(1)Llovía. Las nubes grises cargadas de agua cubrían casi todala ciudad. Más de dos horas de constantes precipitaciones y laincapacidad de los drenajes en eliminar el agua hacía pensar que elmar había decidido cambiar de ruta. Los carros a duras penas podían avanzar. Y el pánico comenzaba a invadir a muchoshabitantes de aquella ciudad. Muchas familias hacían pequeñas barricadas improvisadas para montar sus pertenencias y evitar asíque se malograran. Algunos ya habían perdido algunas pequeñascosas, de poco y mucho valor, al mismo tiempo. De poco porque noera gran cosa. Pero de mucho, porque las cosas adquiridas consacrificio y trabajo tienen un significado importante para el que las pierde. Y siente en esa pérdida como si se tratara de una ruina y unadesgracia irreparable.La Televisión comenzaba a reportar las primerasconsecuencias de las incesantes lluvias de aquella tarde. Algunascasas ya habían sido inundadas por las aguas. Algunas paredes dealgunas casas comenzaban a ceder. Los auxilios y la solidaridad yano se daban abasto en cubrir las emergencias de los que másestaban comenzando a padecer. Sin duda que era un caos. Enalgunos sitios más y en otros menos. Pero todos ya estaban justificadamente preocupados. No era para menos.3
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