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Bento XVI - Deus e o Mundo

Bento XVI - Deus e o Mundo

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Entrevista com Peter Seewald. Neste livro o Santo Padre da respostas de forma simples às profundas questões que impedem o homem de hoje crer e conforta àquele cuja fé ainda tem pontos obscuros.

Entrevista com Peter Seewald. Neste livro o Santo Padre da respostas de forma simples às profundas questões que impedem o homem de hoje crer e conforta àquele cuja fé ainda tem pontos obscuros.

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DIOS Y EL MUNDO
Joseph Ratzinger 
Una conversación con Peter SeewaldPREFACIOEn 1996, Peter Seewald me propuso conversar sobre las cuestiones que elhombre actual plantea a la Iglesia y que a menudo le cierran el acceso a la fe.De ahí surgió el libro Salz der Erde (Sal de la tierra), que para muchos seconvirtió en una contribución a la orientación que aceptaron conagradecimiento.El enorme eco, asombrosamente positivo, que despertó el libro animó al señor Seewald a proponer una segunda ronda de conversaciones en la que seesclarecerían las cuestiones internas de la propia fe, que a muchos cristianosles parece una selva tan impenetrable que apenas son capaces de orientarseen ella; muchos aspectos de la misma, algunos importantes, resultandifícilmente comprensibles y aceptables para el pensamiento actual. A este proyecto se oponía en principio mi sobrecarga profesional. En el escasotiempo libre del que dispongo deseaba escribir, por fin, el libro sobre el espíritude la liturgia que tenía proyectado desde comienzos de los años ochenta, peroque nunca había podido trasladar al papel. A lo largo de tres vacaciones deverano surgió finalmente la obra, que se publicó a comienzos de este año. Elcamino a la segunda conversación con Seewald quedaba por fin despejado, yél propuso celebrarla en una sede preñada de simbolismo: la casa matriz de laorden benedictina, la abadía de Montecassino. Allí, fortalecidos por la hospitalidad benedictina, sostuvimos del 7 al 11 defebrero de este año nuestro último diálogo, que el señor Seewald habíapreparado con sumo cuidado. Yo tuve que confiar en la inspiración delmomento. La tranquilidad del monasterio, la amabilidad de los monjes y delabad, el ambiente de oración y la celebración respetuosa de la liturgia nosayudaron mucho; la suerte quiso que también pudiéramos celebrar allí, con labrillantez debida, la fiesta de la hermana de san Benito, santa Escolástica. Ambos autores, que tomaron ese lugar venerable como un lugar de inspiración,expresan su cordial agradecimiento a los monjes de Montecassino.Huelga decir que cada uno de los dos autores habla por sí mismo y ofrece supropia aportación. Al igual que en Sal de la tierra, también esta obra -me
 
parece- ha propiciado, precisamente por los diferentes orígenes y formas depensar, un auténtico diálogo, en el que el carácter directo de preguntas yrespuestas se revela fructífero. El señor Seewald, que grabó mis respuestas encinta magnetofónica, se encargó de trasladarlas al papel y de realizar lascorrecciones estilísticas necesarias. Yo mismo las leí con ojos críticos y,cuando lo juzgué necesario, las pulí lingüísticamente o incluí con cuidado algúnque otro añadido, aunque dejando en conjunto la palabra hablada tal comohabía surgido en su momento. Espero que este segundo libro deconversaciones encuentre una acogida de amabilidad similar a Sal de la tierra,y ayude a muchas personas a comprender la fe cristiana.Roma, 22 de agosto de 2000PRÓLOGOpor Peter SeewaldMontecassino en primavera. El sinuoso camino que conducía al monasterio deSan Benito era angosto y empinado, y cuanto más subíamos, más fresco setornaba el aire. Nadie decía una palabra, ni siquiera Alfredo, el chófer delcardenal. No sé, habíamos dejado atrás definitivamente el invierno, pero encierto modo teníamos miedo de las frías noches que aún nos esperaban.Cuando publiqué junto con el cardenal Ratzinger el libro de entrevistas Sal dela tierra, muchos lo consideraron una oportunidad para adentrarse en unatemática hasta entonces inaccesible. Aunque el nombre de Dios se usa conmás frecuencia que nunca, en el fondo nadie sabe ya de qué habla cuando serefiere a cuestiones religiosas. Yo lo había comprobado con amigos o en lasredacciones de las revistas para las que trabajaba. En un plazo de tiempobrevísimo amplios sectores de la sociedad habían sufrido una especie deataque nuclear espiritual, una especie de big bang en la cultura cristiana quehasta entonces constituía nuestro fundamento. Aunque las personas nonegasen a Dios, nadie contaba ya con que ejerciera poder sobre el mundo ypudiera hacer algo de verdad.Durante esa época visité en numerosas ocasiones una iglesia. A pesar de quealbergaba dudas y desconfiaba de los mensajes de la revelación, me parecíaincuestionable que el mundo no era una casualidad, ni el resultado de unaexplosión o algo parecido, como sostenían Marx y otros. Y menos aún unacreación del ser humano, que no es capaz de curar un simple catarro ni deimpedir la rotura de un dique. Tomé conciencia de que, tras el entramado deliturgia, rezos y preceptos, debía de existir una causa, una verdad. «Nosotrosno hemos seguido unas historias inteligentemente inventadas», dice la epístolade uno de los apóstoles. Pero me habría parecido absurdo hacer la señal de la

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