En el camino, nos detuvimos también en las cercanías de una charca para observar a losanimales que iban a beber. Había habido una gran sequía y el agua escaseaba por todos lados;realmente lo único que se veía eran barrizales. Cuando los pesados elefantes caminaban sobreaquel fango, el agua se filtraba a través de la depresión que sus patas dejaban en el terreno, y allí bebían los animales.Los antílopes, en particular, se ponían muy nerviosos al acercarse a los pequeños charcos; lohacían cautelosamente y después, sin razón aparente, salían corriendo asustados sin haber bebido.Miré alrededor para ver si había algún león o tigre en las inmediaciones, pero no vi nada.Entonces le pregunté a nuestro guía por qué no bebían. Su respuesta encerró toda una lección para mí:“Los cocodrilos”.Pensé que estaría bromeando, así que repetí la pregunta con seriedad. “¿Cuál es el problema?”“Los cocodrilos”, volvió a decirme.“No puede ser”, le repliqué.“Cualquiera puede ve que no hay cocodrilos ahí”.Pensé que estaba divirtiéndose a costa de un extranjero a quien consideraba inexperto. Por fin,le supliqué que nos dijera la verdad. Quisiera recordarles que yo estaba bastante bien informado, pues había leído muchos libros.Además, cualquiera puede darse cuenta de que es imposible que un cocodrilo se esconda en lahuella que deja un elefante en el barro.El joven se dio perfecta cuenta de que yo no le creía y supongo que decidió darme una lección.Para ello dirigió el vehículo hacia un alto terraplén desde donde se podía ver toda la charca. “Allílos tiene”, me dijo. “Véalos usted mismo”. No podía ver nada más que el lodo, las porciones de agua empozada y, en la distancia, losanimales asustados ¡Pero de pronto, lo vi! Era un enorme cocodrilo, acechando desde el lodo quelo cubría casi totalmente, en espera de algún incauto animal que, vencido por la sed, bajara a beber.
¡Y de repente, creí! Cuando el guarda vio que estaba dispuesto a escuchar, prosiguió con lalección. “No sólo hay cocodrilos en los ríos, sino que están por todo el parque y especialmentecerca de los depósitos de agua. ¡Más vale que lo crea!”.
La verdad es que fue más bondadoso conmigo de lo que yo merecía, por mi incredulidad. Miactitud de “sabelotodo” ante su primera advertencia sobre los “cocodrilos” podría haber traídoaparejada una invitación suya de que me acercara para salir de dudas.Me parecía tan claro que no podía haber ningún cocodrilo escondido allí y me sentía tanseguro de mí, que probablemente me hubiera acercado sin temor. Mi arrogancia me hubieracostado la vida. Pero el guía fue lo suficientemente paciente como para enseñarme.Espero que al hablar con sus guías sean más sabios de lo que yo fui en aquella ocasión. La presumida idea que tenía sobre mis conocimientos no era digna de mí, ni tampoco lo sería deninguno de ustedes. No me siento orgulloso de ello y me daría vergüenza contarlo si no fuera porque creo que puede servirles de ayuda.Aquellos que los han precedido en la vida han inspeccionado las “charcas” y elevan su voz deadvertencia para prevenirles contra los “cocodrilos”; no los grandes reptiles que puedendevorarlos en un abrir y cerrar de ojos, sino los cocodrilos espirituales, que son infinitamente más peligrosos, por ser aún más engañosos y menos visibles que los que se esconden al acecho en lascharcas de África.
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