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4. EL VEDÂNTA
El Yo de la tradición aria védica, el Ser Universal, habita en el individuo yes lo que le da vida. Trasciende tanto el organismo burdo de su cuerpocomo el organismo sutil de su psique, carece de órganos sensibles propios através de los cuales actuar y experimentar, y sin embargo es la mismafuerza que le permite actuar. Esta paradójica interrelación entre la criaturafenoménica y su núcleo anónimo e imperecedero, cubierto por lasenvolturas perecederas, se expresa en adivinanzas enigmáticas querecuerdan a nuestras canciones infantiles:
El ciego encontró la joya,:el manco la levantó;el desnucado se la puso; y el mudo la alabó
1
.El Poseedor del cuerpo carece de ojos, manos, cuello y voz, pero realizatodos los actos a través del ministerio de los cuerpos burdo y sutil que lesirven de provisional domicilio y vehículo. El ciego, el sin dedos, cuello nivoz, lleva a cabo el proceso vital de la criatura autoconsciente que es suropaje. Es el verdadero actor de todos los actos y, sin embargo,simultáneamente, no se preocupa por nada que le pase al individuo, tantoen lo que toca al sufrimiento como a la alegría. Lo que para este últimoconstituye la realidad de la vida -la vida con sus innumerables yvariadísimos rasgos visibles y tangibles- para el superindividuo anónimoson sencillamente “nombres”, palabras insustanciales.
Palabras
[es decir, nombres], solo
 palabras, nada más que palabras estánconmigo. No soy hombre, pero soy hombre y mujer; Arraigo en el suelo, pero me muevo libremente; Ahora estoy ejecutando sacrificos, ejecuté sacrificios,y ejecutaré sacrif icios. Los seres vivos, a través de mí, ejecutan sacrificios;los seres vivos son mis animales de sacrificio;
 
1
 
Taittir 
® 
ya-
 è 
ð 
 yaka
 
 y yo soy la bestia de sacrificio, atada a una cuerda, que llena el mundoentero
2
Esto significa que la divina fuerza vital que compenetra el universo y habitaen toda criatura, la anónima esencia sin rostro que está detrás de lasinnumerables máscaras, es nuestra única realidad interior. Las piedras, lasmontañas, los árboles y otras plantas “arraiganen el suelo”, carecen demovimiento; los animales, los hombres, los seres sobrenaturales “semueven libremente” en el espacio: la divina fuerza vital en forma demónadas vitales mora dentro de ellos, los vivifica a todos simultáneamente.Sin embargo, cualesquiera sean las formas que revista y llene, siemprepermanece indiferente a ellas, incólume en ellas y desapegado.El supremo deber religioso ortodoxo del hombre con respecto a los dioses ya los antepasados ha sido siempre el de ofrecer sacrificio. El habitante delcuerpo, que preside las obras del individuo, es quien cumple este santooficio, así como todos los otros hechos de las criaturas, ya sean presentes,pasados o futuros. Por lo que atañe a este principio interno, las tres fasesdel tiempo son una y la misma; para él no hay tiempo: es un actorintemporal. Además, no solo es el que ejecuta el sacrificio; esfundamentalmente inherente a todos los utensilios del rito sagrado y a losque se usan en las demás actividades del hombre. También está presente enla “bestia de sacrificio”, la víctima atada al poste del sacrificio que está porser degollada. Ese único ser es el oferente, la ofrenda y los instrumentos dela ofrenda; el principio omnipresente, que todo lo penetra y vivifica, de laexistencia fenoménica
3
.Para el sacerdote brahmán -cuya sabiduría era la del rito de los sacrificiosvédicos-, el proceso del cosmos constituía una gigantesca e incesanteceremonia de sacrificio. La divina sustancia vital misma, como gigantescavíctima, llenaba -o, mejor dicho, formaba el cuerpo del mundo que seautoinmola y se autoconsume. La única esencia trascendente vivíasimultáneamente dentro de todo: dentro del sacerdote que oficia, la víctimaofrecida y las divinidades que aceptaban el sacrificio, así como dentro delos puros instrumentos por medio de los cuales se hacían los sacrificios. 
2
Ib. 1. 11. 3-4.
3
Cf.
Bhágavad-G
® 
 
4. 24:
 
“El acto de ofrecer
 
es el
 Brahman.
la ofrenda es el
 Brahman.
El fuego esel
 Brahman.
Por el
 Brahman
se hace la ofrenda. Quien contempla al
 Brahman
en cada acto va al
 Brahman.”
 
Éstos no eran otra cosa que formas fenoménicas asumidas por la fuerzadivina. Esa presencia única se convertía en las formas de criaturas vivas ymoraba en ellas como núcleo de su ser, como centro de energía que lasimpulsaba a actuar, sufrir y participar alternadamente de los papeles delsacrificador y de la víctima en la continua e incesante oblación que es elproceso del mundo. Considerados así como meros ropajes del únicoanonimato, el sacrificador y su víctima, el alimentador y su alimento, elvencedor y su conquista, eran los mismos: papeles o máscaras simultáneasdel único actor cósmico.Tal era la concepción védica ortodoxa de la divina fuerza vital y su juegointerminable: evidentemente, un punto de vista que implica el menospreciodel individuo. Toda civilización inspirada por esta manera de pensar tiendea pasar por alto los rasg que constituyen la personalidad de los diversoshombres y mujeres que la componen; y en realidad encontramos que lasagrada sabiduría de los brahmanes en gran medida desatendía el desarrollodel individuo. Nunca se estudiaba el autodescubrimiento y la autoexpresióncomo medios con los cuales uno habría de realizarse y prepararse parahacer su propia contribución al mundo. En realidad, toda la concepciónfundamental de la civilización brahmánica era precisamente lo contrario.La realización se buscaba borrando la individualidad: cada uno era todo. Laúnica esencia que habita las manifestaciones de diferente coloración, quesobrevive a los cambios, intemporal y sin rasgos, era lo único que setomaba en serio. Esto, y solo esto, el núcleo perenne, era el refugio interior,el hogar que siempre nos aguarda, al cual cada uno siempre tiene que tratarde volver.La primitiva filosofía védica, como hemos visto, representaba al Yo comoel supremo supervisor de todos los centros de actividad fenoménica y sinembargo, simultáneamente, como el imperturbable testigo de todo eso.Entre el estado de actividad que todo lo penetra y el estado opuesto desupremo alejamiento había en cierto modo una identidad, muy enigmática ydifícil de comprender. El Yo participaba en los actos, pero no secomplicaba con los procesos y sus consecuencias. Penetraba en todo, perono se enredaba. En otras palabras, era precisamente la correspondencia deese Ser Supremo de las mitologías populares hindúes, el Señor Creador,Conservador y Destructor del mundo, que de su propia esenciainfinitamente trascendente sacaba el universo perecedero y sus criaturas.De ese inmutable ser divino y bienaventurado salen todas lastransfiguraciones en esta esfera de cambios. Ese ser único, como Señor de
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