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LAS TENTACIONES DE SAN ANTONIO
Gustave Flaubert
ÍNDICECapítulo I....................................................................................................1Capítulo II.................................................................................................10Capítulo III................................................................................................23Capítulo IV................................................................................................32Capítulo V.................................................................................................80Capítulo VI..............................................................................................112Capítulo VII............................................................................................118Léxico de nombres mitológicos e históricos.............................................133A B C D E F G H I J  L M  N O P Q  S T U V Z ILa acción transcurre en laTebaidaen lo alto de una montaña, encima deuna explanada en forma de media luna, a la que cercan unas gruesas piedras.La cabaña del ermitaño ocupa el fondo de la misma. Está hecha de barro y carrizo, tiene el tejado plano, carece de huerta. En su interior puedenverse un cántaro y un pan moreno; en medio, sobre un facistol de madera, unlibro grueso; por el suelo, aquí y allá, hay filamentos de espartería, dos o tresesteras, una cesta, un cuchillo.A diez pasos de la cabaña hay una cruz muy alta plantada en el suelo, yal otro extremo de la explanada, una vieja palmera torcida se inclina sobre elabismo, pues la montaña es escarpada, y el Nilo parece formar un lago al piedel acantilado.La vista se halla limitada, a derecha e izquierda, por el cercado queforman las rocas. Pero mirando hacia el desierto, como si fueran playas que sesucedieran unas a otras, hay unas inmensas ondulaciones paralelas de color rubio ceniciento que se van extendiendo en sentido ascendente. Luego, allendelas arenas, muy lejos, la cadena líbica forma un muro de color tiza,
 
ligeramente difuminado por vapores violetas. Enfrente, empieza a ponerse elsol. El cielo, por el norte, tiene un matiz gris perla mientras que en el cenitunas nubes de color púrpura, dispuestas como las vedijas de unas crinesgigantescas, se diluyen por la bóveda azul. Estos rayos de luz semejantes allamas se van oscureciendo y las partes de cielo adquieren una palideznacarada; los matorrales, las piedras, la tierra, todo ahora parece duro como el bronce. Y en el espacio flota un polvillo de oro tan fino que se confunde con lavibración de la luz.SAN ANTONIOque lleva la barba larga, cabellos largos y una túnica de piel de cabra, estásentado con las piernas cruzadas, haciendo esteras. En cuanto el soldesaparece, da un gran suspiro y dice mirando al horizonte:¡Un día más! ¡Ha pasado otro día! No obstante, yo antaño no me sentía tan miserable. Antes de queacabara la noche, empezaba a rezar mis oraciones; luego bajaba al río a por agua y subía después por el áspero sendero, con el odre al hombro, cantandohimnos. Más tarde, me entretenía ordenándolo todo en mi cabaña. Tomaba misherramientas, trataba de que las esteras quedaran muy uniformes y las cestas,ligeras, pues hasta mis más insignificantes acciones me parecían entoncesdeberes que nada de penoso tenían.Abandonaba mi tarea a horas regulares y, rezando con los brazos encruz, sentía como si se derramase una fuente de misericordia desde lo alto delcielo hasta mi corazón. Ahora, esa fuente está seca. ¿Por qué?
Pasea por el recinto de las rocas, lentamente.
Todos me censuraban cuando me fui de casa. Mi madre cayó al suelomoribunda, mi hermana me hacía señas desde lejos para que volviese y la otra,Amonaria, lloraba. Amonaria era esa niña con quien me tropezaba cada tarde aorillas del aljibe, cuando llevaba allí a sus búfalos. Se echó a correr detrás demí. Las ajorcas de sus pies brillaban entre el polvo y su túnica, abierta hastalas caderas, flotaba al viento. El anciano asceta que me llevaba consigo lainsultó a gritos. Nuestros dos camellos seguían galopando; y después no hevuelto a ver a nadie.Primero elegí por vivienda la tumba de un Faraón. Pero en esos palaciossubterráneos circulan hechizos y las tinieblas parecen más densas debido a losantiguos vapores de las hierbas aromáticas. Del fondo de los sarcófagos oíaelevarse una voz doliente que me llamaba; o veía cobrar vida, de pronto, a lascosas abominables que allí había, pintadas en la paredes. Así que huí hastallegar a orillas del Mar rojo, y me instalé en una ciudadela en ruinas. En aquellugar tenía por compañía a unos alacranes que se arrastraban por entre las piedras y, por encima de mi cabeza, daban continuamente vueltas las águilasen el cielo azul. Por las noches, sentía garras que me laceraban, picos que se
 
hincaban en mis carnes, alas blandas rozándome... Incluso una vez, las gentesde una caravana que iba camino de Alejandría tuvieron que acercarse asocorrerme y luego me llevaron con ellos.Entonces quise instruirme junto al buen ancianoDídimo. Aun estandociego, nadie lo igualaba en cuanto a conocimiento de las Escrituras. Cuandoacababa la lección, me pedía que le diera el brazo para dar un paseo. Yo lollevaba hasta el Paneo, desde el cual se divisa elFaroy la alta mar. Volvíamosseguidamente por el puerto, codeándonos con hombres de todas las naciones,hasta concimeriosvestidos con pieles de oso, y gimnosofistas del Ganges,untados de boñiga de vaca. Pero siempre tropezábamos con algún disturbio enlas calles, a causa de los judíos que se negaba a pagar los impuestos, o de lossediciosos que querían expulsar a los romanos. Además, la ciudad está llenade herejes, de sectarios deManés, deValentín, deBasílides, deArrio, que tratan de acaparar a la gente y de convencerla.En ocasiones me vuelven sus discursos a la memoria. Aunque uno noquiera hacerles caso, siempre consiguen turbar.Me refugié enColzimy mi penitencia fue tan extremada que ya no letenía miedo a Dios. Hubo personas que se reunieron a mi alrededor parahacerse anacoretas. Yo les impuse una regla práctica, basada en el odio a lasextravagancias de laGnosisy a las aseveraciones de los filósofos. De todas partes me enviaban mensajes. Venían a verme desde muy lejos.Entretanto, el pueblo torturaba a los confesores y la sed de martirio queyo sentía me arrastró a Alejandría. La persecución había cesado tres días atrás.Ya regresaba cuando un montón de gente me hizo detenerme ante eltemplo deSerapis. Era –me dijeron- el último escarmiento que quería hacer elgobernador. En medio del pórtico, a pleno sol, había una mujer desnuda atadaa una columna; dos soldados la azotaban con correas; a cada golpe, todo sucuerpo se retorcía. Se volvió hacia mí con la boca abierta y, por encima de lamultitud, a través de los largos cabellos que le tapaban la cara, creí reconocer a Amonaria. No obstante, ésta era más alta... y hermosa... ¡Prodigiosamentehermosa!
Se pasa las manos por la frente.
¡No, no! ¡No quiero pensar más en ello!En otra ocasión,Atanasiome llamó para que lo ayudase contra losarrianos. Todo se limitó a unas cuantas invectivas y risotadas. Pero a partir deentonces fue calumniado, depuesto y tuvo que huir. ¿Dónde estará ahora? ¡Nolo sé! Nadie se preocupa de traerme noticias... ¡Todos mis discípulos me hanabandonado,Hilariónigual que los demás!Tal vez tuviera quince años cuando llegó; y tan ávida de saber sehallaba su mente que a cada momento me estaba haciendo preguntas. Luegoescuchaba con aire pensativo, y todas las cosas que yo necesitaba, él me las
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