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El Mártir de las Catacumbas
 
PrefacioCapítulo 1:
EL COLISEO
 
--- Cruel carnicería para diversión de los romanos.
 Capítulo 2:
EL CAMPAMENTO PRETORIANO
---
Cornelio, el centurión, varón justo y temeroso de Dios.
 Capítulo 3: LA VIA APIA ---
Sepulcros en despliegue de melancolía. Guardan de lospoderosos las cenizas Que duermen en la Vía Apia.
 Capítulo 4: LAS CATACUMBAS ---
Nada de luz, sino sólo tinieblas Que descubríancuadros de angustia, Regiones de dolor, funestas sombras.
 
Capítulo 5:
EL SECRETO DE LOS CRISTIANOS
 
--- El misterio de la piedad,Dios manifestado en carne.
 
Capítulo 6: LA
GRAN NUBE DE TESTIGOS
---
Todos estos murieron en fe.
 Capítulo 7:
LA CONFESION DE FE
---
Y también todos los que quieren vivirpíamente en Cristo Jesús, padecerán persecución.
 Capítulo 8:
LA VIDA EN LAS CATACUMBAS
---
¡Oh tinieblas, tinieblas,tinieblas al ardor del sol del medio día, Oscuridad irrevocable, eclipse total, Sin esperanzaalguna de que venga el día!
 Capítulo 9:
LA PERSECUCION
---
La paciencia os es necesaria, para que despuésque hayáis hecho la voluntad de Dios, recibáis la promesa.
 
Capítulo 10:
LA CAPTURA
 
---
La prueba de vuestra de obra paciencia.
 Capítulo 11:
LA OFRENDA
---
Nadie tiene mayor amor que este, que ponga algunosu vida por sus amigos.
 
Capítulo 12:
EL JUICIO DE POLIO
---
De la boca de los pequeñitos y de los quemaman, perfeccionaste la alabanza.
 
 
Capítulo 13:
LA MUERTE DE POLIO
---
Sé fiel hasta la muerte y yo te daré lacorona de vida.
 Capítulo 14:
LA TENTACION
---
Todo esto te daré si postrado me adorares.
 Capítulo 15:
LUCULO
---
La memoria del justo será bendita.
 
EL MARTIR DE LAS CATACUMBASUn Episodio de la Roma AntiguaPREFACIO
 
HACE MUCHOS A
 ÑOS que fue publicada una historia anónima titulada
 El Mártir delas Catacumbas: Un episodio de la Roma antigua.
Un ejemplar fue providencialmente rescatadode un barco de vela americano y encuentra en poder del hijo del Capit
án Richard Roberts, quien
comandaba aquella nave y tuvo que abandonarla en alta mar como consecuencia del desastrosohurac
án ocurrido en enero de 1876.
 Cuidadosamente reimpresa, presentamos aqu
í aquella obra, habiendo sido celosamente
fieles al original aun en su t
ítulo. Sacamos a la l
uz esta edici
ón, animados de la viva esperanza de
que el Se
ñor la haya de emplear para hacerles ver a los fieles que reflexionan, como también a
los descuidados y desprevenidos y a sus descendientes en estos
últimos días malos, este
palpitante cuadro de c
ó
mo sufrieron los santos de los primeros tiempos por su fe en nuestroSe
ñor Jesucristo, bajo una de las persecuciones más crueles de la Roma pagana, y que en un
futuro no lejano se pueden repetir con la misma intensidad de la ira sat
ánica, mediante el mismo
 Imperio Romano de inminente renacimiento.Ojal
á pueda despertar nuestra conciencia al hecho de que, si el Señor tarda en su venida,
hemos de vernos en el imperativo de sufrir por El que voluntariamente tanto sufri
ó por nosotros.
 La Biblia ya no ocupa el leg
ítimo lugar que le corresponde en nuestros colegios y
universidades; la oraci
ón familiar es un hábito perdido; nuestro Señor Je
sucristo, el unig
énito y
bienamado Hijo del Dios viviente, es desacreditado y deshonrado precisamente en casa deaquellos que profesan ser sus amigos; el testimonio en corporaci
ón ha desaparecido de la tierra;
no se obedece el llamado a Laodicea al arrepentimiento; y es as
í que la promesa del Señor de la
comuni
ón con El está librada sólo al individuo.
 Y aun a nosotros en estos d
ías puede alcanzarnos la promesa, a Smirna: "Sé fiel hasta la
muerte y yo te dar
é la corona de la vida."
 
 
La sangre de los m
ártires de Rusia y Alemania cla
ma desde la tierra, cual admonici
ón a
los cristianos de todos los pa
íses.
 Pero a
ún podemos arranca
r de nuestras almas el clamor anhelante: "Ven, Se
ñor Jesús;
ven pronto."
Hartsdale, N. Y. Richard L. Roberts
1
EL COLISEO 
Cruel carnicería para diversión de los romanos.
ERA UNO DE LOS GRANDES D
ÍAS de fiesta en Roma. De todos los extremos del país
las gentes converg
ían ha
cia un destino com
ún. Recorrían el Monte Capitolino, el Foro, el
Templo de la Paz, el Arco de Tito y el palacio imperial en su desfile interminable hasta llegar alColiseo, en el que penetraban por las innumerables puertas, desapareciendo en el interior.All
í se encontraban frente a un escenario maravillo
so: en la parte inferior la arenainterminable se desplegaba rodeada por incontables hileras de asientos que se elevaban hasta eltope de la pared exterior que bordeaba los cuarenta metros. Aquella enorme extensi
ón se hallaba
totalmente cubierta por seres humanos de todas las edades y clases sociales. Una reuni
ón tan
vasta, concentrada de tal modo, en la que s
ólo se po
d
ían distinguir largas filas de rostros fieros,
que se iban extendiendo sucesivamente, constitu
ía un formi
dable espect
áculo que en ninguna
parte del mundo ha podido igualarse, y que hab
ía sido ideado, sobre todo, para aterrorizar e
infundir sumisi
ón en el alma del espectador. Más de cien mil almas se habían reuni
do aqu
í,
animadas de un sentimiento com
ún, e incita
das por una sola pasi
ón. Pues lo que les había atraído
a este lugar era una ardiente sed de sangre de sus semejantes. Jam
ás se hallará un comentario
m
ás triste de esta alardeada civilización de la antigu
a Roma, que este macabro espect
áculo
creado por ella.All
í se hallaban presentes guerreros que habían com
batido en lejanos campos de batalla,y que estaban bien enterados de lo que constitu
ían actos de valor; sin embargo, no sentían la
menor indignaci
ón a
nte las escenas de cobarde opresi
ón que se desplegaban ante sus ojos.
Nobles de antiguas familias se hallaban presentes all
í, pero no tenían ojos para ver en estas
exhibiciones crueles y brutales el estigma sobre el honor de su patria. A su vez los fil
óso
fos, lospoetas, los sacerdotes, los gobernadores, los encumbrados, como tambi
én los humildes de la
tierra, atestaban los asientos; pero los aplausos de los patricios eran tan sonoros y
ávidos como
los de los plebeyos.
¿Qué
esperanza hab
ía para Roma cuand
o los corazones de sus hijos sehallaban
íntegramente dados a la crueldad y a la opre
si
ón más brutal que se puede imaginar?
 El sill
ón levantado sobre un lugar prominente del enorme anfiteatro se hallaba ocupado por el
Emperador Decio, a quien rodeaban los principales de los romanos. Entre
éstos se podía contar 
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