Rev. Filosofía Univ. Costa Rica, XLIII (108), 175-181, Enero-Abril 2005
I.
A cuarenta años de mi incorporación alCírculo, un primer aspecto que se destaca en misrecuerdos es el relativo al manejo de la historiao tradición del Círculo por parte de RobertoMurillo Zamora y Ramón Madrigal Cuadra
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.Para decidir sobre cualquier asunto invocabanacuerdos pertinentes, pero las actas siempre bri-llaban por su ausencia. Sin embargo, tal procederno se podía objetar, puesto que ellos encarnabanla memoria viviente del Círculo de Estudios.Tanto, que por mucho tiempo simplemente asumí que Roberto Murillo, en especial, era fundadordel mismo, para muy posteriormente tener quereconocer mi error.Algunos libros de actas, luego simples cua-dernos, sobrevivieron y los conocimos poste-riormente gracias a la vocación histórica delProf. Jorge Enrique Guier Esquivel. Ahora pare-cen nuevamente inalcanzables, puesto que JorgeEnrique los entregó a Adolfo Chacón, quien, en1956, como estudiante de cuarto año del Colegiode San Luis Gonzaga, fue uno de los miem-bros fundadores del Círculo Alejandro AguilarMachado. Según Adolfo, los entregaría a losArchivos Nacionales. Pero no tengo informaciónde si están disponibles o en depósito.De nuevo, respecto de la fundación, resultaque Roberto Murillo fue el único estudiante delquinto año que en ese entonces fue invitado aformar parte del Círculo recién fundado, comose dijo antes, por estudiantes del cuarto año. Loschoques generacionales también estuvieron pre-sentes en el inicio de la historia del grupo.
II.
Las celebraciones especiales delCírculo, por ejemplo, los aniversarios de funda-ción, se llevaban a cabo en el salón del sótanodel Hotel Holanda, costado norte del Parque
Guillermo Coronado
El Círculo de Cartago. Remembranzas.
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Jiménez, donde había estado el Chalet de losTroyo. Manifestación del más sofisticado “epi-cureísmo”, según la maledicencia típica de laspequeñas ciudades como Cartago, aunque elconsumo no era más que una taza de café y algu-na repostería. También es de reconocer que losmiembros antiguos creaban una atmósfera tal entorno a tales eventos, que yo mismo no sabía quése podía esperar.También se debe recordar las fiestas de navi-dad con sus intercambios de regalos, que siempreeran libros, tradición que se mantiene hasta elpresente. Aunque en la primera época cartaga,las celebraciones navideñas se complementabancon una fiesta de navidad para los niños delSanatorio Durán, y ello requería grandes esfuer-zos dadas las muy exiguas arcas de la tesorería yde los circulistas.
III.
Después de las inundaciones de Cartago,a fines de 1963, como resultado de las erupcionesdel volcán Irazú desde marzo del mismo año,resulta de obligatorio recuerdo que el acompa-ñar a Jorge Araya hasta el puente del ferrocarrilen San Nicolás alcanzaba matices dramáticos.Cuando Jorge llegaba a la mitad del largo reco-rrido, que realizaba equilibrándose sobre losrieles del puente que cruzaba la gran explanadacubierta por la masa de barro, se le atacaba conuna lluvia de proyectiles. Ramón Madrigal, loshermanos Castillo Rojas –Marco y Roberto–,entre otros eran los autores de tal maldad. JorgeAraya se dedicaba a las matemáticas y ejerció ladocencia en varias instituciones nacionales.
IV.
La invitación a asistir al Círculo me lahizo Ramón Madrigal en el año de 1964, segun-do semestre, en el corredor frente al reloj de la
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