El sonido agudo de las carcajadas que explotan de la radio a las cuatro ymedia de la tarde y por amplitud modulada, predisponen siempre el humorrecurrente de Sara. Reírse sí, pero de sí misma. De ella que lo objeta todo ynunca concluye nada. De ella, menesterosa pero prejuiciada, portadora deuna moral tan amplia y tan circular que al cabo de darse la vuelta sobre sí misma termina siempre condenándola a ella con un veredicto deculpabilidad. Desde niña, aún antes de cumplir los diez años, se ha estadotorturando con absurdas preguntas. ¿Qué hubiera hecho de haberle tocadosufrir la guerra y la intolerancia? ¿Se hubiera asimilado al enemigo con tal desalvar el pellejo? ¿Se hubiera soliviantado abanderando la causa sionista, oacaso la comunista? ¿Habría intentado huir?Consumadas, las risas radiales dieron paso a una entrevista peculiar; losperiodistas anunciaron la llegada tardía y elegante de un escritor extranjero,cuyo reciente éxito editorial lo traía de regreso a Caracas, ciudad que lehabía propinado profundas caricias durante uno de sus exilios. Le preguntó laperiodista: “¿es requisito para escribir el haber vivido las pasiones que sedescriben?. Y contestó él: “No, fíjese el caso del poeta portugués FernandoPessoa, un funcionario aburrido, que no hizo más que ir de su casa a laoficina y que no sólo legó pasiones sino que se desdobló en varias personascon sus respectivas personalidades, sexualidades, ideologías y rúbricas”.Le hubiera encantado a Sara la posibilidad real de suscribir heterónimos enla vida real. Irremediablemente se le antojó recordar un cuento corto deVicente Huidobro en el que una mujer encantadora llamada María Olga secasa con un hombre muy convencional, pero sólo con la parte de ella que sellama María, mientras que Olga permanece soltera y libre de tomar unamante. El marido, iracundo por los celos, toma un revólver contra ella, perosucede que se equivoca y mata a María, justamente a la mujer que le eraperfectamente fiel; en cambio Olga continúa viviendo feliz en brazos de suamante.Llamarse Sara es otra cosa –se justificaba Sara- no sólo por ser un nombreunívoco, sencillo y bíblico, sino por sus vínculos con la primera humorista dela humanidad, aquélla que tendría sobre los cien años- según el Viejo Testamento- cuando se le apareció Yahveh para decirle que sería premiadapor su buen comportamiento y que concebiría por fin al hijo tan ansiado, y¿qué hizo Sara?, muriéndose de risa exclamó incrédula: “¡es que voy a gozara los cien años y además con un marido viejo!”. Por lo demás, Sara habíasido una mujer pragmática durante su prolongada infertilidad que supocompensar a su marido promoviéndole encuentros íntimos con una esclava yla dicha de procrear. Según las Escrituras de Jerusalén, la que fungió deesposa, Celestina y madrastra, se llamaba Saray hasta que Yahveh le sustrajola i griega a su nombre convirtiéndola en Sara y en madre de reyes.La entrevista radial proseguía, pero se había distanciado del tema de los
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