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Docencia Nº 12
CARTAA LA MAESTRA
Permíteme, querida amiga,que inicie este libro dirigiéndo-me a ti para rendirte tributo deadmiración y para encomendar-te el destino de estas páginas. Tellamo “amiga” y bien puedes serdesde luego “amigo”, pues a to-dos y cada uno de los maestros
CARTAA LA MAESTRA
Por Fernando Savater 
El filósofo español Fernando Savater (San Sebastián, España,1947) escribe esta carta, como él mismo señala, a guisa de prólogo”, en su libro “El Valor de Educar” 
1
. Dedicado a su madre,su primera maestra”, el librreflexiona acerca de ¿cuál es el valor que otorga la sociedad contemporánea a la educación?,fundamentando la importancia de la educación y, con ella, de maestras y maestros, en la construcción de una sociedad democrática.
me refiero: pero optar por el fe-menino en esta ocasión es algomás que hacer un guiño a lo polí-ticamente correcto.
 
Primero, por-que en este país la enseñanza ele-mental suele estar mayoritaria-mente a cargo del sexo femenino(al menos tal es mi
 
impresión:humillo la cerviz si las estadísti-cas me desmienten); segundo,por una razón íntima que quedaaclarada suficientemente con ladedicatoria de la obra y que qui-zá subyace, como ofrenda deamor, al propósito mismo de es-cribirla.
Docencia agradece al profesor Santiago Quer, subdirector del CPEIP, su sugerencia de publicar este texto.Fotografía de Fernando Savater: R. Babilonia. Tomada del libro “Predicciones”, Taurus, Madrid, 2000. Pág. 262.1Edición del Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América. Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE).Confederación de Educadores de América (CEA), México, 1997.
 
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Diciembre 2000
En lo tocante a la admiración,tampoco hay pretensión de hala-go oportunista.
 
Vaya por delanteque
 
tengo a maestras y maestrospor el gremio más necesario, másesforzado y generoso, más
civili- zador 
de cuantos trabajamos paracubrir las demandas de un estadodemocrático.Entre los baremos básicos quepueden señalarse para calibrar eldesarrollo humanista de una so-ciedad, el primero es a mi juicioel trato y la consideración quebrinda a sus maestros (el segun-do puede ser un sistema peniten-ciario, por tanto tiene que vercomo reverso oscuro con el fun-cionamiento del anterior).
 
En laEspaña del pasado reciente, porejemplo, los republicanos progre-sistas convirtieron a los maestrosen protagonistas de la regenera-ción social que intentaban llevara cabo, por lo que, consecuente-mente, la represión franquista secebó especialmente con ellos,diezmándolos, para luego im-poner la aberrante mitologíapseudo-educativa que ha refleja-do con tanta gracia Andrés So-peña en su libro
 El florido pensil.
Actualmente coexiste en estepaís —y creo que el fenómeno noes una exclusiva hispánica— elhábito de señalar la escuela comocorrectora necesaria de todos losvicios e insuficiencias culturalescon la condescendiente minus-valoración del papel social demaestras y maestros. ¿Que se ha-bla de la violencia juvenil, de ladrogadicción, de la decadencia dela lectura, del retorno de actitu-des racistas, etc.?
 
Inmediatamen-te salta el diagnóstico que sitúa—desde luego no sin fundamen-to— en la escuela el campo debatalla oportuno para prevenirmales que más tarde es ya difici-lísimo erradicar.
 
Cualquiera diríapor lo tanto que los encargadosde esa primera enseñanza de tanradical importancia son los pro-fesionales a cuya preparación sededica más celo institucional, losmejor remunerados y aquellosque merecen la máxima audien-cia en los medios de comunica-ción.
 
Como bien sabemos, no esasí.
 
La opinión popular (paradó-jicamente sostenida por las mis-mas personas convencidas de quesin una buena escuela no puedehaber más que una malísima so-ciedad) da por supuesto que amaestro no se dedica sino quienes incapaz de mayores designios,gente inepta para realizar unacarrera universitaria completa ycuya posición socio-económicaha de ser —¡así son las cosas, quéle vamos hacer!— necesariamen-te ínfima.
 
Incluso existe en Espa-ña ese dicharacho aterrador de“pasar más hambre que un maes-tro de escuela”... En los
talking-shows
televisivos o en las tertu-lias radiofónicas rara vez se invi-ta a un maestro: ¡para qué,pobrecillos!
 
Y cuando se debatenpresupuestos ministeriales, aun-que de vez en cuando se hablaretóricamente de
dignificar 
elmagisterio (un
 
poco con ciertotonillo entre paternal y caritati-vo), las mayores inversiones se dapor hecho que deben ser para laenseñanza superior.
 
Claro, la en-señanza superior debe contar conmás recursos que la enseñan-za...¿inferior?Todo esto es un auténtico dis-parate.
 
Quienes asumen que losmaestros son algo así
 
como “fra-casados” deberían concluir en-tonces que la sociedad democrá-tica en que vivimos es tambiénun fracaso.
 
Porque todos los de-más que intentamos formar a losciudadanos e ilustrarlos, cuandoapelamos al desarrollo de la in-vestigación científica, la creaciónartística o el debate racional delas cuestiones públicas depen-demos necesariamen-te del trabajo previode los maestros.¿Qué somos los ca-tedráticos de uni-versidad, los perio-distas, los artistasy escritores, in-cluso los polí-ticos conscien-tes, más que
maestros de se-gunda
quenada o muypoco pode-mos si nohan realizado biensu tarea los primeros maes-tros, que deben prepararnos laclientela?
 
Y ante todo tienen queprepararnos para que disfruten dela conquista cultural por excelen-cia, el sistema mismo de convi-vencia democrática, que debe seralgo más que un conjunto de es-trategias electorales...En el campo educativo —éstaes una de las convicciones quesustentan este libro— poco sehabrá avanzado mientras la en-señanza básica no sea
 prioritaria
en inversión de recursos, en aten-ción institucional y tambiéncomo centro del interés público.Hay que evitar el actual círculovicioso, que lle-va de la baja va-loración de latarea de losmaestros a suascética remu-neración, deésta a su escasoprestigio socialy por tanto aque los docen-tes más capaci-tados huyan aniveles de ense-ñanza superior,lo que refuerza
… tengo a maestras y maestros por el gremio más necesario, más esforzado y generoso, más civilizador de cuantos trabajamos para cubrir las demandas de un estado democrático.Quienes asumen que los maestros son algo así 
 
como fracasados” deberían concluir entonces que la sociedad democrática en que vivimos es también un fracaso.
 
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Docencia Nº 12PROFESIÓN DOCENTE
los prejuicios que desvalorizan elmagisterio, etc.
 
Es un tema dema-siado serio para que lo abando-nemos exclusivamente en manosde los políticos, que no se ocupa-rán de él si no lo suponen de in-terés urgente para su provechoelectoral:
 
también aquí la socie-dad civil debe reclamar la inicia-tiva y convertir la escuela en“tema de moda” cuando llegue lahora de pergeñar programas co-lectivos de futuro.
 
Es preciso con-vencer a los políticos de que sinuna buena oferta escolar nuncalograrán el apoyo delos votantes. En casocontrario, nadie po-drá quejarse y noqueda más que re-signarse a lo peoro despotricar en elvacío.Por supues-to, también po-demos confiaren que las in-dividualida-des bien do-tadas se lasarreglaránpara superar susdeficiencias educativas,como siempre ha ocurrido.
 
Estámuy extendido cierto fatalismoque asume como un mal necesa-rio que la enseñanza escolar —salvo en sus aspectos másservilmente instrumentales— fra-casa
siempre
.
 
En tal naufragio ge-neralizado, cada cual sale a flotecomo puede.
 
Un político amigomío al que confié mi obsesión porla importancia de la formación enlos primeros años se mostró es-céptico: “a ti de pequeño te die-ron una educación religiosa yahora ya ves: ateo perdido; nocreo que las intenciones de loseducadores cuenten finalmentemucho y hasta pueden resultarcontraproducentes”.
 
Este pesimis-mo educativo (complementadopor la fe optimista en que quie-nes lo merezcan se salvarán de unmodo u otro) trae en su apoyoaliados de lujo: ¿no fue el propioFreud quien aseguró en cierta oca-sión que hay tres tareas imposi-bles: educar, gobernar ypsicoanalizar? Sin embargo, estaconvicción no impidió a Freudpreferir al imposible gobierno in-glés al de la Alemania nazi ni lehizo renunciar a su tarea comopsicoanalista e instructor de psi-coanalistas.Al igual que todo empeñohumano —y la educación es sinduda el más
humano
y humani-zador de todos, según luego ve-remos—, la tarea de educar tieneobvios límites y nunca cumplesino parte de sus mejores —¡opeores!— propósitos.
 
Pero no creoque ello la convierta
 
en una ruti-na superflua ni haga irrelevantesu orientación ni el debate sobrelos mejores métodos con que lle-varla a cabo.
 
Sin duda el esfuerzopor educar a nuestros hijos me-jor de lo que nosotros fuimos edu-cados encierra un punto paradó-jico, pues da por supuesto quenosotros —los deficientementeeducados— seremos capaces deeducar bien.
 
Si el condiciona-miento educativo es tan impor-tante, nosotros los maleducados(por ejemplo los que crecimos
 
yestudiamos las primeras letrasbajo una dictadura) estamos yacondenados de por vida a perpe-tuar las tergiversaciones en lasque nos hemos formado; y si he-mos logrado escapar al destinoideológico que nuestros maestrospretendieron imponernos,
 
ellopuede indicar que después detodo la educación no es asuntotan importante como suelen su-poner los conductistas pedagógi-cos. Katharine Tait, en su delicio-so libro
 My Father Bertrand Russell,
señala que su ilustre progenitorestaba paradójicamente conven-cido por igual de la importanciade una buena educación para sushijos y de que él personalmenteno había sido irrevocablementesellado por el rígido puritanismode su formación infantil:
 
“Puedeque él pudiera pensar que el ade-cuado condicionamiento de losniños produciría el tipo de per-sonas debido, pero ciertamenteno se consideraba a sí
 
mismocomo el inevitable resultado desu propio condicionamiento”.Pues bien, creo necesario asumirresignadamente esta eventualcontradicción para seguir adelan-te con este libro. En cualquiereducación, por mala que sea, haylos suficientes aspectos positivoscomo para despertar en quien laha recibido el deseo de hacerlomejor con aquellos de los que lue-go será responsable. La educaciónno es una fatalidad irreversible ycualquiera puede reponerse de lomalo que había en la suya, peroello no implica que se vuelva in-diferente ante la de sus hijos, sinomás bien todo lo contrario.
 
Qui-zá de una buena educación nosiempre deriven buenos resulta-dos, lo mismo que un amor co-rrespondido no siempre implicauna vida feliz: pero nadie me con-vencerá de que por tanto la unay el otro no son preferibles a ladoma oscurantista o a la frustra-ción del cariño...Es cierto, sin embargo, que laeducación parece haber estadoperpetuamente en crisis en nues-tro siglo, al menos si hemos dehacer caso a las insistentes vocesde alarma que desde hace mucho
Quizá de una bue- na educación no siempre deriven buenos resultados,lo mismo que un amor correspondido no siempre implica una vida feliz: pero nadie me convence- rá de que por tanto la una y el otro no son preferibles a la doma oscurantista o a la frustración del cariño...
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jajaja qe tor pe soi yo camila .b. por qe lo de geir a amor de mibida

jajajaja qe torpe soi

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