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Emmanuel Levinas. Arte y crítica

Emmanuel Levinas. Arte y crítica

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07/26/2013

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original

 
E
mmanuel
L
evinas
 
 Arte y crítica
 
P
or lo general, admitimos como dogma que la función del arte consiste en expresar, y que la expresión artística descansa sobre una certidumbre. Ya sea el pintor o el músico, elartista
dice 
. Dice lo inefable. La obra prolonga y rebasa la percepción vulgar. Lo que lasegunda vuelve trivial y deja de lado, la primera, coincidiendo con la intuición metafísica,lo capta en su esencia irreductible. Ahí donde el lenguaje común abdica, el poema o elcuadro hablan. Así, la obra, más real que la realidad, consuma la dignidad de laimaginación artística que se erige en saber de lo absoluto. Incluso descalificado comocanon estético, el realismo conserva todo su prestigio. De hecho sólo lo negamos ennombre de un realismo superior: el surrealismo es un superlativo.La propia crítica profesa este dogma. Entra en el juego del artista con toda la seriedad dela ciencia. A través de las obras, estudia la psicología, los caracteres, los medios, lospaisajes. Como si en el evento estético, un objeto fuese liberado por la curiosidad delinvestigador, el microscopio –o el telescopio– de la visión artística. Al lado del arte difícil, la crítica parece llevar una existencia parasitaria. Un fondo derealidad, inaccesible a la inteligencia conceptual, se vuelve su presa. O bien la críticasustituye al arte. ¿Acaso interpretar a Mallarmé no es traicionarlo? ¿Acaso interpretarlofielmente no es suprimirlo? Decir con claridad lo que él dice oscuramente es revelar la vanidad de su hablar oscuro.La crítica como función distinta de la vida literaria, la crítica experta y profesional, ya seacomo artículo de periódico, de revista o como libro, puede parecer sospechosa y desprovista de razón de ser. Pero tiene su fuga en el espíritu del escucha, del espectador,del lector. La crítica como el comportamiento mismo del público. No satisfecho condejarse absorber por el goce estético, el público siente una necesidad irresistible dehablar.Que el público tenga algo que decir, cuando el artista se niega a decir de la obra otra cosamás que la obra misma –que no podamos contemplar en silencio–, justifica la crítica.
 
Podemos definirlo así: el hombre que tiene algo que decir cuando todo ha sido dicho,¿qué otra cosa puede decir de la obra más que la obra misma?De ahí que tengamos el derecho de preguntarnos si verdaderamente el artista conoce y habla. En un prefacio o en un manifiesto –sin duda; pero entonces, él mismo es elpúblico. Si el arte no fuese originalmente ni lenguaje ni conocimiento –si se situara fueradel “ser en el mundo”, coextensivo a la verdad– la crítica se vería rehabilitada. Marcaríala intervención necesaria de la inteligencia para integrar a la vida humana y al espíritu lainhumanidad y la inflexión del arte. Tal vez la tendencia a captar el fenómeno estético en la literatura –allí donde la palabraes la materia del artista– explica el dogma contemporáneo del conocimiento por el arte.No siempre ponemos atención en la transformación que sufre la palabra en la literatura.El arte-palabra, el arte-conocimiento, trae consigo el problema del arte comprometido
engagé 
 ), que se confunde con el de la literatura comprometida.Subestimamos el terminado (el acabado), sello indeleble de la producción artística, pormedio del cual la obra queda esencialmente liberada ( 
degagée 
 ); el instante supremo cuandose da la última pincelada, cuando no hay una palabra mas que agregar al texto, cuando nohay una sola palabra que quitar, y por lo cual una obra es clásica. Acabamiento distintode la interrupción pura y simple que limita al lenguaje, a las obras de la naturaleza y de laindustria. Aun más, podríamos preguntarnos si no deberíamos reconocer un elemento dearte en la obra artesanal, en toda obra humana, ya sea comercial o diplomática, en lamedida en que además de la adaptación a su objetivo, presenta el testimonio de unacuerdo con un no se qué extrínseco del curso de las cosas, y que la pone fuera delmundo, como el pasado para siempre cumplido de las ruinas, como la inasible extrañezade lo exótico. El artista se detiene porque la obra se
rehusa 
a recibir algo más; parecesaturada. La obra se termina a pesar de las causas –sociales o materiales– que lainterrumpen. sta no se da como el comienzo de un diálogo.Este acabamiento no justifica necesariamente la estética académica del arte por el arte.Falsa formula, en la medida en que sitúa el arte por encima de la realidad y no lereconoce ningún dominio; fórmula inmoral en la medida en que libera al artista de sus

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