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Cien Años de Modernismo/Genealogia del concilio VaticanoII.-PADRE DOMINIQUE BOURMAUD-

Cien Años de Modernismo/Genealogia del concilio VaticanoII.-PADRE DOMINIQUE BOURMAUD-

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03/31/2013

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Padre Dominique Bourmaud
Cien Años de Modernismo
Genealogía del concilio Vaticano II
Traducción de Luz Freire
 
2
Introducción
El modernismo tiene cien años. De hecho, el
Larousse
describe esa herejía como la crisisreligiosa que marcó el pontificado de san Pío X (1903-1914). El diccionario señala lo queestaba en juego en esa crisis al precisar que pretendía acomodar la doctrina de la Iglesia alas nuevas ideas, en especial a la filosofía y a la crítica bíblica moderna. En suma, se tratabade un conflicto generacional en el seno de la Iglesia eterna, que se resolvió poniendo unfreno drástico al afán de novedades. Y es que las innovaciones siempre le parecieronsospechosas a la Iglesia fiel a los Apóstoles. Vista desde la perspectiva de dos mil años decristiandad, esta herejía parece ocupar un lugar poco importante entre las crisis padecidastantas veces por la vieja
Roca
. Por lo demás, desde san Pío X el asunto quedó zanjado.Entonces, ¿para qué traer a colación un caso ya cerrado? ¿Por qué volver a tocar un temapasado de moda, que sólo puede interesar a un estudioso de la historia de la Iglesia?Sin embargo, el modernismo está lejos de ser un hecho superado, muerto y sepultado.Ese mismo movimiento, camuflado para las necesidades de la causa, es el que ha vuelto asalir a la superficie
en
la Iglesia y parece triunfar hoy
sobre
la Iglesia. El único propósito denuestro libro es formular una tesis sobre la identidad de dicho movimiento. En la presenteintroducción sólo queremos poner en evidencia el fundamento y la necesidad de semejanteinvestigación. Y es que hay un problema por resolver: la súbita aparición de otra Iglesia, odicho de otro modo, la crisis que la Iglesia católica siente respecto de sí misma. Si a partir deeste momento el lector admite que la Iglesia contemporánea está pasando por un estado decrisis excepcional, deseará seguirnos en nuestra investigación, consciente de que la muerte ola supervivencia de la Iglesia dependen de su resultado.Esta crisis acometió a la Iglesia sobre todo en los años sesenta y setenta. La Iglesiapretendía renovarse y llevar a cabo un
aggiornamento
. Todos, y en especial el Papa Pablo VI, esperaban una primavera con una aurora radiante de juventud. El resultado del cambiofue una amarga decepción. La duda, la autocrítica y la inestabilidad se establecieron entodas partes, conduciendo a la autodemolición. Durante esos años cruciales, las naciones serebelaron como nunca antes contra el Decálogo y contra Jesucristo. Las vocacionesdisminuyeron peligrosamente, y los fieles abandonaron las iglesias para afiliarse a lassectas más extrañas o a la religión del propio gusto. Los sacerdotes y los religiosos de ambossexos colgaron los hábitos con una frecuencia inusitada. Los obispos, custodios de la fe y delos tesoros de la Iglesia, en vez del Evangelio del Crucificado, predicaban una doctrinaedulcorada sobre el amor fraterno, un discurso social insulso, y planteaban propuestas dediálogo con los protestantes. Roma parecía reducida a la impotencia, incapaz de reaccionarcon rigor o de esclarecer a los descarriados.«La Iglesia ha tenido crisis similares en tiempos pasados; ya pasarán, como ocurrió conlas anteriores», se decía. De hecho, los medios de comunicación dejaron de hablar de la crisisreligiosa, en especial desde el advenimiento de Juan Pablo II, el Papa del Este. Se nos dijoque la Iglesia había recuperado sus bríos, que estaba más viva que nunca y que lasvocaciones irían en aumento. Es verdad que ya no se ven las defecciones de épocasanteriores, y que los obispos más vehementes se han calmado, de modo que cruzamos elumbral del tercer milenio con cierto optimismo.
 
3
No obstante, se trata de un optimismo exagerado, difundido por los medios decomunicación, que no puede ocultar el estado de miseria actual, porque los indicios de fuerzaespiritual en la Iglesia son muy débiles. ¿De qué vida religiosa hablan los periodistas, sinode los movimientos carismáticos y de las Jornadas mundiales de la juventud, simples calcosde las aberraciones pentecostales protestantes? Son fuegos de paja, fundados en elsentimiento, es decir, en nada. ¿De qué magníficas vocaciones nos habla Juan Pablo II, sinode las de los países del Este, y quizá de las del Tercer Mundo, fuertes aún espiritualmentepor su lucha contra el materialismo ateo, pero a punto de hundirse en el libertinaje de la«cultura» occidental? En realidad, las vocaciones de los países de tradición cristiana sereducen a pasos agigantados. Es cierto que ya no se suelen ver los escándalos que antesplagaban las páginas de los diarios, pero ¿no será porque las almas consagradas handisminuido y sobre todo envejecido? La apariencia de estabilidad y de seguridad de laIglesia de Roma se parece a la belleza artificial de una fachada vieja y agrietada a la que seacaba de dar una mano de pintura. No hay que contentarse con palabras, cuando la fe hamuerto en casi todos lados y nada predice su resurgimiento en ninguna parte. No, la crisisde los setenta no ha terminado. No es la Iglesia la que se mantiene en pie, es la crisis. Ellaes la que sobrevive, mientras que la Iglesia se muere.La crisis existió, y perdura en nuestros días. Suponemos que el lector admite esto comoalgo cierto. Tendremos ocasión de presentar pruebas tangibles de ello en la última parte denuestra obra, cuando hablemos del
triunfo del modernismo
, pero desde ahora debemosanalizar su profundidad. Y es que esta tempestad, la más reciente de todas, no se parece alas demás crisis. Es universal, porque la palabra clave,
aggiornamento
—puesta al día—,salió de la misma Roma, del corazón de la cristiandad. Todos, desde los obispos hasta losfieles, pasando por los clérigos y religiosos, se pusieron al día. Las congregaciones tuvieronque revisar sus constituciones más venerables. Las organizaciones de seglares se vieronreestructuradas y a menudo desnaturalizadas. Todo fue renovado sin excepción, perosiempre con miras a la facilidad y a la democracia: ¡Prohibido prohibir! ¡Libertad en todo ypara todos! Se puso fin a la autoridad, a los deberes y a los mandamientos. ¿Se trata de unareforma o de una deformación? La relajación de las elites, ¿no es acaso el síntoma másevidente de la decadencia de una sociedad?Esta tempestad fue tan repentina como universal. ¿De nde salió? Aparecexactamente entre los años sesenta y setenta. Y para ser universal, la enfermedad tuvo queproceder de Roma. Además, para producir semejante conmocn, hizo falta unacontecimiento extraordinario. Todos estos indicios señalan al concilio Vaticano II como elepicentro de aquel mar de fondo que sumergió a la Iglesia. Teólogos, cardenales y Papasconfirman esta hipótesis al designar al Concilio como una Revolución de Octubre, una nuevaRevolución Francesa dentro de la Iglesia, y al definir el período posconciliar como laautodemolición de la Iglesia. Según sus propios testimonios, Roma hizo tabla rasa delpasado para correr a ciegas tras el brillante futuro que prometían los profetas del nuevo
El Dorado
. El concilio Vaticano II se convirtió en el año cero de la Iglesia «neocatólica». Dehecho, los Papas siguientes apenas citan textos anteriores al Concilio, y basan todas susenseñanzas y reformas en la nueva doctrina del Vaticano II. Ahora bien, el Vaticano II,principal instrumento del
aggiornamento
y causa de la crisis, aparece como un conciliorevolucionario bajo muchos aspectos, como se verá en un capítulo dedicado especialmente altema. Que haya habido concilios innovadores no es algo nuevo. La Iglesia ha pasado por el«latrocinio de Éfeso» y el «conciliábulo de Pistoya». Pero la Iglesia universal repudió siempre

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