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Published by: Adriana Sandí Cascante on Feb 26, 2013
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03/21/2013

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El Hermano de Asís.Vida profunda de San Francisco.Ignacio Larrañaga.A Francisco de Asís, en el Octavo Centenario de su nacimiento.El autor.
Capítulo primero. Amanece la libertad.
A pesar de todo, regresaba tranquilo. Tenía motivos para sentirse abatido, pero, contra todo loesperado, una extraña serenidad inundaba su rostro, y a sus ojos asomaba un no sé qué, semejante ala paz de un sueño alcanzado o un amanecer definitivo.En aquella noche hablan saltado todos los quicios, y sus sueños descansaban ahora sobre un nuevocentro de gravedad. Todo había cambiado como si el mundo hubiera dado aquella noche unrepentino giro de ciento ochenta grados. Entre las nieblas matinales que se extendían sobre el valledesde Espoleto hasta Perusa, el hijo de Bernardone cabalgaba, en paz, hacia su casa. Estabadispuesto a todo, y por eso se sentía libre y feliz.Se la ha llamado la noche de Espoleto. No obstante, contra lo que parece y se dice, no comienza enesta noche la aventura franciscana, sino que, al contrario, aquí culmina una larga carrera deobstáculos en que hubo insistencias de parte de la Gracia y resistencias de parte del joven soñador.En esta noche se rindió nuestro combatiente. Nada se improvisa en la vida de un hombre. El ser humano es siempre hijo de uns época y unambiente, como lo son los árboles y las plantas. Un abeto no crece en las selvas tropicales ni unceibo en las cumbres nevadas. Si en la cadena de Iss generaciones surge un alto exponente humano,no brota de improviso como los hongos en las montañas. Nuestra alma es recreada a imagen y semejanza de los ideales que gravitan a nuestro alrededor, ynuestras raíces se alimentan, como por ósmosis y sin darnos cuenta, de la atmósfera de ideas quenos envuelve. Si queremos saber quién es un hombre, miremos a su derredor. Es lo que llamanentorno vital.Al asomarse al mundo por la ventana de su juventud, el hijo de Bernardone se encontró con uncuadro de luces y sombras. Las llamas de la guerra y los estandartes de la paz, los deseos dereforma y la sed de dinero, todo estaba mezclado en la más contradictoria fusión. Si queremosdesvelar el misterio de Francisco de Asís, siquiera unos segmentos —y es eso lo que pretende estelibro—, comencemos por observar qué sucede a su alrededor.
Entorno vital.
Los nacionalistas güelfos se aliaban una y otra vez, entre sí mismos y con el Pontificado, paraexpulsar a los imperialistas del Sacro Imperio Germánico. Los gibelinos eran lo que hoy llamamoscolaboracionistas, y los güelfos pertenecían a lo que hoy se llama resistencia.Hacía un siglo que había tenido lugar la penitencia de Canossa. Durante tres días y tres noches permaneció descalzo el emperador Enrique IV de Sajonia junto a los muros del castillo de Canossa,en la Toscana, vestido con la túnica gris de los penitentes, antes de que el Papa Hildebrando(Gregorio VII) le levantara la excomunión.Fue el vértice de una crisis en la larga hostilidad planteada entre el Pontificado y el Imperio, ytambién el momento álgido en la querella de las investiduras, por la que el Papa reclamaba elderecho de elegir los dignatarios eclesiásticos, ya que los obispos y abades recibían solemnementede mano de los príncipes no sólo las tierras y bienes sino también el báculo y el anillo.
 
 Naturalmente, la cosa no era tan simple como a primera vista parece. Detrás de los báculos yanillos se agitaba un mundo de intereses y ambiciones terrenales.En cinco expediciones asoladoras el emperador Barbarroja había sembrado el pánico entre lasciudades itálicas. Unos años antes de nacer Francisco, las había emprendido el emperador con particular saña contra el condado de Asís, en cuyo recinto entró victorioso, recibiendo el homenajede los señores feudales y poniendo la bota imperial sobre la plebe levantisca y humillada.Al alejarse, dejó como lugarteniente al aventurero Conrado de Suabia para mantener sumiso al pueblo rebelde. Los aristócratas de Asís, aprovechando esta protección imperial, oprimieron a lossiervos de la gleba con nuevas y duras exigencias, unciéndolos al carro del vasallaje del que sehabían apeado anteriormente.Francisco nació en estos momentos en que la villa se mantenía vigilada por Conrado desde laformidable fortaleza de la Rocca, erguida amenazadoramente en lo alto de la ciudad. En estecontorno transcurrió la infancia de Francisco.Es una época amasada de contrastes y sumamente movida. Las alianzas se anudan y desanudan conla inconsistencia de las palabras escritas en el agua; suben y bajan las pequeñas repúblicas y losgrandes señoríos; hoy el emperador pide protección al Papa, y mañana lo depone o le contraponeun antipapa o entra a fuego por los muros de Roma.La serpiente de la ambición levanta su cabeza en las torres almenadas de los castillos, en los palacios lateranenses y en las fortalezas imperiales; las llamas siempre estaban de pie al viento; lascruzadas se parecen a un turbión que arrastra, en desatada mezcla, la fe y el aventurerismo, ladevoción y la sed de riqueza, la piedad con el Crucificado y la impiedad con los vencidos ...Al subir al pontificado Inocencio III, personalidad de gran empuje y alto corazón, las ciudadesitalianas levantaron cabeza exigiendo independencia, reclamando justicia y, en algunos casos,alzando el puño de la venganza. La rebeldía se extendió como ciego vendaval por toda la Italiacentral. En el condado de Asís, la revolución alcanzó alturas singulares. Era la primavera de 1198.Cuando el pueblo se enteró de que Conrado se había sometido en Narni a las exigencias del Papa,los asisienses subieron a la Rocca y, en el primer asalto, desmelenaron el soberbio bastión, sin dejar  piedra sobre piedra.Y con gran celeridad levantaron una sólida muralla alrededor de la ciudad con el material de laRocca desmantelada. Así se erigió la república de Asís, independiente del emperador y del Papa.Francisco tenía a la sazón 16 años.Las llamas de la venganza se encendieron por todas partes, atizadas por la ira popular, en contra delos opresores feudales. Ardieron sus castillos en el valle umbro, estallaron las torres almenadas,fueron saqueadas las casas señoriales, y los nobles tuvieron que refugiarse en la vecina Perusa.Entre los fugitivos se contaba una preadolescente de unos doce años llamada Clara.Los nobles asisienses refugiados pidieron auxilio a la eterna rival, Perusa, en contra del populachoasisiense que los había expulsado. Después de varios años de parlamentos, ofertas y amenazas, sedirimió el combate bélico en los alrededores de Ponte San Giovanni, lugar equidistante entre Perusay Asís. Era el verano de 1203.Aquí participó Francisco, que a la sazón tenía 20 años.Así asoma a la historia el hijo de Bernardone: peleando en una escaramuza comunal a favor de loshumildes de Asís. Los combatientes de Asís fueron completamente derrotados, y los sacaudalados fueron tomados como rehenes y deportados a la prisión de Perusa.Ahí tenemos a Francisco hecho prisionero de guerra en las húmedas mazmorras de Perusa.
 
Los castillos amenazan ruina.
Francisco era demasiado joven para absorber sin pestañear aquel golpe. A los veinte años, el almadel joven es una ánfora frágil. Basta el golpe de una piedrerita, y la ánfora se desvanece como unsueño interrumpido. Es el paso del tiempo y del viento lo que da consistencia al alma.Uno tiene la impresión de que los biógrafos contemporáneos pasan como volando por encima delos años de conversión de Francisco. Igual que los periodistas, los cronistas nos entregaronanécdotas. Pero, al parecer, no presenciaron o, al menos, no nos transmitieron el drama interior queorigina y explica aquellos episodios. Nada nos dicen de su conversión hasta la noche de Espoleto.Sin embargo, en esta noche cayó la fruta porque estaba ya madura.Para mí, en estos once largos meses de encierro e inactividad comienza el tránsito de Francisco.Para construir un mundo, otro mundo tiene que desmoronarse anteriormente. Y no hay granadasque arranquen de raíz una construcción; los edificios humanos mueren piedra a piedra. En la prisiónde Perusa comienza a morir el hijo de Bernardone y a nacer Francisco de Asís.Zeffirelli nos ofreció un bellísimo filme, Hermano sol, Hermana luna. Pero tampoco ahí se nosdesvela el misterio. Nada se nos insinúa de los impulsos profundos que dan origen a tanta belleza.La película se parece a un mundo mágico que, de improviso, emergiera nadie sabe de dónde nicómo. Es como imaginar el despegue vertical de un avión sin reactores. Nadie, salvo un masoquistaquímicamente puro, hace lo que Francisco en esas escenas: someterse a una existencia errante presentando un rostro feliz a las caras agrias, con la frente erguida ante las lluvias y las nieves,dulzura en la aspereza, alegría en la pobreza... Todo eso presupone una fuerte capacidad dereacción, que no aparece en la película, y un largo caminar en el dolor y la esperanza; presupone,en una palabra, el paso transformante de Dios por el escenario de un hombre.La Gracia no hace estallar fronteras. Nunca se vio que el mundo amanezca, de la noche a lamañana, vestido de primavera. El paso de un mundo a otro lo hizo Francisco lentamente, a lo largode dos o tres años, y no fue un estallido repentino sino una transición progresivamente armoniosa,sin dejar de ser dolorosa. Todo comenzó, según me parece, en la cárcel de Perusa.En toda transformación hay primeramente un despertar. Cae la ilusión y queda la desilusión, sedesvanece el engaño y queda el desengaño. Si; todo despertar es un desengaño, desde las verdadesfundamentales del príncipe Sakkiamuni (Buda) hasta las convicciones del Eclesiastés. Pero eldesengaño puede ser la primera piedra de un mundo nuevo.Si analizamos los comienzos de los grandes santos, si observamos las transformaciones espiritualesque ocurren a nuestro derredor, en todos ellos descubriremos, como paso previo, un despertar: elhombre se convence de que toda la realidad es efímera y transitoria, de que nada tiene solidez,salvo Dios.En toda adhesión a Dios, cuando es plena, se esconde una búsqueda inconsciente de trascendenciay eternidad. En toda salida decisiva hacia el Infinito palpita un deseo de libertarse de la opresión detoda limitación y, así, la conversión se transforma en la suprema liberación de la angustia.El hombre, al despertar, se torna en un sabio: sabe que es locura absolutizar lo relativo y relativizar lo absoluto; sabe que somos buscadores innatos de horizontes eternos y que las realidades humanassólo ofrecen marcos estrechos que oprimen nuestras ansias de trascendencia, y así nace la angustia;sabe que la criatura termina "ahí" y no tiene ventanas de salida y, por eso, sus deseos últimos permanecen siempre frustrados; y sobre todo sabe que, a fin de cuentas, sólo Dios vale la pena, porque sólo El ofrece cauces de canalización a los impulsos ancestrales y profundos del corazónhumano.En la cárcel de Perusa despertó Francisco. Allí comenzó a cuartearse un edificio. ¿Qué edificio?Aquel soñador había detectado, como un sensibilísimo radar, los sueños de su época, y sobre ellosy con ellos había proyectado un mundo amasado con castillos almenados, espadas fulgurantesabatiendo enemigos: los caballeros iban a los campos de batalla bajo las banderas del honor para

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