El instinto de supervivencia lo ha hecho inte-grarse a la horda con la que puede defenderse mejorque librado a su propia suerte. Pero esa horda no esuna sociedad, está más cerca de la manada, la jauría, elenjambre o la piara que de lo que, al cabo de los si-glos, llamaremos una comunidad humana.Desnudos o, si la inclemencia del tiempo loexige, envueltos en pellejos, esos raleados protohom-bres están en perpetuo movimiento, entregados a lacaza y la recolección, que los llevan a desplazarse con-tinuamente en busca de parajes no hollados donde seaposible encontrar el sustento que arrebatan al mundonatural sin reemplazarlo, como hacen los animales,vasta colectividad de la que aún forman parte, de laque apenas están comenzando a desgajarse.Coexistir no es todavía convivir. Este últimoverbo presupone un elaborado sistema de comunica-ción, un designio colectivo, compartido y cimentadoen denominadores comunes, como lenguaje, creen-cias, ritos, adornos y costumbres. Nada de eso existetodavía: sólo ese quién vive, esa pulsación prelógica,ese sobresalto de la sangre que ha llevado a esos se-mianimales sin cola que empuñan pedruscos o garro-tes debido a su falta de garras, colmillos, veneno, cuer-nos y demás recursos defensivos y ofensivos de quedisponen los otros seres vivientes, a andar, cazar y dormir juntos para así protegerse mejor y sentir me-nos miedo.Porque, sin duda, la experiencia cotidiana hahecho que de todos los sentimientos, deseos, instin-tos, pasiones aún dormidos en su ser, el que primerose desarrollara en él en ese su despertar a la existenciahaya sido el miedo.
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