practicar exorcismos. Si bien aceptó la existencia de exorcismos indicó que estas prácticas estaban en la jurisdicción del párroco de la localidad donde se producían loshechos. En este caso, del sacerdote Modesto López. No necesitaba más. Con aquella confirmación, fui a las oficinas parroquiales, en elCentro histórico, a solicitarle una entrevista. Pasé varios días esperando la ansiada cita pero esta no llegaba. Entonces se me ocurrió una idea, en verdad fue un ardid, que buscaba forzar la atención del padre en nuestra dirección. Tomé un pedazo de papel y leescribí un breve mensaje que, más o menos, decía: “Me urge hablar con usted. Caso:exorcismo”. A continuación, puse mi nombre y los teléfonos del periódico, y se loentregué a la secretaria.Esa misma tarde, mientras editaba las planas de los redactores, recibí el telefonazo. Erael padre López. “¿Dónde estás?”, preguntó. Intenté explicarle, pero me atajó con untono de voz que me heló la sangre, ordenándome ir de inmediato a buscarlo. Me indicóque ingresara por un costado de la iglesia, frente al antiguo café del Teatro Nacional.Llamé a Jacinta. Con una mezcla de regocijo y miedo, salimos al centro. Han pasadomuchos años, pero todavía se me eriza la piel cuando recuerdo lo que ocurrió despuésde que nos recibiera el padre López en la sacristía.2. Muy pocos son capaces de no experimentar pavor ante la presencia del Maligno. Noimporta cuál sea su encarnadura. Aunque algunos pasajes de las Escrituras hablan de untiempo ancestral, en la protohistoria, en donde ocurrió la derrota del Mal, la evidencia parece probar que aquel sigue actuando y acechando el alma de los pobres mortales.Salarrué, uno de nuestros principales literatos, cuenta sobre el encuentro y la enigmáticoconversación del narrador con el mismísimo Demonio. El cuento se llama “Eso”. Pero,sorprendámonos, en dicha historia el Maligno no es el ser de cola larga y aspectosiniestro, como nos ha sido representado por el catecismo cristiano, sino un ser pletóricode belleza y luz.En eso pensaba yo cuando íbamos, con Jacinta, abordo de mi pequeño Nissan, aenfrentarnos con el párroco de la catedral, a quien, literalmente, había timado para poderlo interrogar sobre las prácticas de exorcismo que, según sabíamos, tenían lugar enCatedral.
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