1. Introducción
Las ciencias, en el sentido en el que modernamente se las concibe,comenzaron a adquirir su carácter distintivo en los siglos XVIII y XIX, en los cualesel auge del espíritu investigador promovido por los ideales de la Ilustración cristalizóen su conformación como paradigmas de progreso, racionalidad y verdad. Basadasen el método empírico e imbuidas de un fuerte espíritu positivista, las disciplinasabocadas al estudio de los fenómenos naturales fueron las primeras en reclamar parasí el título de ciencias, y acabaron imponiendo a las demás sus particulares criteriosmetodológicos, lo que ha sido dado en llamar “monismo metodológico”: laaplicación o no del método empírico determinaba si una investigación merecía ser llamada científica, y si este método no se ajustaba a sus necesidades o no le proporcionaba los instrumentos para probar fehacientemente sus conclusiones, puesentonces tal disciplina no podía considerarse cabalmente como ciencia.La lucha por la reivindicación del carácter científico de los campos del saber que no estudiaban fenómenos naturales impersonales, mecánicos y objetivos sino procesos sociales subjetivos, históricos y pluricausales duró hasta bien entrado elsiglo XX, en el cual el desarrollo de las teorías historicistas de Dilthey consiguiófinalmente el derecho de ciudadanía para las “ciencias del espíritu”, entre ellas laHistoria. Sin embargo, el reconocimiento del carácter científico de las disciplinasaplicadas a investigar una realidad específicamente humana, con todas lascaracterísticas sociales, culturales e históricas propias del hombre, tan sólo replanteólas viejas controversias bajo nuevos argumentos. Así, concedida la condición deciencia a la Historia, la tendencia positivista se infiltró en ella por medio delcuestionamiento de las bases mismas de su estudio: puesto que la mayoría de lasveces las fuentes y documentos históricos nos llegan más incompletos ytergiversados mientras más antiguos sean, entonces las conclusiones que se destilende su estudio serán más endebles, subjetivas y cuestionables.Tal ha sido la suerte que ha sufrido la historia del Cristianismo. Aceptada sinreservas durante diecisiete siglos, cuestionada, criticada y difamada durante el Siglode las Luces, la historia del Cristianismo entra, a partir del siglo XX, en una etapa decrítica más objetiva e imparcial; pero a pesar de los importantes avances en loscampos de la crítica textual, la paleografía, la arqueología, las religiones comparadas,etc., algunos especialistas de la llamada escuela crítica, que se han empeñado en3
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