santo, lo mismo que para. su destrozada, infortunada, inconsciente -y amenudo encantadora- víctima. O, también cuenta la tradición, cada vez queIndra, celoso rey de los dioses, siente que su soberanía cósmica estáamenazada por el aumento del poder espiritual de algún asceta, envía unadoncella celestial, increíblemente hermosa, para embriagar los sentidos delatleta espiritual. Si ella tiene éxito, el santo, en una sublime noche (o hastaen eón) de pasión, vierte toda la carga de fuerza psicológica que habíaestado tratando de acumular en toda su vida. Como consecuencia, al mundoluego le nace un niño de fabulosas dotes y al santo se le destruyen susproyectos de poder.En el caso de un
Bodhisattva,
los
requisitos de su peculiar actitud espiritualson, humanamente hablando, tan severos que, si no estuviera perfectamenteestablecido en su conocimiento y en su modo de ser, el peligro de susubversión sería prácticamente universal. La tentación se oculta en casitodas las circunstancias de la vida, hasta en el más pequeño detalle; maspara el
Bodhisattva
cumplido no existe la posibilidad de recaer. Como él esel único verdaderamente desprovisto de ego, no siente ninguna tentación deafirmar, el valor de su personalidad puramente fenoménica, ni siquierahaciendo una momentánea pausa en su pensamiento al
enfrentarse con unaardua decisión. Las leyendas de los
Bodhisattva
los
muestran sacrificandosus miembros, su vida y aun sus mujeres y niños, a lo que para cualquierintelecto normal parecerían ser las pretensiones más injustificadas. Anteuna petición insignificante o completamente caprichosa, el
Bodhisattva
inmediatamente entrega posesiones que, cualquier hombre corriente
(p
¢
thag-jana)
consideraría como las más apreciadas y sagradas del mundo;por ejemplo, ante el pedido de un pájaro molesto o de un cachorro de tigre,o a la orden de un viejo brahmán perverso, codicioso y lúbrico.La popular historia de “Los hijos del rey Vessántara”
2
cuenta cómo estepiadoso monarca, que era una de las primeras encarnaciones del Buddha,hizo el voto de no negar nunca nada que se le pidiese.
Si
alguien me lo pidiera, le daría mi corazón y mis ojos
,
mi carne
y mi sangre, y todo micuerpo.
Sin pensarlo dos veces, entregó un maravilloso elefante del cualdependía el bienestar de su reino, y a consecuencia de ello, fue exiliado porsu pueblo lleno indignación, junto con su fiel reina y los dos hijitos. Ycuando en eldesierto se le aproximó un viejo y horrible brahmán que le
2
J
’
taka
547
.
También
J
’
takam
ta
9;.J. S. Speyer, The
J
’
takam
ta,
Sacred Books of theBuddhists, vol. I, Londres, 1895
.
págs. 71-93
;
cf
.
infra, pág
.
419
,
nota 91.
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