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Jude Deveraux - Montgomery 01 - Black Lyon

Jude Deveraux - Montgomery 01 - Black Lyon

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 Jude Deveraux Montgomery 01 Black LKyonBlack LyonMontgomery 01 Jude deverauxLAS LLAMAS DE LA PASIÓN...
Con un poderoso movimiento, el hombre desgarró la sabana que la cubría y, sin querer,emitió un gemido al verla, más encantadora de lo que nunca hubiera podido imaginar.Lyonene vio su expresión, y la furia se convirtió en miedo, ya que descubrió el rostro deBlack Lyon, un rostro que había obligado a hombres robustos a arrodillarse y rendirse.Nunca había creído que pudiera tener una mirada tan terrorífica, una mirada que ahora sedirigía hacia ella.Instintivamente, ella trató de cubrirse cuando él desgarró la sábana.
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Lyonene oyó los fuertes pasos de Lucy en las escaleras de piedra y se acurrucó bajo elespeso cobertor. Los vientos de enero silbaban en el exterior de la vieja torre y rachas deviento helado se colaban por los postigos de madera, pero su cama estaba caliente ytenía intención de quedarse en ella lo máximo posible.—Lady Lyonene —Lucy abrió las cortinas de la cama.Lucy era ahora una mujer mayor y estaba demasiado gorda. Había cuidado de Lyonenedesde que esta nació y la quería como a una madre—, vuestra madre quiere que osvistáis con la túnica dorada, y con la capa y el manto verdes.Lyonene, que se había girado hacia la luz con cierta mala gana, miraba ahora a Lucy coninterés.— ¿El manto y la capa verdes?—Ha llegado un invitado, un invitado muy importante, y tenéis que vestiros con vuestrosmejores atuendos para realizar las presentaciones.Lyonene apartó la ropa de cama y puso un piececito en el suelo de roble. Los postigosestaban muy bien cerrados debido al frío invernal y la única luz provenía de la pequeñachimenea y de la vela de sebo situada en el alto candelabro junto a la cama. El suavebrillo destacaba todas las curvas de su joven y esbelto cuerpo. Lucy ayudó a su señora aponerse la enagua de lino y la ajustada túnica de lana que resaltaba la esbeltez de sucuerpo de mujer. El gabán, abierto en los costados, no tapaba nada.— ¿Conoces al invitado? ¿Se trata de un amigo de mi padre?—No, señora —Lucy ciñó el cinturón de cuero alrededor de la estrecha cintura de Lyonene—. Es un conde, un hombre joven que vuestro padre todavía no conoce.Lyonene se detuvo y miró fijamente a su criada.— ¿Es hermoso? ¿Es un joven conde hermoso, tiene el pelo claro y monta un sementalblanco? —bromeó Lyonene.—Eso ya lo veréis a su debido tiempo. Ahora, dadme el peine para que puedadesenredaros el pelo.Lyonene obedeció, al tiempo que insistía:—Cuéntame algo más de él. ¿De qué color tiene los ojos? ¿Y su pelo?—Negro, negrísimo. Tan negro como los ojos del mismísimo diablo.Las dos mujeres levantaron la vista cuando Gressy y Meg entraron en la pequeña alcobacargadas con sábanas de lino limpias. Habló Gressy, la mayor de las dos:—Ha llegado el conde. No es cualquiera de los condes del rey, se trata del gran Black Lyonen persona.—Y de verdad que es negro —añadió Meg.—Tiene los ojos y el pelo negros como Satán. Incluso su caballo es completamente negro—remarcó Gressy.Lyonene las miró con una expresión de horror. Había oído toda clase de historias sobreBlack Lyon desde que era una niña, historias de fuerza y coraje. Pero cada una de ellassiempre estaba teñida de un toque de maldad; acaso su fuerza provenía de algún podermaligno.— ¿Estáis seguras de que se trata de Black Lyon y no de otro? —preguntó en voz baja.—Ningún otro hombre podría tener una mirada como la suya. Os juro que se me puso lapiel de gallina solo de estar cerca de él —Gressy miró a su señora intensamente.Lucy dio un paso adelante y exclamó:— ¡Basta ya de decir tonterías! Vais a asustar a la pobre chiquilla. Continuad con vuestrotrabajo, yo tengo que ir a ver a lady Melite —peinó un poco más a Lyonene y le fijó eltocado de seda transparente con una cinta dorada—o Ahora no te muevas, y sobre todono te despeines —se detuvo un momento frente a la puerta, señalando severamente aMeg y a Gressy—. Y basta ya de chismorreos. Si el pelo negro fuera cosa del demonio,muchos de nosotros sentiríamos un enorme pavor del día del Juicio Final.Lucy suspiró y se apartó un pequeño mechón de canas que le aparecía en la sien, entre lacofia y la barbilla, y el velo que caía y que le llegaba hasta los hombros. Lucy creía quesus rizos tenían todavía el color negro hollín de su juventud.Cuando la puerta se cerró, Lyonene se acomodó en el asiento de piedra junto a la ventanay susurró: —Háblame más sobre él.—Es muy grande...—Fuerte... —interrumpió Meg, quien ante la mirada deGressy se fue obedientemente hacia un lado de la cama de Lyonene para alcanzar lasábana.— ¿Por dónde íbamos? —continuó Gressy, dándose la vuelta hacia Lyonene y sintiéndosesegura de sí misma ante su público. Un día de estos Lyonene sería dueña de su propiocastillo, pero por ahora había un área en la que Gressy era superior a ella, y esta era ladel conocimiento de los hombres—o Su nombre es Black Lyon, y así lo llaman por lanegrura demoníaca y por tener la ferocidad de un león. Se dice que puede derribar aveinte hombres en un torneo y que en Gales, en las guerras que hubo allí, de un sologolpe podía partir a un hombre o a su caballo en dos —Lyonene palideció, y esto animó aGressy a dar más detalles de esos cuentos que solo conocía de oídas.»Se dice por ahí que su primera mujer intentó suicidarse para escapar de él.A Lyonene se le cortó la respiración y, sin querer, se persignó. El suicidio era un pecadomortal.—y qué decir de los siete hombres, los siete diablos, que lo acompañan... —añadió Meg,demasiado agitada como para temer la reacción de Gressy.—Así es —dijo Gressy con aires de misterio—o Viaja con siete hombres enormes, todoscon el pelo negro, pero ninguno tan negro como el de Lyon sobre su caballo negro.— ¿Ha venido hasta aquí y tengo que conocerle? —Lyonene no podía esconder el miedoen su voz.—Sí, ahora vuestro padre y vuestra madre se encuentran abajo con él. Nadie le nieganada a Black Lyon, por insignificante que sea su petición. Vamos Meg, tenemos quepreparar la alcoba para el caballero del diablo.Abandonó la habitación y Meg la siguió con los ojos como naranjas, cargando las sábanassucias. Gressy se sentía satisfecha de haber captado la atención de las dos niñas, ya quea ambas las consideraba niñas, a pesar de que ninguna de las dos era más de dos añosmenor que ella.Al otro lado de la pesada puerta, Meg recobró el aliento. —Gressy, ¿es verdad que estehombre es un engendro del diablo?La mayor acercó su cara a la de Meg.—Dicen que nunca sonríe y que nunca se ha reído. También se dice que la mujer que lohaga reír se casará con él.Meg se apoyó contra la húmeda pared de piedra. La cara de Gressy estaba pocoiluminada en ese pasillo oscuro. El corazón le dio un vuelco del siniestro terror que sentía.¡La novia del diablo! Qué horrible pensamiento.Lady Melite, la madre de Lyonene, también estaba al corriente de los rumores quecirculaban sobre Black Lyon, y se vistió con esmero, reprochándose a sí misma que letemblaran las manos. Deseaba que no hubiera venido. Ya había habido demasiadaconfusión últimamente, y lo solo faltaba ahora tener que ocuparse de un condeconflictivo. Ató el cinturón de su voluminoso gabán, tan diferente al de su hija. Sacó latela superior por encima del cinturón, tapándolo por completo, y se ajustó el manto verde
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 Jude Deveraux Montgomery 01 Black LKyon
oscuro sobre los hombros con dos broches de oro labrado, unidos con una cadena quetapaba la clavícula.—Sir Tompkin llega mañana y todavía hay que organizar el trabajo de los sirvientes... —paró en seco de farfullar, empezó a reír y pensó que comenzaba a parecerse demasiado aWilliam, todo el tiempo sufriendo por acontecimientos que todavía no se habíanproducido. Es un hombre, eso es todo. Le ofreceremos lo que tengamos y con eso deberácontentarse.Estiró el largo velo de lino que le cubría el pelo y dejó que cayera por encima de loshombros. Estaba orgullosa de tener todavía un cuello hermoso y de no llevar cofia. Seenderezó y bajó para saludar a su invitado.William, el padre de Lyonene estaba fascinado con el conde de Malvoisin. Los relatos quehabía oído acerca de este hombre eran sin duda exagerados, pero desde un punto devista masculino. Echó una ojeada al brazo derecho de Ranulf, cuya cota de malla, hechaperfectamente a medida, dejaba ver con claridad las líneas de los músculos. Se decíaque, a galope tendido sobre su caballo negro, Black Lyon era capaz de partir en dos unavara de roble de diez centímetros. William esperaba poder convencer al conde para quehiciera una demostración de esta imposible proeza. El barón no podía evitar mirar la cotade malla del conde. Le divertía pensar en lo difícil que le resultaría poder ofrecer a susdoce caballeros una cota de malla, incluso una mediocre, y ahí estaba ese hombre conuna cota solo para torneos. Incluso sus hombres vestían espléndidas cotas de mallas quehabían sido pintadas de verde o negro, los colores de Malvoisin.—Ah, aquí está mi esposa, lady Melite. Este es Ranulf de Warbrooke, tercer conde deMalvoisin.Ranulf levantó las cejas en gesto de sorpresa por la introducción hecha por William.—Es un honor, milady. Espero que el hecho de no haber sido invitado no os causedemasiadas molestias —dijo, mientras hacía una reverencia.William acusaba a Melite de emitir juicios demasiado rápidos. Por eso ella callaba susopiniones voluntariamente, y esperaba semanas e incluso meses hasta que su maridollegase a la misma conclusión que ella había sacado en pocos minutos. En esa ocasión, surapidez para juzgar tampoco le había fallado. En unos instantes ya conocía a ese hombrellamado Ranulf de Warbrooke.—Os damos la bienvenida, sir Warbrooke, somos nosotros los que nos sentimoshonrados... mejor dicho, contentos por vuestra presencia aquí. Esperamos que todo seade vuestro agrado —su voz había pasado, a mitad de frase, de sonar formal a sergenuinamente cordial, ya que le agradaba el joven que tenía enfrente.A Ranulf le sobresaltó su calidez. En general, las mujeres o bien se sentían atraídas por él,por su dinero o su título, o le tenían miedo a causa de su reputación. Pero esa elegantemujercita no dejaba entrever ninguno de esos sentimientos.—Acercaos. Sentaos conmigo al lado del fuego y contadme las novedades. Recibimos tanpocas visitas aquí en Lorancourt... —levantó el brazo, Ranulf lo tomó y la acompañó asentarse en las dos sillas al lado del fuego chispeante.—Tenía entendido que últimamente recibíais a muchos huéspedes.Lady Melite sacudió la mano que tenía libre.—Vienen para ver a Lyonene, para informarse de nuestras propiedades y para comer ennuestra mesa. Vienen para mostrarse los atributos unos a otros. Nadie tiene tiempo parahablar con una vieja ansiosa de novedades. Pero sentaos un momento y contadme cosas.William se encontraba de pie detrás de ellos. Sentía que el aliento de un pájaro podríaderribarlo. Melite, una mujer de lo más sensible, había tomado el brazo del caballero másfiero de Inglaterra y se lo había llevado a un rincón de la sala como si se tratara de unavieja chismosa. ¿Y qué decía sobre los que venían a ver a Lyonene para informarse sobresus propiedades? Era sin duda alguna una afirmación demasiado privada como parahacerla a un extraño. Tendría que hablar luego seriamente con ella.—Describidme esa cosa nueva que se llama botón —continuaba Melite.—Se trata de un pequeño adorno cosido en la ropa. Últimamente las mujereshacen un agujero en un lado de la prenda e introducen el botón a través del agujero,utilizándolo de cierre.—Ahora entiendo. Así ya no tendremos que coser las mangas de las túnicas.William se hundió en el banco frente al fuego. ¡Ahí estaba Black Lyon, el guerrero mástemible de toda Inglaterra, quizá de todo el mundo cristiano, y su mujer hablándole demoda femenina!Melite se volvió un momento hacia su marido y le dedicó una tierna sonrisa.— ¿Podéis enviar a Lucy para que traiga a Lyonene? Me gustaría que nuestro huéspedconociera a nuestra hija.— ¡Oh, qué hombre tan hermoso, ese Black Lyon! —Le dijo efusivamente Lucy a Lyonene—. Tiene unos rizos que le llegan al cuello como antes a mi niño —Lucy, a pesar de estarmuy orgullosa de su hijo, que se había convertido en monje de la orden benedictina, devez en cuando también se sentía triste por él—o Es alto y fuerte, y vuestra madre le tienecomiendo de su mano. Puede que sea un gran guerrero, pero yo juraría que es un hombremuy tierno.— ¿Y qué me dices de su pelo y sus ojos negros? ¿No te asustaste? —inquirió Lyonene.—Si queréis que os diga la verdad, sí que me asusté, pero vuestra madre enseguidaentendió su carácter y yo en ella tengo mucha confianza —asintió con la cabeza y miró aLyonene con aire inquisidor— Haríais bien en elegir a un hombre así como marido.— ¡Marido! ¡Lucy, ya has oído todas las historias sobre su carácter!—Sí, historias. No creo que haya nada de verdad en esas historias.—Él es conde, y un conde no se casa con la hija de un barón. No sé cómo se te ha podidoocurrir una idea parecida. ¿Conoces la razón de su visita a Lorancourt?—La conozco... pude oír un poco de la conversación. Lyonene reprimió una sonrisa.—Tiene un hermano que es escudero de sir Tompkin, y como este caballero nos va avisitar pronto, el conde va a verse aquí con su hermano durante un día o dos.—Bueno, me agrada saber que este Black Lyon no está por encima del amor asus familiares. ¿Y dices que mi madre no para de hablar con él y que además eshermoso? —Increíblemente hermoso, pero si os entretenéis más, será unviejo cuando lo veáis.Lyonene descendió lentamente los escalones de piedra, pasando la mano por la paredgastada hasta llegar al vestíbulo iluminado. Notó que sus manos temblaban e intentócontener el temblor. Los relatos sobre ese hombre daban vueltas en su cabeza y lasopiniones de todo el mundo parecían un zumbido permanente.Llegó hasta el último peldaño, se detuvo un momento para arreglarse la falda y el pelo yrespiró profundamente para calmar su agitado corazón. Desde su posición estratégica enla oscuridad de las escaleras podía ver la escena en el gran vestíbulo. La enormechimenea crujía con varios leños ardiendo. A poca distancia del fuego había dos sillas;una estaba ocupada por la pequeña silueta de su madre y la otra revelaba un brazo concota de malla, cuyo color plateado brillaba pálidamente por la luz del hogar.Consiguió calmarse y miró hacia el otro lado del vestíbulo, hacia la otra chimenea dondetambién había encendido un fuego. En las banquetas, o de cuclillas en el suelo, habíasiete hombres más, todos con su malla y con tabardos con el escudo de Black Lyon.Hablaban en voz baja y oyó reír a uno de ellos. No parecían ser los hombres del diablo delos que Gressy había hablado. Sobre todo parecían estar cansados y Lyonene tuvo ganasde acercarse a ellos para ver si ya les habían servido suficiente comida y bebida. Si laguardia era mansa, seguramente Black Lyon también lo sería.La muchacha se acercó a la luz.—Aquí llega mi hija Lyonene —dijo Melite.Lyonene mantuvo la cabeza baja. Tenía que controlar sus deseos de mirado fijamente ydebía recordar sus modales. Su madre había conversado con ese hombre como si seconocieran desde hacía años. Se daba cuenta de que la guardia de Black Lyon se habíaarrodillado y ahora él se encontraba de pie ante ella. Su nerviosismo no dejaba deaumentar.Ranulf no se había sentido tan cómodo desde hacía mucho tiempo. Tan solo la reinaLeonora lo había hecho sentir tan a gusto como había hecho esta mujer. Incluso despuésde haber visto a Melite, y a sabiendas de que en su tiempo fue una mujer hermosa, laextraordinaria belleza de Lyonene lo sobresaltó.Con la cabeza baja no podía ver su cara, pero su pelo espeso y rizado le caía por laespalda hasta la cintura. Era leonado, un rubio oscuro con miles de reflejos cambiantespor el fuego. La túnica estrecha revelaba su silueta, y esta visión lo dejó sin saliva. Cinturaestrecha, caderas onduladas y unos senos suaves y tentadores. No recordaba habersesentido tan afectado por ninguna otra bella mujer.Lyonene levantó tímidamente la vista hacia Ranulf de Warbrooke, no muy segura de loque esperaba, pero temiendo lo peor. Era muy oscuro, con ojos negros como el carbón y
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rizos de azabache que parecían ser terriblemente rebeldes. Su cabeza no llegaba nisiquiera al hombro de Black Lyon.Sin embargo, fue la expresión de sus ojos lo que más la intrigó. Al igual que su madre, ellatambién tenía el don de poder juzgar el carácter de una persona con tan solo una mirada.Los ojos del conde de Malvoisin le recordaban a un perro que tuvo hacía tiempo. Habíaquedado atrapado en una trampa y la pata casi se le había partido por la mitad, lo que levolvía loco de dolor. Le costó mucho tiempo calmar al animal y ganar su confianza parapoder soltar la trampa de acero. Durante todo ese tiempo, el perro la había mirado con lamisma expresión guerrera, de dolor y de esperanza del moribundo, que veía en el hombreque ahora se encontraba ante ella.—Me complace que hayáis podido venir a Lorancourt, mílord, y espero que perdonéis mitardanza en recibiros.Ranulf extendió su mano hacia ella y ella colocó la suya, de diminutas proporciones, en laamplia y cálida mano de él. Ni siquiera el fuego directo en sus dedos hubiera podidoafectarla más. Casi perdió el aliento con la sensación pero se alegró de podersobreponerse, temía causar una ofensa. Para ella no había nadie más en la habitación yse convirtió en una mano incorpórea. Sintió que sus sentimientos y pensamientos habíansido transferidos a sus dedos.Empezó a mirar tontamente ambas manos, una clara y pequeña y la otra grande,avezada en la lucha y cubierta de pelo corto y oscuro.Ranulf habló de nuevo, y a ella le pareció sentir su voz a través de la punta de los dedos.—Una mujer hermosa no necesita pedir perdón. Una sonrisa será suficiente —su voz habíaperdido algo de suavidad y ahora había en ella un punto de duda. Él le puso la otra manodebajo de la barbilla y le alzó la cara para poder veda mejor.Ella lo miró de nuevo y vio una cara fuerte, una mandíbula bien perfilada, unas cejasligeramente arqueadas encima de los ojos negros, una nariz recta y los orificios nasalesun tanto amplios. Su mirada se dirigió hacia los labios de él de bonita forma perodemasiado rígidos. Lucy tenía razón, era un hombre hermoso. Sonrió, tímidamente alprincipio y después con un poco más de calidez. Miró hacia los labios que no sonreían yvio un punto de dulzura y la misma ternura que había visto su madre. De repente, le entróun terrible deseo de reír, del gran alivio que había sentido con su descubrimiento. Semovió hacia los dedos que sujetaban su barbilla. Nunca el tacto de un hombre la habíahecho sentir tan viva.Repentinamente, Ranulf dejó caer la mano de la barbilla y soltó la mano que la sujetaba.—Debo ocuparme del frisón —masculló mientras se dirigía hacia la puerta seguido de suguardia.William no salía de su asombro y se desplomó en los almohadones frente al fuego.— ¡Bueno! Aunque un hombre viviera mil años más, no llegaría a entender la mente deuna mujer. Mi esposa trata al campeón del rey como una lavandera chismosa y mi hijaprimero casi se desmaya al verlo y después se le echa a reír en la cara. Si no meconfiscan las tierras en dos semanas, no entenderé por qué.—William —empezó Melite, sabiendo que no podría explicar sus acciones y menos aún lasde su hija—, parece sentirse a gusto. Vamos Lyonene, tenemos tareas que terminar.Lyonene estaba ansiosa por abandonar la estancia, ya que no quería pensar que susreacciones hacia ese hombre habían sido tan obvias. Pero también era cierto que nohubiera podido sentirse más fuerte si el techo de la torre se hubiera desplomado y si unrayo la hubiera alcanzado.Lyonene temía quedarse sola con su madre, ya que sabía que habría preguntas que nopodría contestar.—No, no habrá preguntas. Únicamente os pido que seáis amable con nuestro invitado, noporque sea un gran guerrero o porque sea el conde del rey, sino porque se merecenuestra amabilidad.Sin decir una palabra, Lyonene asintió.—Ahora id con esas dos tontas que tenéis como sirvientas y procurad que nuestro BlackLyon se encuentre bien en su guarida —dijo sonriendo y acariciando el hermoso pelo desu hija.Lyonene subió las escaleras que quedaban para llegar a las alcobas del tercer piso. Habíaseis habitaciones, una para los padres, una para ella y cuatro para los invitados. Seencontraba sola en el piso, ya que los sirvientes estaban ocupados en las cocinas, así quese tomó su tiempo para elegir la alcoba para lord Ranulf.Una hora más tarde, decidió que la habitación estaba lista y se dirigió hacia susaposentos. Lucy había dejado un poco de pan, queso y una taza de leche sobre la repisade la chimenea. Dio el primer sorbo y ajustó las láminas de los postigos de madera parapoder ver el patio interior. Pudo observar como uno de los hombres abandonaba el grupode la guardia de Black Lyon y se dirigía hacia la puerta del patio; llevaba consigo un largopalo y una bolsa sujetada con una correa a su cintura y echada hacia atrás.Sin pensar en lo que hacía, Lyonene se sacó el manto verde y el gabán y se vistió con otrogabán de lana encima de la túnica dorada. Del arcón sacó su capa de más abrigo, hechade pesada lana gris con una gran capucha completamente forrada de piel de conejo.Sujetando bien la capa, bajó las escaleras hasta el gran vestíbulo, diciéndose a sí mismaque lo único que quería era un poco de aire fresco. Llevó consigo un gran jarrón de vinopara que se calentase dentro del manto. Se asombró de ver lo fácil que le resultaba pasardesapercibida al cruzar el patio y la puerta principal. A los guardianes no les importabaquién salía, sino más bien quién quería entrar.Ranulf se sentó en el duro suelo de piedra con la espalda apoyada en un árbol haciendocaso omiso del viento cortante.Sus pensamientos estaban completamente dedicados a esa encantadora muchacha deojos verdes. «Ay, Warbrooke», se reprendía el hombre, «ella no está hecha para tuscoqueteos. Es una muchacha, una inocente chica que desea el matrimonio, el matrimoniocon un joven de más o menos su edad y rango.» Pero aún así, no podía renunciar a lavisión de ella. Cerró los ojos y apoyó la cabeza contra la áspera corteza, abrumado por elrecuerdo y por algo tangible, esos ojos esmeralda bajo las cejas arqueadas, esa pequeñanariz y la boca, labios carnosos y suaves, tentadores. Su pelo lo atraía y no dejaba depensar en cómo este se desplegaba cubriendo sus hombros y se dejaba caer sobre sussenos, y en su color infrecuente, pardo, rojizo, dorado...¡Dios mío! ¿Qué le estaba sucediendo para estar ahí sentado soñando con una muchachacuando quedaba tanto trabajo por hacer? Había conocido muchas chicas bonitas, muchasen efecto, pero esta era de alguna manera diferente. Cuando le había tocado la barbilla,pensó que haría el ridículo si la besaba ante sus padres y sus hombres. Cuál hubiera sidosu reacción si hubiera hundido su mano en el pelo de esta joven desconocida y...—Os he traído un poco de vino —la suave voz de Lyonene despejó sus pensamientos.La miró fijamente sin sonreír, estudiándola, sin tener en cuenta su propuesta.—Hace frío y todavía falta un rato para la cena... —apartó la vista de la mirada intensa delconde, sintiéndose de pronto tímida y arrepintiéndose de su impulsividad.Sin dejar de mirada fijamente, el hombre tomó la taza de vino caliente y dio un sorbo deldelicioso y dulce vino que se deslizó suavemente por su garganta.— ¿Queréis compartido conmigo?—Sí —contestó ella sonriente, acariciando suavemente sus dedos mientras cogía la taza.Una gota de vino quedó en el borde y al rescatarla con sus labios Lyonene se sintiósorprendida por su atrevimiento. Le devolvió la taza y sacó un paquete de debajo delmanto donde llevaba el pan y el queso.Le dedicó una amplia sonrisa y Black Lyon se dio cuenta de que solo tenía ojos para ella.Los ojos de Lyonene parecían preciosísimas joyas y sus mejillas habían enrojecido por elaire frío. La capucha cubría casi todo su hermoso pelo pero las pieles blancas enmarcabansu cara y hacían un magnífico contraste con las espesas y largas pestañas. Ninguno delos dos parecía necesitar palabras y ambos se sentaron tranquilamente para disfrutar delvino y de la comida. Una repentina ráfaga de viento envió las hojas secas del bosquehacia ellos.Lyonene se cubrió la cara con la mano porque algo le había entrado en el ojo.— ¡Mi ojo! —gritó, con lágrimas cegadoras y un dolor cada vez más intenso.—Voy echar un vistazo —sus cálidas manos le sujetaban la cara y con sus dedos delicadosy fuertes la obligó a descubrirse.—Hay una piedra, una roca —sollozaba.—No, no creo. Mirad hacia arriba y la encontraré. Abrid el párpado despacio.Su voz era suave y tranquilizadora y, a pesar del dolor, se obligó a abrir el párpado,confiando en él completamente, segura de que la aliviaría.— ¡Ahí está! Era solo una mota de polvo, verdaderamente más pequeña que una roca.Parpadeó varias veces para calmar el escozor. Desde el momento en que él la habíatocado, había estado segura de que le aliviaría el dolor. Ahora se daba cuenta de que susmanos se encontraban a cada lado de su cara y que esos ojos oscuros bordeados por
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