gloria se incuba en auroras fecundadas por los sueños de los que miran más lejos. América leesperaba. Cuando urge construir o transmutar, fórmase el clima del genio; su hora suena comofatídica invitación a llenar una página de luz. El hombre extraordinario se revela auroralmente,como si obedeciera a una predestinación irrevocable. Facundo es el clamor de la culturamoderna contra el crepúsculo feudal. Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para laverdad; más cuesta presentir un ritmo de civilización que acometer una conquista. Un libro esmás que una intención: es un gesto. Todo ideal puede servirse con el verbo profético. Lapalabra de Sarmiento parece bajar de un Sinaí. Proscrito en Chile, cl hombre extraordinarioencuadra, por entonces, su espíritu en el doble marco de la cordillera muda y del mar clamoroso. Llegan hasta él gemidos de pueblos que hinchan de angustia su corazón: pareceensombrecer el ciclo taciturno de su frente, inquietada por un relampagueo de profecías. Lapasión enciende las dantescas hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban consonoridad plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse busca al más grandeenemigo, Rosas, que era también genial en la barbarie de su medio y de su tiempo: por esohay ritmos apocalípticos en los apóstrofes de Facundo, asombroso enquiridión que parece unreto de águila, lanzado por sobre las cumbres más conspicuas del planeta. Su verbo esanatema: tan fuerte es el grito que por momentos, la prosa se enronquece. La vehemencia creasu estilo, tan suyo que, siendo castizo, no parece español. Sacude a todo un continente con lasola fuerza de su pluma, adiamantada por la santificación del peligro y del destierro. Cuando unideal se plasma en un alto espíritu, bastan gotas de tinta para fijarlo en páginas decisivas; yellas, como si en cada línea llevasen una chispa de incendio devastador, llegan al corazón demiles de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan su aptitud hacia elensueño naciente. La prosa del visionario vive: palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila.En sus frases diríase que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un libro, frutode imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan decisivo para la civilización deuna raza como la irrupción tumultuosa de infinitos ejércitos. Y su verbo es sentencia: quedaherida mortalmente una era de barbarie, simbolizada en un nombre propio. El genio seencumbra así para hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no admiten rectificación yescapan a la crítica. Los poetas debieran pedir sus ritmos a las mareas del Océano para loar líricamente la perennidad del gesto magnífico: ¡Facundo! Dijo primero. Hizo después... Lapolítica puso a prueba su firmeza: gran hora fue aquella en que su Ideal se convirtió en acción.Presidió la República contra la intención de todos: obra de un hado benéfico. Arriba vivióbatallando como abajo, siempre agresor y agredido. Cumplía una función histórica. Por eso,como el héroe del romance, su trabajo fue la lucha, su descanso pelear. Se mantuvo ajeno ysuperior a todos los partidos, incapaces de contenerlo. Todos lo reclamaban y lo repudiabanalternativamente: ninguno, grande o pequeño, podía ser toda una generación, todo un pueblo,toda una raza, y Sarmiento sintetizaba una era en nuestra latinidad americana. Suacercamiento a las facciones, compuestas por amalgamas de subalternos, tenía reservas yreticencias, simples tanteos hacia un fin claramente previsto, para cuya consecución necesitóensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo parecíale pequeño para abarcarlo entresus brazos; sólo pudo ser el suyo el lema inequívoco: "Las cosas hay que hacerlas; mal, perohacerlas". Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas llevó como únicaantorcha su Ideal. Habría preferido morirse de sed antes de abrevarse en el manantial de larutina. Miguelangelesco escultor de una nueva civilización, tuvo siempre libres las manos paramodelar instituciones e ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear tiranías,para aplaudir virtudes, para sembrar verdades a puñados. Entusiasta por la patria, cuyagrandeza supo mirar como la de una propia hija, fue también despiadado con sus vicios,cauterizándolos con la benéfica crueldad de un cirujano. La unidad de su obra es profunda yabsoluta, no obstante las múltiples contradicciones nacidas por el contraste de su conducta conlas oscilaciones circunstanciales de su medio. Entre alternativas extremas, Sarmiento conservóla línea de su carácter hasta la muerte. Su madurez siguió la orientación de su juventud; llegó alos ochenta años perfeccionando las originalidades que había adquirido a los treinta. Seequivocó innumerables veces, tantas como sólo puede concebirse en un hombre que viviópensando siempre. Cambió mil veces de opinión en los detalles, porque nunca dejó de vivir;pero jamás desvió la pupila de lo que era esencial en su función. Su espíritu salvaje y divinoparpadeaba como un faro, con alternativas perturbadoras. Era un mundo que se oscurecía y sealumbraba sin sosiego: incesante sucesión de amaneceres y de crepúsculos fundidos en eltodo uniforme del tiempo. En ciertas épocas pareció nacer de nuevo con cada aurora; perosupo oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de ser el mismo. Miró siempre hacia el porvenir,como si el pasado hubiera muerto a su espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana.
Leave a Comment