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Benedicto XVI Catequesis Sobre La Oracion

Benedicto XVI Catequesis Sobre La Oracion

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03/07/2013

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BENEDICTO XVI: CATEQUESIS SOBRE LA ORACIÓN
1. ES NECESARIO APRENDER A REZAR (4-5-11)
Hoy quisiera iniciar una nueva serie de catequesis. Tras lascatequesis sobre los Padres de la Iglesia, sobre los grandesteólogos de la Edad Media, sobre las grandes mujeres, quisieraelegir ahora un tema muy importante para todos nosotros: es eltema de la oración, de manera específica la cristiana, es decir,la oración que nos enseñó Jesús y que sigue enseñándonos laIglesia. Es en Jesús, de hecho, donde el hombre se capacita para acercarse a Dios, con la profundidad y la intimidad de larelación de paternidad y de filiación. Junto a los primerosdiscípulos, con humilde confianza nos dirigimos ahora alMaestro y Le pedimos: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).En las próximas catequesis, acerndonos a la SagradaEscritura, a la gran tradición de los Padres de la Iglesia, a losMaestros de espiritualidad, a la Liturgia, queremos aprender avivir aún más intensamente nuestra relación con el Señor, casiuna “Escuela de Oración”. Sabemos bien que, de hecho, laoración no se da por descontado: es necesario aprender a rezar,casi adquiriendo de nuevo este arte; incluso los que están muyavanzados en la vida espiritual sienten siempre la necesidad deentrar en la escuela de Jes para aprender a rezar conautenticidad. Recibimos la primera lección del Señor a travésde Su ejemplo. Los Evangelios nos describen a Jes endiálogo íntimo y constante con el Padre: es una comunión profunda de aquel que ha venido al mundo, no para hacer suvoluntad, sino la del Padre que lo ha enviado para la salvacióndel hombre.En esta primera catequesis, como introduccn, quera proponer algunos ejemplos de oración presentes en las culturasantiguas, para revelar como, prácticamente siempre y en todas partes se han dirigido a Dios.En el antiguo Egipto, por ejemplo, un hombre ciego, pidiendo ala divinidad que se le restituyese la vista, demuestra algouniversalmente humano, como la pura y simple oración de petición de quien se encuentra en el sufrimiento. Este hombrereza: “Mi corazón desea verte... Tú que me has hecho ver lastinieblas, crea la luz para mí. ¡Que yo te vea! Inclina hacia mítu rostro amado” (…) (A. Barucq – F. Daumas,
 Hymnes et  prières de l’Egypte ancienne
, Paris 1980, trad. it. en
 Preghieredell’umanità
, Brescia 1993, p. 30).En las religiones de Mesopotamia dominaba un sentido deculpa arcano y paralizador, no falto de la esperanza de laredención y liberación por parte de Dios. Podemos apreciar así,esta súplica de parte de un creyente de aquellos antiguos cultos:“Oh Dios que eres indulgente incluso con las culpas másgraves, absuelve mi pecado... Mira Señor a tu siervo agotado, ysopla tu brisa sobre él: sin demora perdónale. Levanta tu severocastigo. Disueltos estos lazos, permite que yo vuelva a respirar;rompe mis cadenas, lirame de mis ataduras(M.-J.Seux,
 Hymnes et prières aux Dieux de Babylone et d’Assyrie
,Paris 1976, trad. it. in
 Preghiere dell’umanità
, op. cit., p. 37).Son expresiones que demuestran como el hombre, en su búsqueda de Dios, ha intuido, aunque confusamente, su culpa por una parte y también aspectos de misericordia y de bondaddivinas. Dentro de la religión pagana de la Antigua Grecia, seasiste a una evolución muy significativa: las oraciones, aunquecontinúan invocando la ayuda divina para obtener el favor celestial en todas las circunstancias de la vida cotidiana y paraconseguir beneficios materiales, se dirigen progresivamente a peticiones más desinteresadas, que consienten al hombrecreyente, profundizar en su relación con Dios y mejorar. Por ejemplo, el gran filósofo Platón relata una oración de sumaestro crates, considerado justamente uno de losfundadores del pensamiento occidental. Oraba así Sócrates:“Haced que yo sea hermoso por dentro. Que yo considere ricoa quien es sabio, y que posea de dinero sólo cuanto puedatomar y llevar el sabio. No pido más” (Obras I.
 Fedro
279c,trad. it. P. Pucci, Bari 1966). Querría ser sobre todo hermoso por dentro y sabio, no rico en dinero.En aquellas obras maestras de la literatura de todos los tiemposque son las tragedias griegas, todaa hoy, desps deveinticinco siglos, leídas, meditadas y representadas, contieneoraciones que expresan el deseo de conocer a Dios y de adorar su majestad. Una de estas recita así: “Sostén de la tierra, quesobre la tierra tienes tu sede, seas quien seas, es difícil saberlo,Zeus, sea tu ley por naturaleza o por pensamiento de losmortales, a ti me dirijo: ya que tu, procediendo por caminossilenciosos, guías las vicisitudes humanas según justicia"(Eurípides,
Troiane
, 884-886, trad. it. G. Mancini,en
 Preghiere dell’umanità
,
op. Cit.,
 p. 54). Dios siguen siendoun poco nebuloso y sin embargo el hombre conoce a este Diosdesconocido y reza a aquel que guía los caminos de la tierra.También los romanos, que constituyeron aquel gran imperio enel que nació y se difundió, en gran parte, el Cristianismo de losorígenes, la oración, aunque se asociaba a una concepciónutilitaria y fundamentalmente ligada a la peticn de la protección divina sobre la comunidad civil, se abre a veces, ainvocaciones admirables por el fervor de la piedad personal,que se transforma en alabanza y agradecimiento. De esto estestigo un autor de la África romana del siglo II después deCristo, Apuleyo. En sus escritos manifiesta la insatisfacción desus contemporáneos hacia la religión tradicional y el deseo deuna relación más auténtica con Dios. En su obra maestra,titulada
 Las metamorfosis
, un creyente se dirige a unadivinidad femenina con estas palabras: "Tu sí que eres santa, tueres en todo tiempo salvadora de la especie humana, tu, en tugenerosidad, ofrecer siempre auxilio a los mortales, tu ofrecesa los miserables en aprietos el dulce afecto que puede tener unamadre. Ni día ni noche ni momento alguno, por breve que sea, pasa sin que lo colmes de tus beneficios" (Apuleyo deMadaura,
 Metamorfosis
IX, 25, trad. it. C. Annaratone,en
 Preghiere dell’umanità
,
op. cit.,
 p. 79).En el mismo periodo, el emperador Marco Aurelio -quetambién era un filósofo que pensaba en la condición humana-afirma la necesidad de rezar para establecer una cooperaciónfructífera entre acción divina y acción humana. Escribe en susRecuerdos: “¿Quién te ha dicho que los dioses no nos ayudentambién en lo que depende de nosotros? Comienza a rezarles yverás” (
 Dictionnaire de Spiritualitè
XII/2, col. 2213). Esteconsejo del emperador filósofo fue, efectivamente, puesto en práctica por innumerables generaciones de hombres antes deCristo, demostrando que la vida humana sin la oración, queabre nuestra existencia al misterio de Dios, se queda sin sentido
 
y privada de referencias. En toda oración, de hecho, se expresasiempre la verdad de la criatura humana, que experimenta por una parte debilidad e indigencia, y por esto, pide ayuda alCielo, y por la otra está dotada de una dignidad extraordinaria, porque se prepara a acoger la Revelación divina, se descubrecapaz de entrar en comunión con Dios.Queridos amigos, en estos ejemplos de oración de las distintasépocas y civilizaciones, surge la conciencia del ser humano desu condición de criatura y de su dependencia de Otro, que essuperior a él y fuente de todo bien. El hombre de todos lostiempos reza porque no puede hacer otra cosa que preguntarsecual es el sentido de su existencia, que permanece oscuro ydescorazonador, si no se pone en relación con el misterio deDios y de su diseño sobre el mundo. La vida humana es unamezcla del bien y del mal, de sufrimiento inmerecido y de laalegría y belleza, que espontánea e irresistiblemente nosempuja a pedir a Dios la luz y la fuerza interior que nos socorraen la tierra y se abra a una esperanza que va más allá de losconfines de la muerte. Las religiones paganas siguen siendouna invocación que desde la tierra espera una palabra del Cielo.Uno de los últimso grandes filósofos paganos, que vivió ya en plena época cristiana, Proclo de Costantinopla, da voz a estaespera, diciendo: “Incognoscible, nadie te contiene. Todo loque pensamos te pertenece. Son tuyos nuestros males ynuestros bienes, de ti cada hálito nuestro depende, oh Inefable,que nuestras almas sienten presente, elevándote un himno desilencio" (
 Hymni
, ed. E. Vogt, Wiesbaden 1957, en
 Preghieredell’umanità
,
op. cit.,
 p. 61).En los ejemplos de oración de las distintas culturas, que hemosconsiderado, podemos ver un testimonio de la dimensiónreligiosa y del deseo de Dios inscrito en el corazón de todohombre, que se realiza completamente y llega a su plenaexpresión en el Antiguo y Nuevo Testamento. La Revelación,de hecho, purifica y lleva a su plenitud el original anhelo delhombre de Dios, ofreciéndole, en la oración, la posibilidad deuna relación más profunda con el Padre celeste.En el inicio de nuestro camino en la Escuela de Oración,queremos ahora pedir al Señor que ilumine nuestra mente ynuestro corazón, para que la relación con Él en la oración seasiempre más intensa, con un afecto constante. Y de nuevo Ledecimos: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1). ¡Gracias!
2. ORACIÓN Y SENTIDO RELIGIOSO (11-5-11)
Hoy quisiera continuar reflexionando sobre cómo la oración yel sentido religioso forman parte del hombre a lo largo de todasu historia.Vivimos en una época en la que son evidentes los signos delsecularismo. Parece que Dios haya desaparecido del horizontede muchas personas o que se haya convertido en una realidadante la cual se permanece indiferente. Vemos, sin embargo, almismo tiempo, muchos signos que nos indican un despertar delsentido religioso, un redescubrimiento de la importancia deDios para la vida del hombre, una exigencia de espiritualidad,de superar una visión puramente horizontal, material, de la vidahumana. Analizando la historia reciente, ha fracasado la previsión de quien, en la época de la Ilustración, anunciaba ladesaparición de las religiones y exaltaba la razón absoluta,separada de la fe, una razón que habría ahuyentado las tinieblasde los dogmas religiosos y que habría disuelto “el mundo de losagrado”, restituyendo al hombre su libertad, su dignidad y suautonomía de Dios. La experiencia del siglo pasado, con lasdos trágicas Guerras Mundiales pusieron en crisis aquel progreso que la razón autónoma, el hombre sin Dios, parecía poder garantizar.El
Catecismo de la Iglesia Católica
afirma: “Por la creaciónDios llama a todo ser desde la nada a la existencia... Inclusodespués de haber perdido, por su pecado, su semejanza conDios, el hombre sigue siendo imagen de su Creador. Conservael deseo de Aquel que le llama a la existencia. Todas lasreligiones dan testimonio de esta búsqueda esencial de loshombres” (nº 2566). Podríamos decir – como mostré en lacatequesis anterior – que no ha habido ninguna grancivilización, desde los tiempos más antiguos hasta nuestrosdías, que no haya sido religiosa.El hombre es religioso por naturaleza, es
homo religiosus
comoes
homo sapiens
y
homo faber 
: “el deseo de Dios – afirmatambién el
Catecismo
 – está inscrito en el corazón del hombre, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios” (nº27).La imagen del Creador está impresa en su ser y siente lanecesidad de encontrar una luz para dar respuesta a las preguntas que tienen que ver con el sentido profundo de larealidad; respuesta que no puede encontrar en sí mismo, en el progreso, en la ciencia empírica. El
homo religiosus
no emergesólo del mundo antiguo, sino que atraviesa toda la historia de lahumanidad. Para este fin, el rico terreno de la experienciahumana ha visto surgir diversas formas de religiosidad, en eltentativo de responder al deseo de plenitud y de felicidad, a lanecesidad de salvación, a la búsqueda de sentido. El hombre“digital” así como el de las cavernas, busca en la experienciareligiosa las vías para superar su finitud y para segurar su precaria aventura terrena. Por lo demás, la vida sin unhorizonte trascendente no tendría una sentido completo, y lafelicidad a la que tendemos, se proyecta hacia un futuro, haciaun mañana que se tiene que cumplir todavía. El ConcilioVaticano II, en la Declaración
Nostra aetate
, lo subrayósintéticamente. Dice: “Los hombres esperan de las diversasreligiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condiciónhumana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente sucorazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin denuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, elcamino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente,aquel último e inefable misterio que envuelve nuestraexistencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?”(nº1). El hombre sabe que no puede responder por sí mismo asu propia necesidad fundamental de entender. Aunque sea ilusoy crea todavía que es autosuficiente, tiene la experiencia de queno se basta a sí mismo. Necesita abrirse al otro, a algo o aalguien, que pueda darle lo que le falta, debe salir de sí mismohacia Él que puede colmar la amplitud y la profundidad de sudeseo.El hombre lleva dentro de si una sed del infinito, una nostalgiade la eternidad, una búsqueda de la belleza, un deseo de amor,una necesidad de luz y de verdad, que lo empujan hacia elAbsoluto; el hombre lleva dentro el deseo de Dios. Y elhombre sabe, de algún modo, que puede dirigirse a Dios, que puede rezarle. Santo Tomás de Aquino, uno de los más grandesteólogos de la historia, define la oración como la “expresióndel deseo que el hombre tiene de Dios”. Esta atracción haciaDios, que Dios mismo ha puesto en el hombre, es el alma de la
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oración, que se reviste de muchas formas y modalidades segúnla historia, el tiempo, el momento, la gracia y finalmente el pecado de cada uno de los que rezan. La historia del hombre haconocido, en efecto, variadas formas de oración, porque él hadesarrollado diversas modalidades de apertura hacia lo Alto yhacia el Más Allá, tanto que podemos reconocer la oracióncomo una experiencia presente en toda religión y cultura.De hecho, queridos hermanos y hermanas, como vimos el pasado miércoles, la oración no está vinculada a un contexto particular, sino que se encuentra inscrita en el corazón de toda persona y de toda civilización. Naturalmente, cuando hablamosde la oración como experiencia del hombre en cuanto a tal, del
homo orans
, es necesario tener presente que esta es una actitudinterior, antes que una serie de prácticas y fórmulas, un modode estar frente a Dios, antes que de realizar actos de culto o pronunciar palabras. La oración tiene su centro y fundamentasus raíces en lo más profundo de la persona; por esto no esfácilmente descifrable y, por el mismo motivo, puede estar sujeta a malentendidos y mistificaciones. También en estesentido podemos entender la expresión: rezar es difícil. Dehecho, la oración es el lugar por excelencia de la gratuidad, dela tensión hacia lo Invisible, lo Inesperado y lo Inefable. Por esto, la experiencia de la oración es un desafío para todos, una“gracia” que invocar, un don de Aquel al que nos dirigimos.En la oración, en todas las épocas de la historia, el hombre seconsidera a sí mismo y a su situación frente a Dios, a partir deDios y respecto a Dios, y experimenta ser criatura necesitadade ayuda, incapaz de procurarse por sí mismo el cumplimientod ella propia existencia y de la propia esperanza. El filósofoLudwig Wittgenstein recordaba que “rezar significa sentir queel sentido del mundo está fuera del mundo”. En la dinámica deesta relación con quien da el sentido a la existencia, con Dios,la oración tiene una de sus típicas expresiones en el gesto de ponerse de rodillas. Es un gesto que lleva en sí mismo unaradical ambivalencia: de hecho, puedo ser obligado a ponermede rodillas -condición de indigencia y de esclavitud- o puedoarrodillarme espontáneamente, confesando mi límite y, por tanto, mi necesidad de Otro. A él le confieso que soy débil,necesitado, “pecador”. En la experiencia de la oración, lacriatura humana expresa toda su conciencia de sí misma, todolo que consigue captar de su existencia y, a la vez, se dirige,toda ella, al Ser frente al cual está, orienta su alma a aquelMisterio del que espera el cumplimiento de sus deseos más profundos y la ayuda para superar la indigencia de la propiavida. En este mirar a Otro, en este dirigirse “más allá” está laesencia de la oración, como experiencia de una realidad quesupera lo sensible y lo contingente.Sin embargo, sólo en el Dios que se revela encuentra su plenarealización la búsqueda del hombre. La oración que es laapertura y elevación del corazón a Dios, se convierte en unarelación personal con Él. Y aunque el hombre se olvide de suCreador, el Dios vivo y verdadero no deja de llamar al hombreal misterioso encuentro de la oración. Como afirma el
Catecismo
: “Esta iniciativa de amor del Dios fiel es siempre lo primero en la oración, la actitud del hombre es siempre unarespuesta. A medida que Dios se revela, y revela al hombre a símismo, la oración aparece como un llamamiento recíproco, unhondo acontecimiento de Alianza. A través de palabras y deactos, tiene lugar un trance que compromete el corazónhumano. Este se revela a través de toda la historia de lasalvación” (nº2567).Queridos hermanos y hermanas, aprendamos a estar mástiempo delante de Dios, al Dios que se ha revelado enJesucristo, aprendamos a reconocer en el silencio, en laintimidad de nosotros mismos, su voz que nos llama y nosreconduce a la profundidad de nuestra existencia, a la fuente dela vida, al manantial de la salvación, para hacernos ir más alláde los límites de nuestra vida y abrirnos a la medida de Dios, ala relación con Él que es Infinito Amor. ¡Gracias!
3. LA ORACIÓN SEGÚN EL PATRIARCA ABRAHAM (18-5-11)
En las dos últimas catequesis hemos reflexionado sobre laoración como fenómeno universal, que -incluso de distintasformas- está presente en las culturas de todas las épocas. Hoy,sin embargo, querría comenzar un recorrido bíblico sobre estetema, que nos conducirá a profundizar en el diálogo de alianzaentre Dios y el hombre, que anima la historia de salvación,hasta su culmen, la palabra definitiva que es Jesucristo. Estecamino nos hará detenernos en algunos textos importantes yfiguras paradigmáticas del Antiguo y Nuevo Testamento. SeráAbraham, el gran Patriarca, padre de todos los creyentes(cfr 
 Rm
4,11-12.16-17), el que nos ofrece el primer ejemplo deoración, en el episodio de intercesión por la ciudad de Sodomay Gomorra. Y quisiera invitaros a aprovechar el recorrido queharemos en las próximas catequesis para aprender a conocer mejor la Biblia, que espero que tengáis en vuestras casas, y,durante la semana, deteneros a leerla y meditarla en la oración, para conocer la maravillosa historia de la relación entre Dios yel hombre, entre el Dios que se comunica con nosotros y elhombre que responde, que reza.El primer texto sobre el que vamos a reflexionar, se encuentraen el capítulo 18 del Libro del Génesis; se cuenta que lamaldad de los habitantes de Sodoma y Gomorra estaballegando a su cima, tanto que era necesaria una intervención deDios para realizar un gran acto de justicia y frenar el maldestruyendo aquellas ciudades. Aquí interviene Abraham consu oración de intercesión. Dios decide revelarle lo que le va asuceder y le hace conocer la gravedad del mal y sus terriblesconsecuencias, porque Abraham es su elegido, elegido paraconstruir un gran pueblo y hacer que todo el mundo alcance la bendición divina. La suya es una misión de salvación, que deberesponder al pecado que ha invadido la realidad del hombre; através de él, el Señor quiere llevar a la humanidad a la fe, a laobediencia, a la justicia. Y entonces, este amigo de Dios seabre a la realidad y a las necesidades del mundo, reza por losque están a punto de ser castigados y pide que sean salvados.Abraham afronta enseguida el problema en toda su gravedad, ydice al Señor: “Entonces Abraham se le acercó y le dijo: «¿Asíque vas a exterminar al justo junto con el culpable? Tal vezhaya en la ciudad cincuenta justos. ¿Y tú vas a arrasar eselugar, en vez de perdonarlo por amor a los cincuenta justos quehay en él? ¡Lejos de ti hacer semejante cosa! ¡Matar al justo juntamente con el culpable, haciendo que los dos corran lamisma suerte! ¡Lejos de ti! ¿Acaso el Juez de toda la tierra nova a hacer justicia?” (vv. 23-25). Con estas palabras, con granvalentía, Abraham plantea a Dios la necesidad de evitar la justicia sumaria: si la ciudad es culpable, es justo condenar elcrimen e infligir la pena, pero -afirma el gran Patriarca- seríainjusto castigar de modo indiscriminado a todos los habitantes.Si en la ciudad hay inocentes, estos no pueden ser tratados
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