ALAIN DE BENOISTCOMUNISMO Y NAZISMO INTRODUCCIÓN«Antaño ciego ante el totalitarismo, el pensamiento es ahora cegado por él», escribía con razón AlainFinkielkraut en 1983 {[1]}.El debate inaugurado en Francia por la publicación del Libro negro delcomunismo constituye un buen ejemplo de esta ceguera .Otros acontecimientos que, regularmente, obligan a nuestros contemporáneos a enfrentarse con la historiareciente, también ilustran la dificultad de determinarse en relación con el pasado. Esta dificultad se ve hoyacentuada por la confrontación entre un enfoque histórico y una «memoria» celosa de sus prerrogativas,la cual tiende en lo sucesivo a afirmarse como valor intrínseco (habría un «deber de memoria»), en moralsustitutiva, o incluso en nueva religiosidad. Ahora bien, la historia y la memoria no tienen la mismanaturaleza. Desde diversos puntos de vista, incluso se oponen radicalmente .La memoria dispone, por supuesto, de su legitimidad propia, en la medida en que aspira esencialmente afundar la identidad o a garantizar la sobrevivencia de los individuos y los grupos. Modo de relaciónafectiva y a menudo dolorosa con el pasado, no deja de ser ante todo narcística. Implica un culto delrecuerdo y obsesiva remanencia del pasado .Cuando se basa en el recuerdo de las pruebas sufridas, estimula a quienes se reclaman de las mismas asentirse titulares de la máxima pena y sufrimientos, por la sencilla razón de que siempre se siente conmayor dolor el sufrimiento experimentado por uno mismo .(Mi sufrimiento y el de mis allegados es, por definición, mayor que el de los demás, puesto que es elúnico que he podido sentir.) Se corre entonces un gran riesgo de asistir a una especie de competenciaentre las memorias, dando a su vez lugar a una competencia entre las víctimas .La memoria es, además, intrínsecamente belígena. Necesariamente selectiva, puesto que se basa en una«puesta en intriga del pasado» (Paul Ricoeur) que implica necesariamente una elección — por lo cual elolvido es necesariamente constitutivo de su formación —, imposibilita cualquier reconciliación,manteniendo de tal forma el odio y perpetuando los conflictos. Al abolir la distancia, la contextualización,es decir, la historización, elimina los matices e institucionaliza los estereotipos. Tiende a representar elencadenamiento de los siglos como una guerra de los mismos contra los mismos, esencializando de talmodo a los actores históricos y sociales y cultivando el anacronismo .Como lo han señalado certeramente Tzvetan Todorov y Henry Rousso, {[2]}memoria e historiarepresentan en realidad dos formas antagónicas de relacionarse con el pasado .Cuando esta relación con el pasado avanza por el camino de la memoria, nada le importa la verdadhistórica. Le basta con decir: «¡Acuérdate!» La memoria empuja de tal modo a replegarseidentitariamente en unos sufrimientos singulares que se juzgan incomparables por el solo hecho deidentificarse con quienes han sido sus víctimas, mientras que el historiador tiene, por el contrario, queromper en toda la medida de lo posible con cualquier forma de subjetividad .La memoria se mantiene mediante conmemoraciones; la investigación histórica, mediante trabajos. La primera está al abrigo de dudas y revisiones. La segunda, en cambio, admite por principio la posibilidadde ser cuestionada, en la medida en que aspira a establecer hechos, aunque estén olvidados o resultenchocantes para la memoria, y a situarlos en su contexto con objeto de evitar el anacronismo. El enfoquehistórico, para ser considerado como tal, tiene, con otras palabras, que emanciparse de la ideología y del juicio moral. Ahí donde la memoria exige adhesión, la historia requiere distanciación .Es por todas estas razones, como lo explicaba Paul Ricoeur en el coloquio «Memoria e historia».organizado el 25 y 26 de marzo de 1998 por la Academia Universal de Culturas de la Unesco, por lo quela memoria no puede sustituir a la historia. «En un Estado de derecho y en una nación democrática, lo queforma al ciudadano es el deber de historia y no el deber de memoria». escribe por su parte PhilippeJoutard.{[3]} La memoria, por último, se hace exorbitante cuando pretende anexionarse la justicia. Ésta,
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