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Vida humana y persona - espósito

Vida humana y persona - espósito

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09/25/2013

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Vida humana ypersona
1. En la tapa del número de diciembre de 2006 de la revista ‘Time’,tradicionalmente dedicada a los personajes del año, aparece la foto de unacomputadora encendida, y en el monitor se ve una superficie espejada, encuyo centro se deja ver, en letras enormes, el pronombre “you” (tú). De estemodo cualquiera que la mira ve reflejado su propio rostro, promovido justamente a “persona del año”, como se ha asegurado más arriba.La intención de la revista es afirmar, de esta manera hiperrealista, el hecho deque en la sociedad contemporánea nadie ejerce mayor influencia que elusuario de internet, con sus fotos, sus videos, sus declaraciones. Pero elmensaje, en un nivel más profundo, se presta a otra interpretación, menosexplícita.
 
Por un lado esto, declarándolo ‘persona del año’, sitúa a cada lector en elespacio de absoluta centralidad hasta ahora reservado a los individuosexcepcionales. Por el otro, y al mismo tiempo, se lo incluye en una seriepotencialmente infinita hasta hacerlo desaparecer de cualquier connotaciónsingular. La sensación es que, prestando a cada uno la misma ‘máscara’ depersona, termine por resultar el signo sin valor de una pura repetición.Además, este cambio de roles no es sino la metáfora de un proceso muchomás amplio y general. En la época en la que también los partidos políticosambicionan volverse ‘personales’ para producir identificaciones de suselectores con la figura del líder, cualquier
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es vendido en la publicidadcomo máximamente ‘personalizado’ – adaptado a la personalidad delconsumidor y así destinado a ponerla más de relieve aún. Naturalmente,también en este caso con la finalidad de homologar los gustos del público amodelos indiferenciados, dejando de lado cualquier connotación personal. Otravez la paradoja: cuanto más se busca privilegiar el carácter inconfundible de lapersona, tanto más se produce un efecto, opuesto y especular, dedespersonalización. Tal paradoja adquiere un relieve mayor ya que, como hoy sucede, la referencianormativa a la noción de persona se extiende como una mancha de aceite atodos los ámbitos de nuestra experiencia. Del lenguaje jurídico que laconsidera la única capaz de dar forma al imperativo de los derechos humanos;al lenguaje político que hace tiempo la ha sustituido por el concepto, nosuficientemente universal, de ciudadano; al lenguaje filosófico que haencontrado en ella uno de sus raros puntos de convergencia, entre su vertienteanalítica y la, así llamada, continental. Todavía es necesario interrogar la antinomia a la que da lugar, deteniéndonosen este extraordinario suceso que hace de la noción de persona uno de los másafortunados lemas de nuestro léxico conceptual. En su raíz existe una inusualriqueza semántica, debida a su triple matríz de carácter teológico, jurídico yfilosófico. Pero a esta primera razón intrínseca, se le agrega una segunda, deorden histórico, tal vez aún más fuerte.Que el lenguaje de la persona haya conocido un momento de particularincremento a fines de la Segunda Guerra Mundial, hasta volverse la bisagra dela Declaración de los Derechos Universales del Hombre de 1948, no puedesorprendernos. Es una respuesta a la tentativa, puesta en acto por el régimennazi, de reducir el ser humano a su desnuda componente corpórea,interpretada por otro lado con una clave violentamente racial.Es a tal deriva mortífera que, en la segunda posguerra, se opone la filosofía dela persona. Contra una ideología que había reducido el cuerpo del hombre a lalínea hereditaria de su sangre, aquella filosofía se propone recomponer la
 
unidad de la naturaleza humanaconfirmando sucarácter irreductiblementepersonal. Tal reunificación entre la vida del cuerpo y la vida de la menteresultaba, aún, difícil de conseguir. Y en efecto, el objetivo primero de la Declaración de 1948 permaneciólargamente desestimado para una gran parte de la población mundial, todavíahoy expuesta a la miseria, al hambre, a la muerte. Sin poner en cuestión lavoluntad subjetiva de los redactores de la Declaración, creo que esta antinomianace del efecto de separación y de exclusión implícito en la propia noción depersona.Para reconocerlo es necesario volver a sus tres raíces –teológica, jurídica yfilosófica. Aquello que, a pesar de la obvia diferencia, reúne a todas en unamisma estructura lógica es un cruce contradictorio de unidad y de separación:en el sentido de que la misma definición de aquello que es personal, tanto enel género humano como en el hombre singular, presupone una zona nopersonal o menos que personal, por lo que aquello adquiere importancia. Tal tendencia resulta clara en la tradición cristiana, la que, ya sea con eldogma trinitario o sea con el de la doble naturaleza de Cristo, por un ladocoloca a la unidad en el marco de la diferencia –en el primer caso entre las trespersonas, en el segundo entre las sustancias diversas de una misma persona;por el otro, presupone el primado del espíritu sobre el cuerpo. Si ya en elmisterio de la Encarnación, las dos naturalezas –humana y divina– ciertamente,no pueden estar en el mismo plano, es aún más evidente cuando se pasa a ladoble realidad, hecha de alma y cuerpo, que constituye para el cristianismo lavida del hombre.Dado que el cuerpo no es declarado en sí mismo malo porque es el sosténcreado por Dios, representa para siempre nuestra parte animal, en cuanto talsometida a la guía moral y racional del alma en la que radica el único punto decontacto con la Persona divina. Es por esto que San Agustín pudo definir lanecesidad de atender los asuntos del cuerpo como una verdadera“enfermedad”.Además no es casual que el filósofo católico Jacques Maritain, uno de losredactores de la Declaración del ’48, definiera a la persona como “un todo,señor de sí mismo y de sus actos” únicamente si ejercita un pleno dominiosobre su “parte animal”. Al devenir el hombre en persona, en suma, asume elcontrol y el patronazgo que trata de tener sobre su dimensón corpórea decarácter animal.Es difícil medir con precisión los influjos, probablemente recíprocos que,respecto del concepto de persona, vinculan las primeras formulacionesdogmáticas cristianas con la concepción jurídico romana. Es un hecho que eldualismo teológico entre alma y cuerpo (a su vez derivado del platonismo)

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