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Las elecciones de 2004 y la opinión públicanorteamericana
Noam Chomsky*
Las elecciones de noviembre de 2004 han sido objetode un gran debate, produciendo exultación en algunossectores, desesperación en otros y un lamento generalpor la “nación dividida”. Las mismas habrán de tenerposiblemente consecuencias políticas especialmentedañinas en el ámbito interno y para el resto delmundo, habida cuenta de la “transformación de lacuestión militar” en los Estados Unidos, la cual ha lle- vado a algunos destacados analistas de temas estraté-gicos a alertar sobre el “desastre definitivo” y a confiaren que el militarismo y la agresividad estadounidensessean enfrentados por una coalición de países amantesde la paz, liderados por... ¡China! (Steinbrunner y Gallagher, 2004). Hemos arribado a un verdaderoberenjenal cuando tales palabras son expresadas enlas revistas más respetadas y serias. Esto también dicealgo acerca de la desesperanza de estos autores acer-ca del estado de la democracia norteamericana. Encuanto a si la evaluación está justificada, es un temaque le compete determinar a los activistas.
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 Profesor de Lingüística, Massachussets Instituteof Technology (MIT),Cambrigde Estados Unidos.Traducción: Atilio Boron
 
Si bien significativas en cuanto a sus consecuencias, las elecciones nos dicen muy pocoacerca del estado del país o sobre el ánimo popular. Sin embargo, existen otras fuentesde las cuales podemos aprender sobre ello y sacar importantes lecciones. La opiniónpública en Estados Unidos está sometida a un intensivo monitoreo, y si bien siempre serequiere precaución y cuidado en la interpretación de los datos, los estudios sobre ellaofrecen valiosas claves interpretativas. Por eso se entiende que sus resultados, que sonpúblicos, se mantengan alejados del escrutinio general por las instituciones encargadasde resguardar la pureza de las creencias e ideas sociales. Esto es válido aun para impor-tantes y muy informativos sondeos de opinión pública divulgados inmediatamente antesde las elecciones, especialmente por el Consejo para las Relaciones Internacionales deChicago (
Chicago Council on Foreign Relations
, CCFR) y el Programa Sobre ActitudesPolíticas Internacionales (
Program on International Policy Attitudes
, PIPA) de laUniversidad de Maryland, a los cuales volveré a referirme.Una primera conclusión que puede extraerse de estos estudios es que las elecciones nootorgaron ningún mandato efectivo; o en realidad, prácticamente ni siquiera ocurrieronen ningún sentido serio de la palabra “elección”. Esto no es de manera alguna una con-clusión novedosa. La victoria de Reagan en 1980 reflejó “la declinación de las estructu-ras partidarias organizadas, y la amplia movilización de Dios y del dinero para la exitosacandidatura de una figura otrora marginal respecto al ‘centro vital’ de la vida política deEstados Unidos”, representando “la continuada desintegración de aquellas coalicionespolíticas y estructuras económicas que habían conferido cierta estabilidad y definición ala política basada en los partidos durante la última generación” (Ferguson y Rogers,1981). En la misma valiosa colección de ensayos, Walter Dean Burnham describió a estaelección como una evidencia adicional de la “crucial peculiaridad comparativa del siste-ma político de Estados Unidos: la total ausencia de un partido socialista o laborista demasas como competidor organizado en el mercado electoral” (Burnham, 1981), lo queexplica gran parte de las “tasas de abstención sesgadas en función de la clase social” yla mínima importancia que los electores le asignan a los temas de la campaña. En estesentido, del 28% del electorado que votó a Reagan en 1980, el 11% dio como princi-pal razón que “es un verdadero conservador”; mientras que en la “aplastante victoria” deReagan en 1984 –con muy poco menos del 30% del electorado– dicho porcentaje seredujo al 4%, y la mayoría de sus votantes alentaba la esperanza de que su programalegislativo no fuera adoptado.Lo que estos prominentes politólogos describen es parte de una poderosa reacción adver-sa a la aterradora “crisis de la democracia” de los años sesenta, la cual amenazaba condemocratizar la sociedad y que ha tenido –a pesar de los enormes esfuerzos para aplas-tar esta amenaza al orden y la disciplina– efectos de gran alcance sobre la conciencia ylas prácticas sociales. La era posterior a los años sesenta ha estado signada por un sus-
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tancial crecimiento de los movimientos populares dedica-dos a una mayor justicia y libertad, y por un rechazo a tole-rar la brutal agresión y violencia a las que previamente seles había dado rienda suelta. La guerra de Vietnam es unadramática ilustración de ello, naturalmente suprimida debi-do a las lecciones que enseña respecto al impacto civiliza-dor de la movilización popular. La guerra contra Vietnamdel Sur lanzada por John F. Kennedy en 1962, tras años deterrorismo de estado apoyado por los Estados Unidos quehabía matado a decenas de miles de personas, fue brutaly bárbara desde el comienzo: bombardeos, guerra quími-ca para destruir cosechas con miras a aplastar por mediodel hambre el apoyo civil a la resistencia nativa, programaspara arrear a millones de personas a virtuales campos deconcentración o a decadentes ghettos urbanos para elimi-nar su base popular. En el momento en que las protestasalcanzaron una escala sustancial, Bernard Fall, un especia-lista en Vietnam e historiador militar muy respetado y bas-tante cercano a los halcones, se preguntaba si “Vietnam,como entidad cultural e histórica” podría escapar a la“extinción” a medida que “sus campos y selvas literalmen-te mueren bajo los golpes asestados por la mayor maqui-naria militar jamás lanzada sobre un área de este tamaño”,en especial Vietnam del Sur, siempre el principal objetivodel asalto estadounidense. Y cuando la protesta finalmen-te adquirió relieve, con demasiados años de atraso, estuvoprincipalmente dirigida contra los crímenes periféricos: laextensión de la guerra al resto de Indochina. Crímenesterribles, pero secundarios.Los gobernantes y administradores estatales están muyconscientes del hecho de que ya no tienen dicha libertad.Las guerras contra “enemigos mucho más débiles” –losúnicos objetivos aceptables– deben ser ganadas “enforma decisiva y rápida”, aconsejaron los servicios de inte-ligencia del primer Bush. La dilación podría “socavar elapoyo político”, reconocidamente endeble; ciertamenteun gran cambio desde el período Kennedy-Johnsoncuando el ataque contra Indochina, que si bien nunca fuepopular, por muchos años produjo solamente una reac-
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“Los gobernantes y administradoresestatales están muy conscientesdel hecho de que ya no tienen dichalibertad.Las guerrascontra ‘enemigos mucho más débiles’ –los únicos objetivosaceptables–deben ser ganadas‘en forma decisiva y rápida’,aconsejaronlos serviciosde inteligenciadel primer Bush” 
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