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Diciembre 2000
En lo tocante a la admiración,tampoco hay pretensión de hala-go oportunista.
Vaya por delanteque
tengo a maestras y maestrospor el gremio más necesario, másesforzado y generoso, más
civili- zador
de cuantos trabajamos paracubrir las demandas de un estadodemocrático.Entre los baremos básicos quepueden señalarse para calibrar eldesarrollo humanista de una so-ciedad, el primero es a mi juicioel trato y la consideración quebrinda a sus maestros (el segun-do puede ser un sistema peniten-ciario, por tanto tiene que vercomo reverso oscuro con el fun-cionamiento del anterior).
En laEspaña del pasado reciente, porejemplo, los republicanos progre-sistas convirtieron a los maestrosen protagonistas de la regenera-ción social que intentaban llevara cabo, por lo que, consecuente-mente, la represión franquista secebó especialmente con ellos,diezmándolos, para luego im-poner la aberrante mitologíapseudo-educativa que ha refleja-do con tanta gracia Andrés So-peña en su libro
El florido pensil.
Actualmente coexiste en estepaís —y creo que el fenómeno noes una exclusiva hispánica— elhábito de señalar la escuela comocorrectora necesaria de todos losvicios e insuficiencias culturalescon la condescendiente minus-valoración del papel social demaestras y maestros. ¿Que se ha-bla de la violencia juvenil, de ladrogadicción, de la decadencia dela lectura, del retorno de actitu-des racistas, etc.?
Inmediatamen-te salta el diagnóstico que sitúa—desde luego no sin fundamen-to— en la escuela el campo debatalla oportuno para prevenirmales que más tarde es ya difici-lísimo erradicar.
Cualquiera diríapor lo tanto que los encargadosde esa primera enseñanza de tanradical importancia son los pro-fesionales a cuya preparación sededica más celo institucional, losmejor remunerados y aquellosque merecen la máxima audien-cia en los medios de comunica-ción.
Como bien sabemos, no esasí.
La opinión popular (paradó-jicamente sostenida por las mis-mas personas convencidas de quesin una buena escuela no puedehaber más que una malísima so-ciedad) da por supuesto que amaestro no se dedica sino quienes incapaz de mayores designios,gente inepta para realizar unacarrera universitaria completa ycuya posición socio-económicaha de ser —¡así son las cosas, quéle vamos hacer!— necesariamen-te ínfima.
Incluso existe en Espa-ña ese dicharacho aterrador de“pasar más hambre que un maes-tro de escuela”... En los
talking-shows
televisivos o en las tertu-lias radiofónicas rara vez se invi-ta a un maestro: ¡para qué,pobrecillos!
Y cuando se debatenpresupuestos ministeriales, aun-que de vez en cuando se hablaretóricamente de
dignificar
elmagisterio (un
poco con ciertotonillo entre paternal y caritati-vo), las mayores inversiones se dapor hecho que deben ser para laenseñanza superior.
Claro, la en-señanza superior debe contar conmás recursos que la enseñan-za...¿inferior?Todo esto es un auténtico dis-parate.
Quienes asumen que losmaestros son algo así
como “fra-casados” deberían concluir en-tonces que la sociedad democrá-tica en que vivimos es tambiénun fracaso.
Porque todos los de-más que intentamos formar a losciudadanos e ilustrarlos, cuandoapelamos al desarrollo de la in-vestigación científica, la creaciónartística o el debate racional delas cuestiones públicas depen-demos necesariamen-te del trabajo previode los maestros.¿Qué somos los ca-tedráticos de uni-versidad, los perio-distas, los artistasy escritores, in-cluso los polí-ticos conscien-tes, más que
maestros de se-gunda
quenada o muypoco pode-mos si nohan realizado biensu tarea los primeros maes-tros, que deben prepararnos laclientela?
Y ante todo tienen queprepararnos para que disfruten dela conquista cultural por excelen-cia, el sistema mismo de convi-vencia democrática, que debe seralgo más que un conjunto de es-trategias electorales...En el campo educativo —éstaes una de las convicciones quesustentan este libro— poco sehabrá avanzado mientras la en-señanza básica no sea
prioritaria
en inversión de recursos, en aten-ción institucional y tambiéncomo centro del interés público.Hay que evitar el actual círculovicioso, que lle-va de la baja va-loración de latarea de losmaestros a suascética remu-neración, deésta a su escasoprestigio socialy por tanto aque los docen-tes más capaci-tados huyan aniveles de ense-ñanza superior,lo que refuerza
… tengo a maestras y maestros por el gremio más necesario, más esforzado y generoso, más civilizador de cuantos trabajamos para cubrir las demandas de un estado democrático.Quienes asumen que los maestros son algo así
como “fracasados” deberían concluir entonces que la sociedad democrática en que vivimos es también un fracaso.
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jajaja qe tor pe soi yo camila .b. por qe lo de geir a amor de mibida
jajajaja qe torpe soi