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La costura de las nubes

La costura de las nubes

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02/21/2013

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  Acomodé la mochila roja contra el murallón blanco, me senté al lado, armonicé la espalda con eldibujo de su revoque descascarado y me dispuse a esperar el paso de la noche. Estaba cansado.Eran cerca de las once y hacía cinco horas que estaba caminando por Rodeo buscando sin éxitoun lugar donde dormir. Rodeo es un pueblo chico pero disperso, enclavado en un valle alimentadopor agua de deshielos, rodeado de aridez precordillerana, que está cinco horas al norte de laciudad de San Juan. Llegué ahí encaprichado con recorrer un puñado de poblados, Villa Iglesia,Las Flores, Tudcum, que junto con Rodeo conforman el departamento de Iglesia. En esa zonaopera la empresa canadiense Barrick Gold, en una mina ubicada
allá arriba
, como le dicenimprecisamente los lugareños a Veladero, el campamento cordillerano donde extraen oro. Cientoveinticinco millones de pesos por año en regalías le deja la Barrick sólo al departamento de Iglesia – cuatro pueblos en un radio de treinta kilómetros cuyos habitantes llenan, con mucho optimismo,tres Gran Rex – y que los folletos de la provincia recomiendan visitar para ver las casas de adobe,de barro y paja, que todaa se construyen para sus pobladores.
Oro y barro
, bueno, me dije, esoes algo para ir a ver.Llegué al atardecer y empecé a caminar el pueblo en busca de hospedaje. La señora de ladirección de turismo, una oficina con un escritorio y dos sillas, una para mí, algunos postersdescoloridos por el sol, donde la información turística está escrita a mano con lapicera azulamontonados en un pinche metálico, me había recomendado algunos lugares según mispretensiones de wifi, pileta y espacio verde. Mientras me hablaba, un hombre flaco, de unosveinticinco años, lugareño, con una gorra roja gastada, que había entrado detrás de , me decíaque no con la cabeza sin que la mujer lo viera. Cuando salí me cerró el paso.
Te va a salir muy caro,
me dijo. Le pregunté qué es caro y me respondió que alrededor de doscientos pesos, que nome pareció caro, pero que no se lo podía decir para evitar la incomodidad de hacerle saber que ély yo no tenemos los mismos problemas para generar ingresos.
 Acá hay una pensión
, me insistióseñalando un playón con un depósito muy grande al fondo, que estaba desértico por la hora, por elcalor y por la densidad poblacional. Dudé con el cuerpo dando un paso hacia atrás.
 A donde vases muy lejos
, respondió a mi desconfianza gestual. Yo le dije que la señora de turismo me habíadicho dos cuadras.
 Acá no contamos por cuadras
, me apuró el hombre, que tenía una respuestapara todo. Le dije gracias, me di vuelta y me fui, y cuando me alejaba por la calle Santo Domingogiré para ver si me seguía pero no lo vi más.Cinco horas después, estaba agotado de caminar y de preguntar por hoteles y cabañas y hastacasas de familia, y de perderme en un bosque, de noche, en busca de un hostel para mochilerosque nunca encontré. Lo mejor que me había pasado desde mi llegada era un viaje en camioneta.La mujer que la manejaba me ofreció llevarme cuando me vio desandando los cuatro kilómetrosque me faltaban para llegar al centro, ya de noche. La mujer era rubia, su mamá, que viajaba a sulado, era rubia y sus tres hijos eran rubios. La Toyota Hilux era rubia. Viajé en la parte de atrás, junto con dos de sus hijos, que jugaban a mirarse fijo sin pestañear. Estaban parando en Tudcum,quince kilómetros al norte de Rodeo, donde las familias de los mineros que trabajan en la Barrickesperan a que sus esposos bajen de la mina, cada quince días. Cuando llegamos al centro, medesearon suerte y me bajé. Estaba resignado a pasar la noche recostado en el murallón municipalenfrente de la plaza, cuando enfrente mío estacionó un auto mediano del que se bajaron ochopersonas que venían al corso de carnaval que se estaba festejando a dos cuadras de ahí. Mequedé mirando la plasticidad del habitáculo de ese Ford Orion viejo cuando uno de los que se bajódel auto se acercó al chofer y le dio plata. Era un remis. Me acerqué y le pregunté si sabía dóndepodía pasar la noche. Me dijo que no había lugar porque el paso a Chile, que está a cienkilómetros, estaba cerrado y entonces los chilenos habían ocupado toda la plaza hotelera deRodeo. Me dijo que me podía llevar a un camping de la policía que podía tener alguna habitación,que él era amigo del sereno. Cuando llegamos nos recibió un hombre alto y negro vestido con unmameluco azul de mecánico.
Cuánto pagás
, me preguntó. En la mano derecha tenía un martilloque hacía golpear contra la palma de la mano izquierda, como si me fuera a dar una tunda, comosi me la mereciera.
La tengo que ver 
, le respondí, haciéndome el exquisito. Se alejó unos metrospara hablar con un hombre gordo vestido con bermuda y musculosa. Cuando volvme dijo que
 
ese era su patrón y que su patrón decía que no me iba a alquilar la habitación, que si el patrón noestaba no había problema, pero como estaba entonces sí había problema. Lo miré a mi remisero.
La única que te queda
, me dijo,
es el hotel Pismanta, que está sobre la ruta a ocho kilómetros, pero es caro
Le pregunté qué es caro.
Trescientos pesos la noche
. Me acordé de cómo habíaempezado el día y le pedí que me lleve. Encontré la última habitación disponible. Antes de irse mecobró setenta pesos por el paseo y me anotó su número de teléfono en el reverso de una facturavieja que tenía en la guantera.
Me llamo Tato
.Llamé a Tato a las nueve de la mañana. Quería ir a recorrer los pueblos de la zona y necesitaba unguía. Me dijo que en una hora me pasaba a buscar. Desayuné un café con leche con tostadas, meguardé dos manzanas en la mochila, pagué el hotel con tarjeta de crédito y fui a esperarlo a la ruta.Lo vi venir por el camino, me paré, cuando estacionó abla puerta de atrás, tiré la mochila en elasiento, la cerré suave y me senté adelante. Tato es flaco y alto y un rostro muy parecido almendocino Julio Cobos. Nació en Rodeo hace cincuenta años. A los veinte se fue a visitar a unahermana a la ciudad de San Luis y se quedó 28 años, primero trabajando en una fábrica y luegode taxista. Llegó a tener su propia licencia, pero la vendió para comprarse una casa, así quetrabajó como peón de taxi. Hace dos años volvió a Rodeo para cuidar a su mamá, que está, dice,bastante enferma. Trabajó un tiempo en la construcción junto con un hermano pero entre losdolores de espalda y un bajón en el negocio lo hicieron volver a lo suyo,
lo mío
, dice él, que es eltransporte semipúblico de pasajeros, el remis. Cuando volva Rodeo se juntó con el intendente,Mauro Marinero, un muchacho de su edad con el que compartió su infancia y adolescencia. Le dijoque quería poner un remis, que qué le parecía si el municipio hacía una ordenanza que legalice elnegocio, porque no había nadie que lo hiciera, que fijen juntos la tarifa, las inspecciones al auto.Tato venía con el know how que le dio San Luis, un estado facilitador pero muy regulador.
Lo que pasa es que si hago eso tengo que juntarme a conversar con los concejales
, le dijo Marinero,que es intendente por el bloquismo, un partido político provincial que supo ser fuerte y ahora formaparte del Frente para la Victoria. Tato se cansó de esperar y se largó solo. No tiene un estado quelo controle pero tampoco tendrá un marco legal que lo proteja el día que tenga un problema con unpasajero. Por eso ahora en la ruta maneja despacio y me pide que me abroche el cinturón deseguridad.Tudcum está a veinte kilómetros de Rodeo y es el último pueblo de la zona antes de entrar alcampamento minero. Cuando llegó la Barrick, en 2005, el gobierno le prometió a los lugareños unhospital nuevo, caminos, un polideportivo. Cinco años después, todo lo que se ve en Tudcum y elresto de los pueblos de influencia de la mina es precariedad jujeña: calles de tierra y casas debarro y paja, sin cloacas, con electricidad aleatoria. Un puñado de taperas con la jactanciatustica, para peor, de que los pobladores siguen construyendo sus viviendas como hacedoscientos años porque el barro mantiene la casa fresca en verano y caliente en invierno. Como sino les importara tener un aire acondicionado. La épica de la pobreza. Nada de lo que hay enTudcum, ni en el resto de los pueblos cercanos como Villa Iglesia, Las Flores o Rodeo, que tieneun hospital sin equipos de radiografías, hace pensar que una empresa multinacional le paga algobierno de Iglesia, que maneja Marinero, 125 millones de pesos por año en impuestos. Alrededode diez mil pesos por cabeza, casi el doble de lo que gana por año la mayoría de los habitantes,que vive con contratos municipales de 600 pesos.
El dinero les pasa por arriba
, le dije a Tato, quemiró instintivamente al cielo y dijo
y sí 
.Cuando Tato tenía quince años su papá lo mandó a estudiar a la Escuela de Mecánica de la Armada. Era el año 78. Estuvo tres meses y renunció porque no se adaptó a la disciplina militar, ysobre todo porque extrañaba a su pueblo. En esos meses, dice, no vio nada raro. Enfatiza que novio nada no para despegarse de la época sino para reclamar su parte en la Historia. Con unaanécdota así de pequeña le alcanza a Tato para ser un personaje en el pueblo. Lo único quequería, en esos meses que estuvo en Buenos Aires, era un franco para ir a ver a Racing, perocuando lo tuvo se volva vivir a Rodeo. De la experiencia militar lamenta lo que pudo haber sido.Dos de sus compañeros de camada hicieron carrera, viajaron en la Fragata Libertad y ahora seestán por jubilar.
Desperdicié la gran oportunidad de mi vida
, dice mientras apunta al volante delremis, reconociendo que el auto que conduce por el asfalto roto de los caminos de San Juan está
 
tan lejos del destino que lo iba a llevar a conocer el mundo y a darle un retiro confortable. Nuncamás volva Buenos Aires.Estábamos subiendo una cuesta cuando me pidió permiso para estacionar al costado de la ruta.Puso las balizas, miró por el espejo y crujió los neumáticos en la piedra de la banquina. Antes debajarse agarró una botella de plástico verde a medio llenar que tenía en el piso del auto en la partede atrás y caminó hacia una cripta pequeña de la Difunta Correa, donde dejó la botella que llevabaen la mano. Luego se persignó. Tato tiene una religiosidad muy new age, aunque él se sienta uncatólico tradicional. Venera a un santo pagano y está casado sin sacramento con su mujer peroencontró su límite neoreligioso en San Luis, cuando Alberto Rodríguez Saá se postulo parasuceder a su hermano Adolfo, a quién Tato había votado. Al Alberto no lo votó, dice, por suesoterismo. Al lado de la Difunta Correa hay un monolito con una cruz y la foto de Ramón Ponce, unchico que era morocho y gordo al momento del flash, y una placa que dice nunca lo van a olvidar.Ramón murió en ese lugar hace dos años cuando chocó su moto contra un caballo que salió delcampo sin alambrado.Cuando llegamos a Villa Iglesia le pedí a Tato que me lleve al cementerio, que está en la cima deun cerro bajo al que se llega por un camino de tierra recto que se desprende del centro del pueblo.El cementerio ocupa media hectárea y está rodeado de una muralla de color blanco de tres metrosde alto. En la pared de entrada, con pintura verde y letra prolija dice “Cementerio Villa Iglesia”. Lapuerta es una reja de hierro negra que tuve que empujar para poder entrar. Me sorprendió que nohiciera ruido al abrirse. Adentro, las flores artificiales rojas y amarillas que coronan las cruces leganan la guerra monocromática al ocre precordillerano. Contra las paredes hay algunos nichos,pero la mayoría de los doscientos muertos que calculé a ojo están en tumbas bajo tierra tapadascon montículos de piedra y una cruz de hierro o madera, sin nombre. Muy pocas tienen lápidas demármol y placa. La diferencia es violenta: mientras el mármol recuerda a alguien que estuvo vivo,la montaña de piedras avisa que ahí abajo hay un muerto. En las tumbas más pequeñas, al lado dela cruz, hay camioncitos o muñecas, según. Cerca de la salida, dos grandes rectángulosdemarcados por piedras blancas, sin tumbas en su interior, esperan moradores.Cuando salí me senté un rato para aprovechar la sombra de la pared del cementerio. Saqué labotella de agua de la mochila, la destapé, tomé un sorbo, miré hacia la montaña y vi un hombreencorvado con sombrero ancho caminando hacia la cima de un cerro por un sendero sin sombra.Tomé otro poco de agua, tapé la botella, la guardé y cerré la mochila. Era mediodía y entre el sol yla altura y las tumbas y las tumbitas la cabeza me latía con fuerza. Me pregunté para qué entré alcementerio a ver muertos ajenos cuando nunca fui a visitar los propios. Veinte metros más allá,Tato me esperaba adentro del auto. Pensé en Ramón Ponce, el chico que se mató contra uncaballo unos kilómetros arriba, intenté descifrar cuál sería su tumba, qué le habrán puestoalrededor de su cruz para customizar su pase a la eternidad. Me pregunté que me llevaría yo. Meangustió que no se me ocurriera un objeto que me identifique, para que si mi cruz no lleva nombre,igual pueda decir, alguien cualquiera,
acá yace Sebastián
. Me pregunté por qué yo no fui RamónPonce, cómo es que a mí me tocó esta vida y a él le toco esa otra, qué procedimiento espantoso,discriminador, lógico, de la naturaleza hizo que yo fuera yo y él fuera él, y que yo fuera yo y Tatofuera Tato, que cuando muera va a ser enterrado en el cementerio de Rodeo y su tumba deberáser, si sus deudos hacen un buen manejo de la ironía, circular, y con una bocina en el medio.Un llamado de mi papá me devolvió al tiempo y espacio.
Me genera intriga por qué te fuiste aSan Juan
, me dijo. No le contesté porque no me preguntó nada. Así operan las personas malpsicoanalizadas: me llamó para decirme lo que a él le pasa con mi viaje. Me empezó a decir algode mi infancia, y le dije que no lo escuchaba y le corté. Cuando entré al auto Tato me preguntó siestaba bien.
No me gustan los cementerios
, le dije, y arrancó. Pero lo cierto es que mi papá mehabía depositado una pregunta que hasta ese momento yo no me había hecho, no porque no seme había ocurrido sino porque la quería evitar para no recargar con interpretaciones una decisiónque yo creía impulsiva y lúdica: qué fui a hacer a San Juan. Estuve callado por varios kilómetros.Tato llenó mi silencio contándome la historia de su primo Abel, que murió en diciembre cuando elauto en el que viajaba dio unos tumbos y golpeó su cara contra el parante. Quedó desfigurado.

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