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Actualmente, al menos 15 millones demexicanos sufren neurosis,
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trastornoque se manifiesta como miedo, ansie-dad, depresión y otras fobias, ya sea jalarse el cabello, comerse las uñas ydemás tics. Esta cifra, que equivale a14% de la población nacional calcula-da en cerca de 107 millones de habi-tantes, estadísticamente se adhiere al1% de la población mundial que padecealgún problema vinculado con la depre-sión leve o severa constante, en la queel individuo no es capaz de controlarsus emociones, arrastrándolo a unacrisis de personalidad que general-mente terminará psicotizándolo.
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La elaboración del perfil social es la prime-ra barrera que hay que librar para atenderefectivamente al paciente, pero tambiéneste trámite es uno de los más difíciles,pues 90% de los internos son abandona-dos por su familia, la cual decide delegarsu cuidado al Estado, condenándolos deeste modo a vivir una “muerte geográficade olvido y aislamiento.
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í, yo lo maté! Y lo maté porque representaba lo más sucio y as-queroso de mí; mis miedos, mis perversiones y todos esos secre-tos que había acumulado en mi cerebro de manera inconscientea lo largo de 30 años; me dolían los dedos, vi la sangre y entonces escapé.No sé cuánto tiempo pasó, pero tampoco me interesaba saberlo. Me escu-chaba respirar y sólo eso me importaba.Estaba cansado y, en consecuencia, el sueño me vencía, así que nopude más que escuchar la sentencia del juez que me miraba fijamente,¡60 años! dijo de manera tajante, y en aquel último pestañeo de luz, sóloalcancé a ver un seis en el reloj de la pared, lo cual era curioso porque esefue justo el número de veces que lo acuchillé. Quise llorar, pero no encon-tré la culpa, así que decidí quedarme mudo en señal de duelo.Hoy me siguen doliendo los dedos. Ya no veo sangre, pero sé queestoy muerto y, sin embargo, sigo escuchando mi respiración, como uneco culposo que se hace más fuerte con el ocaso del atardecer. El miedome invade; ahora me duele el estómago y sé que pronto oscurecerá, peroquiero pensar que esto es sólo un sueño y que aquel seis es el gráfico neónde mi despertador que en cualquier momento comenzará a sonar.Situaciones como esta han alarmado a la Organización Mundial de la Sa-lud, la cual asegura que para 2020
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la depresión será la segunda causade incapacidad médica en el mundo, por lo que la salud mental debieracomenzar a considerarse como un problema de seguridad nacional.Pero… ¿qué es un enfermo mental y cómo se le diagnostica?, ¿qué esun psiquiátrico, quienes lo habitan? Desde aquí comenzaremos nuestrainvestigación.
Hospital Psiquiátrico Samuel Ramírez Moreno
Hace mucho que no sentía tanto frío y sé que es mi psique actuando,pero, ¿a quién no le da miedo ir al doctor? Hace 20 minutos que el ho-rario de consulta terminó, y creo que la espera es lo que en realidad meenferma. Repentinamente sale Ivonne,
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atareada y con las manos metidasen su reluciente bata blanca; da indicaciones al guardia para que me dejepasar y finalmente sonríe.Entramos. Me invita un café y, en vez de responderle, mi ansiedadme orilla a preguntar: ¿Perdón, qué es un loco? Un loco —responde— esaquel que evade la realidad y construye la suya, aunque el término oficiales enfermo mental. Aquí —continúa— somos expertos en el manejo depacientes psiquiátricos crónicos que ya han pasado por dos o más hospi-tales, donde no han sido bien diagnosticados, pues a la mayoría se lescalifica como esquizofrénicos, patología que afecta a 1% de la poblaciónmundial, motivo por el que cualquier psicosis, erróneamente, se atribuyea esta estadística.Para realizar un diagnóstico más certero —agrega— tratamos de ha-cer una historia de vida con los datos que el paciente puede proporcionar-
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nos, pero cuando llegan ya vienen polimedicados, ya les metieron todala farmacia y eso los daña, porque les baja los índices de alucinación ydelirio, pero no los cura.Ya me ha servido el café, le doy un sorbo y nuevamente cuestiono: En-tonces, ¿por cuánto tiempo se quedan los pacientes que llegan aquí? Enconsulta externa —dice— tenemos que darles seguimiento mínimo detres meses, pero la mayoría de los que ya están dentro, generalmenteingresan por causas penales, así que pueden pasar años internados, yaque se les declara inconscientes y, por ello, no se les puede juzgar porla vía legal.Lo triste son los pacientes que sí han logrado avances significativosen su conducta y que no están bajo proceso. A ellos la familia les guardaresentimientos, se cambia de casa y no vuelve a pararse aquí, y mientrasno haya quién firme y se responsabilice de su control médico, no se lespuede dar de alta. En nuestro país no tenemos una cultura del enfermomental, aún no entendemos que alguien pueda tener un padecimientoy seguir siendo funcional.Inesperadamente su celular interrumpe la charla. La experta lo apar-ta sin apagarlo; hace una pausa y mientras medita, pienso que no debítomarme ese café, porque ya me dieron ganas de ir al sanitario, peroprefiero continuar la entrevista, así que retomo: Y... además de me-dicarlos y de la terapia psicológica, ¿de qué otra manera se trata a unpaciente? Primero —abunda— hay que hacerlo consciente, porque sitiene conciencia de su enfermedad, ya avanzó 50%, porque es cuandoempieza realmente a aceptar su proceso de muerte.Su respuesta me hace ruido. Ya no pienso. La duda me carcome y en-tonces le pregunto sobre los cuartos acolchados y las camisas de fuerza(con los que creo se controla a los pacientes agresivos). Me mira, mueveun poco la cabeza y de nuevo ríe: Eso —precisa— sólo existe en laspelículas, si alguien entra en crisis, ya no hay camisas de fuerza porquehay sedantes y es mejor tenerlo dormido que sujeto, porque así gene-ras mayor agresión; tampoco hay electrochoques, éstos sólo se aplicancuando el paciente ha tenido intentos de suicidio y no responde a losmedicamentos, pero son procesos poco habituales.En cuanto a las mujeres, los casos más comunes que atienden son pordepresión, y afirma que los hombres acuden por problemas de farmaco-dependencia y personalidad dependiente, que se manifiestan cuando elsujeto ya no es capaz de tomar decisiones, se hace pasivo y no generacírculos de relación, a menos que los conduzcan los demás. Sobre todoen pacientes jóvenes, hemos detectado que el hombre se está dejandoconvencer de que ya no tiene valor, señala Ivonne.Otro caso que se ha incrementado es la distimia, trastorno neuroló-gico causado por la falta de un neurotransmisor que elimina los recep-tores de la serotonina, rompe la sinapsis y el paciente se vuelve depresi-vo crónico. En nuestras estadísticas actuales esta condición se reportacomo uno de los padecimientos más frecuentes.
Aquí todos saben que van a morir, y eso esmuy sano porque empiezas a trabajar en laformación de la familia. Tú, como médico,te conviertes en su mamá o su papá, y suscompañeros en hermanos y entonces sonuna gran familia. Si trabajas de esta for-ma en un pabellón, disminuye el índice deagresión y lesiones.
 
El origen del padecimiento distímico es mul-tifactorial y, por lo tanto, aún no es certero,porque suele confundirse con la bipolaridady la depresión severa,
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aunque en estecaso el paciente no es capaz de generarfelicidad, es decir, se vuelve incapaz decambiar de estado de ánimo, agudizandosu estado de tristeza, soledad y vacío; llo-ra de manera excesiva, se vuelve irritable ypierde la capacidad de concentrarse. Ade-más sufre alteraciones de sueño y alimen-tación (excesivas o insuficientes) que seprolongan como base por periodos de dosaños y continúan a menos que al pacientese le medique.
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