
A la primera luz de un día del verano de 1811, a travesaba, saludado por el centinela del piquete, el abierto espacio de terreno que hoy se llama Plaza del 25 del Mayo, un jinete jovencondecorado con las insignias de capitán de Patricios. Montaba un caballo obscuro criollo de losMontes Grandes, circunstancia que nos ahorra el pintarle tal cual era, grande, descarnado, largode cuello, delgado de manos, generoso y ligerísimo en la carrera.Era el jinete un gallardo porteño, algo moreno de rostro, y de tan expresiva fisonomía, queaun cuando cerraba los labios, hablaba con elocuencia irresistible a los corazones por medio dedos ojos renegridos como la noche. Caminaba al tranco de su montura; y en el instante que bajaba la barranca por las inmediaciones de dos colosales ombúes, más hacia el Norte delantiguo muelle de piedra,[44]por su actitud melancólica y por el descuido con que dejabadescansar las bridas sobre las crines de su
Oscuro,
con nadie habría podido comparársele conmayor exactitud que con el
Hipólito
de Racine, cuando condenado a la muerte por el Destinosalía gobernando sus corceles por las puertas de la ciudad de Tresena.Levantábase el sol sobre las aguas del Plata cortejado por densas nubes azules, cargadas de lahumedad de la noche, como tributo a la ardiente voracidad del soberano del espacio. Algunascabelleras, a manera de incrustaciones de ébano sobre la superficie del nácar, sobrenadabanvoluptuosas al capricho de las olas y descubrían la afición al baño matutino y al aire libre, de lashermosas jóvenes, cuyos leves vestidos blanqueaban sobre el verde del bajo.Pues bien, ni el espectáculo siempre nuevo del nacimiento del sol, ni el hallazgo de aquellasninfas que eran de realidad y sonrosadas carnes, no fantásticas como la de los antiguos poetas,fueron bastante
poderosos para hacer que el capitán volviese la vista a su derecha para mirar,arriba, el astro de nuestro escudo de armas, abajo, una porción casi desnuda del mejor tesoro queentre sus opulencias naturales cuenta Buenos Aires. ¡Tan grande era la preocupación de suánimo!Veamos, consultando los antecedentes, cuál pudiera ser la causa de aquella absorción mentaldentro de sí mismo, de aquella indiferencia por los objetos exteriores más atractivos, que padecíaen aquel momento el simpático jinete del caballo obscuro.A la edad de veinticinco años largos, que era lo que contaba aquel joven, había experimentadoya, dos de las nobles emociones que pueden avasallar el alma humana. Discípulo de Fernándezen el colegio de San Carlos y asiduo concurrente a la celda del Platón del claustro porteño, frayCayetano Rodríguez, había tenido la fortuna de saborear en los idiomas más hermosos lascreaciones de Virgilio y las de los líricos y dramáticos castellanos de los buenos tiempos delreinado de los Felipes. Habíanle entrado en el corazón entre torrentes de armonía, los conceptos
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