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a primera primavera después de la guerrafue en el Alto Don excepcional: llegó impe-tuosa, y el deshielo se produjo rápido, a untiempo. A fines de marzo, soplaron de lascostas del mar Azov templados vientos y, dos días mástarde, ya estaban completamente desnudas las arenasde la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose,la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientraslos riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corríanretozones, primaverales, y los caminos se ponían casiintransitables.En esa mala época de caminos anegados me cupoen suerte ir a la stanitsa de Bukanovskaia. Y aunque ladistancia no era grande —cerca de sesenta kilómetros—no resultó tan fácil recorrerla. En compañía de unos ca-maradas, partí antes de salir el sol. Un par de caballosbien cebados, tensos como cuerda de guitarra los tiran-
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