Juan Manuel de Prada El Semanal 2004
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Juguetes bélicos............................................................................ 68
La satisfacción de la derrota
Desde que la televisión divulgara
las imágenes de un Sadam Husein greñudo y derrotado,convertido en un pelele dócil que se deja inspeccionar las encías y el cuero cabelludo, como sifuese una mula en una feria de ganado, me ha abrumado un sentimiento confuso ydesasosegante. Durante los días que se han sucedido a la detención del villano se ha insistidomucho en contraponer la imagen del dictador que se pavoneaba en palacios fastuosos y quegustaba de compararse fatuamente con Saladino, con la de aquel ser abyecto y andrajoso que lossoldados americanos habían logrado apresar, refugiado en su hura como una alimaña. Elcontraste, en efecto, nos recuerda aquellos apólogos medievales en los que un príncipedespertaba convertido en mendigo, por capricho de algún geniecillo maligno o justiciero; SadamHusein parecía un personaje rescatado de
Las Mil y Una Noches
, anonadado aún por el bruscotrastorno que la Fortuna ha introducido en su vida. La mansedumbre que mostró ante suscaptores, el pacífico desapego con que se dejó retratar y rapar las barbas han sido interpretadoscomúnmente como un rasgo de postración o cobardía suprema. Pero había algo en su gesto, unaespecie de exhausta imperturbabilidad que no encajaba con estas explicaciones demasiadoelementales. Por lo poco que ha trascendido de los interrogatorios posteriores, hemos sabido queHusein se comportó con una suerte de sereno hastío, sin oponer resistencia (ni siquieradialéctica), pero también sin renegar de sus crímenes. ¿Era sólo la cobardía lo que se agazapabadetrás de aquella expresión anestesiada, o había algo más? Una desazón difusa se apoderó demí desde que vi en televisión las imágenes del monstruo en cautiverio. Ahora, por fin, hedescubierto que detrás de aquella fachada de aparente cobardía se ocultaba una indescifrablesatisfacción.
La solución al enigma
me la ha proporcionado
Deutches Requiem
, un cuento de Borges, tanmemorable como casi todos los suyos, contenido en el volumen
El Aleph
. En
Deutches Requiem
se nos confían las razones (o sinrazones) de Otto Dietrich zur Linde, un nazi encargado de dirigirun campo de concentración que, poco antes de su ajusticiamiento, rememora los episodios másinfames de su vida. «La batalla y la gloria –escribe Borges, metido en el pellejo de su personaje–son
facilidades
; más ardua que la empresa de Napoleón fue la de Raskolnikov» (y aquí habría querecordar que Sadam Husein estaba leyendo las tribulaciones del personaje de Dostoievsky,cuando fue sorprendido en su madriguera). En la hora de su derrota, Dietrich zur Linde trata deexplicar «el misterioso y casi terrible sabor de la felicidad» que lo acomete, pocas horas antes deser fusilado. Ensaya diversas explicaciones: «Me satisface la derrota, porque secretamente me séculpable y sólo puede redimirme el castigo»; y también: «Me satisface la derrota, porque es un finy yo estoy muy cansado». Así hasta que entiende cuál es la razón de la tranquila dulzura que loanega, ante la proximidad de la muerte: aunque su inminente sacrificio no le permita disfrutar de lanueva época que el nazismo ha instaurado, el personaje borgiano se siente secretamente felizporque ha contribuido a enseñar al mundo «la violencia y la fe en la espada». Dietrich zur Lindesabe que ya no podrá disfrutar de esa época implacable que ha contribuido a forjar, pero lacerteza de haber participado en su advenimiento lo llena de orgullo. Creo que el verdugo SadamHusein, en la hora de su prendimiento, sintió un alivio similar: quizá pague con su vida susincontables crueldades, pero sabe que deja detrás de sí un legado de violencia que lo sobrevivirá.Y, como el personaje borgiano que se contempla ante el espejo antes de enfrentarse con elpelotón de fusilamiento, Sadam Husein mira a la cámara y piensa con secreta satisfacción: «Micarne puede tener miedo; yo, no».El Semanal: 4 Enero 2004
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