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La Hierba Roja

La Hierba Roja

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01/28/2013

 
 
LA HIERBA ROJA
Titulo original: L'HERBE ROUGETraducción: Jordi Martí 
digitalizado por srp
BORIS VIANNació en Ville d'Avray en 1920 y es uno de los raros autores que ha dejado tras sí, a po-cos años de su muerte, toda una leyenda. Estaba dotado de una personalidad polifacética y rica,ávida, vital y artística. Ingeniero, músico, cantante, actor, periodista, inventor, pintor y una largalista de profesiones dan buena prueba de ello. Su actividad como chansonnier y critico de jazz, junto con su producción literaria, le han elevado a símbolo de la vida bohemia del Saint-Germain-des-Prés del período de la posguerra. Calificado como «escritor-orquesta», inició su carrera denovelista con la obra
Escupiré sobre vuestra tumba 
(1946). Le siguieron
Vercoquin y el plancton 
 (1946),
El otoño en Pekín 
(1947),
La espuma de los días 
(1947) y
El Arrancacorazones 
(1953). En-tre sus piezas teatrales cabe citar
Los fundadores del Imperio 
, escrita en 1959, año en que BorisVian falleció en París.
La hierba roja 
, publicada en 1950, es la más autobiográfica de sus novelas.En ella el autor francés sale a la caza de sus propios fantasmas, rebasando todas las fronteras dela realidad y del sueño para poner su fuerza poética al servicio de un tema y un mundo inexplora-dos.
 
CAPÍTULO PRIMERO
El viento, tibio y adormecido, empujaba una brazada de hojas contra la ventana. Wolf, fascinado,contemplaba el pequeño rincón de luz que el retroceso de la rama descubría periódicamente. Depronto se estremeció, sin motivó, apoyó las manos en el borde de su mesa y se levantó. Al pasar,hizo crujir la tabla del parquet que siempre crujía, y, para compensar, cerró la puerta silenciosa-mente. Bajó por la escalera, y, cuando se encontró afuera, sus pies se posaron en el camino enla-drillado, bordeado de ortigas bífidas, que llevaba al Cuadrado a través de la hierba roja de la re-gión.A cien pasos, la estructura gris de la máquina desollaba el cielo y lo cercaba de triángulosinhumanos. El mono de Saphir Lazuli, el mecánico, se agitaba como un gran abejorro parduzcocerca del motor. Saphir estaba dentro del mono. Wolf le llamó desde lejos y el abejorro se incor-poró y resopló.Alcanzó a Wolf a diez metros del aparato, y terminaron juntos el camino.-¿Viene a probarlo? -preguntó.-Me parece que ya va siendo hora -dijo Wolf.Miró el aparato. La cabina estaba levantada, y entre los cuatro sólidos pies se abría unprofundo pozo. Contenía, dispuestos en buen orden, los elementos destructores que se irían ajus-tando automáticamente uno tras otro, a medida que se fueran desgastando.-Con tal de que no tengamos averías -dijo Wolf-.Después de todo, también puede ser que no resista. Está calculado con poco margen.-Si tenemos una sola avería con una máquina como ésa -gruñó Saphir-, aprendo brenuyú yno hablo otra cosa en toda mi vida.-Y o también aprenderé -dijo Wolf-. Bien tienes que hablar con alguien, ¿no? '-Déjese de historias -dijo Lazuli, excitado-. El brenuyú no nos corre ninguna prisa. ¿Loponemos en marcha? ¿Vamos a buscar a su mujer y a mi Folavril? Esto tienen que verlo.-Sí, tienen que verlo -repitió Wolf sin demasiada convicción.-Cojo la vespa -dijo Saphir-. Estoy de vuelta dentro de tres minutos.Se montó en el pequeño scooter, que partió gruñendo y traqueteando por el camino enla-drillado. Wolf se quedó solo en el centro del Cuadrado. Los altos muros de piedra se erguían ne-tos y precisos a varios centenares de metros.Wolf esperaba, de pie ante la máquina, en medio de la hierba roja; Hacía varios días quelos curiosos habían dejado de venir; se reservaban para la inauguración oficial, y mientras tantopreferían ir al Eldorami a ver a los boxeadores locos y al exhibidor de ratas envenenadas.El cielo, bastante bajo, relucía sin ruido. Por el momento, subiéndose a una silla se podíatocar con la mano; pero bastaba una ráfaga de aire, un cambio de viento, para que se retrajera yse elevara hasta el infinito...Se acercó al cuadro de mandos, y sus manos laminadas comprobaron su solidez. Tenía, co-mo siempre, la cabeza ligeramente inclinada, y su perfil duro se recortaba sobre la chapa, menosresistente, de la caja de control. El viento le ajustaba al cuerpo su camisa blanca y su pantalónazul.De pie, un poco aturdido, esperaba el regreso de Saphir. Así, simplemente, empezó todo.Era un día normal y corriente; sólo un observador avezado habría podido reparar en los hilos do-rados que agrietaban el azul del cielo, encima mismo de la máquina. Pero los ojos pensativos deWolf soñaban por entre la hierba roja. De vez en cuando se oía el eco fugitivo de un coche tras elmuro oeste del Cuadrado, que bordeaba la carretera. Los sonidos llegaban lejos, porque era día dedescanso y la gente se aburría en silencio.Entonces se oyó jadear el motor de la vespa por el camino enladrillado; pasaron algunossegundos y Wolf, sin volverse, percibió a su lado el rubio perfume de su mujer. Levantó la mano y

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ddubitadore added this note
Ya no hay manera de bajar nada de este sitio
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