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Jude Deveraux - Montgomery 03 - Promesa Audaz

Jude Deveraux - Montgomery 03 - Promesa Audaz

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 Jude DeverauxMontgomery 03Promesa AudazPromesa Audaz Jude Deveraux
Prólogo Judith Revedoune miró a su padre por encima de lasanotacionescontables. A su lado estaba Helen, su madre.La muchacha no sentía miedo alguno de aquel hombre,pese atodo lo que él había hecho, de año en año, paraatemorizarla. Le vio losojos enrojecidos, rodeados de grandes ojeras. Ella sabíaque aquel rostrodesolado se debía al dolor de haber perdido a susamados hijos varones:dos hombres ignorantes y crueles, replicas exactas delpadre. Judith estudió a Robert Revedoune con una vagacuriosidad.Normalmente no dedicaba tiempo alguno a su única hijamujer. De nadale servían las mujeres desde que, tras la muerte de suprimera esposa, lasegunda (una mujer asustada) no le había dado más queuna hembra.–¿Qué queréis?–Preguntó ella con calma.Robert miró a su hija como si la viera por primera vez. Enrealidad, la muchacha había pasado casi toda su vidaescondida, sepultadacon su madre en habitaciones aparte, entre libros yregistros decontabilidad. Notó con satisfacción que se parecía aHelen a la mismaedad, Judith tenía esos extraños ojos dorados quevolvían locos a algunoshombres, pero que a él le resultaban inquietantes.El pelo era de un fuerte tono rubio rojizo. La frente,amplia yenérgica, al igual que el mentón; la nariz, recta; la boca,generosa. ‘Sí,servirá’, se dijo. Esa belleza se podía aprovechar conventaja.–Eres lo único que me queda–dijo con voz cargada dedisgusto– Te casarás y me darás nietos. Judith le clavó la vista, espantada. Desde un principioHelen lahabía educado para el convento. No se trataba de unapiadosainstrucción de plegarias y cánticos, sino de enseñanzasmuy prácticas,que le permitirían desempeñar la única carrera posiblepara una mujer dela nobleza. Podría llegar a abadesa antes de los treintaaños. Las abadesasse diferenciaban tanto de la mujer vulgar como el rey deun siervo;mandaban sobre tierras, propiedades, aldeas ycaballeros; compraban yvendían según su propio criterio; hombres y mujeres lasconsultaban porigual, buscando su sabiduría. Las abadesas dabanórdenes y no estaban alas de nadie. Judith sabía llevar los libros de grandes propiedades,dictarsentencias justas en caso de disputas y calcular el trigonecesario paraalimentar a determinada cantidad de personas. Sabialeer y escribir,organizar la recepción de un rey y dirigir un hospital:todo cuantonecesitada le había sido enseñado. Y ahora se esperabade ella que dejaratodo eso para convertirse en la sierva de un hombrecualquiera.–No lo haré.La voz era serena, pero esas pocas palabras no habríanresonadomás si se las hubiera gritado desde el tejado.Por un momento, Robert Revedoune quedódesconcertado.Ninguna mujer lo había desafiado nunca con tantafirmeza. En verdad,de no haber sabido que se trataba de una muchacha,habría confundidosu expresión con la de un hombre. Cuando se recobró dela sorpresa,abofeteó a Judith, arrojándola al otro extremo delpequeño cuarto. Aúntendida en el suelo, con un hilo de sangre corriéndoledesde la comisurade la boca, ella lo miró sin rastro de miedo en los ojos;sólo había enellos disgusto y una pizca de odio. Él contuvo larespiración por uninstante; en cierto modo, aquella muchacha casi loasustaba.Helen se lanzó hacia su hija sin pérdida de tiempo.Agazapada junto a ella, extrajo de entre sus ropas una daga demesa. Ante aquellaescena primitiva Robert olvidó su momentáneonerviosismo. Su esposaera de esas mujeres a las que él conocía bien. Pese a laapariencia externade animal furioso, en el fondo de los ojos se le veía ladebilidad.En cuestión de segundos la aferró por el brazo y elcuchillo voló alotro lado de la habitación. Sonriendo ante su hija, sujetóel antebrazo dela mujer entre sus poderosas manos y rompió el huesocomo si fuera unaramita.Helen se derrumbó a sus pies sin decir una palabra.Robert miró a su hija, que seguía tendida en el suelo, sinpodercomprender aquella brutalidad.–¿Y ahora, qué respondes, muchacha? ¿Te casarás o no? Judith hizo una breve señal de asentimiento y acudió enayuda desu madre inconsciente.1La luna arrojaba sombras largas sobre la vieja torre depiedra, detres pisos de altura, y parecía mirar con cierto cansancioceñudo lamuralla rota y medio derrumbada que la rodeaba.Aquella torre habíasido construida doscientos años antes de aquellahúmeda nocheprimaveral de 1501, en el mes de abril. Ahora reinaba lapaz; ya nohacían falta las fortalezas de piedra. Pero ese no era elhogar de unhombre trabajador. Si su bisabuelo había habitado latorre en tiempos enque semejantes fortificaciones tenían sentido, NicholasValence pensaba(cuando estaba lo bastante sobrio como para pensar)que la viviendatambién era buena para él y las generaciones futuras.Una gran caseta de guardia vigilaba las murallas medioderruidas yla vieja torre. Allí dormía un custodio solitario, con elbrazo alrededor deuna bota de vino medio vacía. Dentro de la torre, laplanta baja estabasembrada de perros y caballeros dormidos. Lasarmaduras seamontonaban contra los muros, desordenadas yherrumbrosas,entremezcladas con los sucios juncos que cubrían lastablas de roble. Tal era la finca de Valence: un castillo pobre, anticuado yde malafama, objeto de chistes en toda Inglaterra. Se decía que,si las murallasfueran tan fuertes como el vino, Nicholas Valence estabaen condicionesde rechazar el ataque de todo el reino. Pero nadie loatacaba. No habíamotivos para hacerlo. Muchos años antes, Nicholas habíaperdido casitodas sus tierras ante caballeros jóvenes, ansiosos ypobres, que acababande ganarse las espuelas. Sólo quedaba la torre antigua(que, según laopinión unánime, debería haberse derribado) junto conalgunas alejadastierras de cultivo que servían de sostén a la familia.En el piso más alto había una ventana iluminada. Esecuartoestaba frío y húmedo; la humedad nunca abandonabalos muros, nisiquiera en medio del verano más seco. Entre las piedrasbrotaba el
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 Jude DeverauxMontgomery 03Promesa Audaz
musgo y por el suelo se escurrían sin cesar pequeñassombras reptantes.Pero en ese cuarto estaba toda la riqueza del castillo,sentada ante unespejo.Alice Valence se inclinó hacia el cristal y aplicó unoscurecedor asus pestañas cortas y claras. Se trataba de un cosméticoimportado deFrancia. Se echó hacia atrás para analizarse con airecrítico. Era objetivacon respecto a su apariencia personal; conocía suspuntos fuertes y sabíausarlos para mayor ventaja.Vio en el espejo un pequeño rostro oval, de faccionesdelicadas,boca pequeña, como botón de rosa; nariz recta y fina.Los ojos grandes yalmendrados, de color azul intenso, eran su rasgo mejor.Enjuagabasiempre su cabellera rubia con jugo de limón y vinagre.Ela, su doncella,hizo caer un mechón muy claro sobre la frente de suseñora y le pusouna capucha de grueso brocado, bordeado por unaancha franja deterciopelo anaranjado.Alice abrió la boca para echar otra mirada a sus dientes.Eran supunto flojo: torcidos y algo salientes. Con el correr de losaños habíaaprendido a mantenerlos ocultos, a sonreír con los labioscerrados, ahablar con suavidad y sin levantar del todo la cabeza.Ese amaneramientoera una ventaja, pues intrigaba a los hombres,haciéndoles pensar que ellano tenía noción de su propia belleza y que podríandespertar esa tímidaflor a todos los deleites del mundo.Se levantó para alisarse el vestido sobre el cuerpoesbelto. Notenía muchas curvas. Sus pequeños pechos descansabansobre unaestructura recta, sin forma en las caderas ni en lacintura. A ella legustaba así: su cuerpo parecía pulcro y limpiocomparado con el de otrasmujeres.Lucia ropas lujosas, que parecían fuera de lugar en esemiserableambiente. Sobre el cuerpo llevaba una camisa de hilotan fino que se lohubiera tomado por gasa. Después, un rico vestido, delmismo brocadoque la capucha, con gran escote cuadrado y corpiño muyceñido a ladelgada silueta.La falda era una suave y graciosa campana. El brocadoazul estababordeado de blancas pieles de conejo que formaban unancho borde ypuños amplios en las mangas. Le rodeaba la cintura unabanda de cueroazul, incrustada de grandes granates, esmeraldas yrubíes.Alice continuó analizándose, en tanto Ela le deslizaba unmantode brocado forrado de piel de conejo sobre los hombros.–No podéis reuniros con él, mi señora. Justamente ahoraque vosvais a...–¿A casarme con otro?–Preguntó Alice, en tanto sesujetaba elpesado manto a los hombros. Se volvió para mirarse enel espejo,complacida por el resultado. La combinación de azul yanaranjadoresultaba muy llamativa. Aquel atuendo no le permitiríapasarinadvertida–¿Y qué tiene mi casamiento que ver concuanto yo hagaahora?–Vos sabéis que es pecado. No podéis ir al encuentro deunhombre que no es vuestro esposo.Alice dejó escapar una risa breve, mientras acomodabalos plieguesdel manto.–¿Quieres que salga al encuentro de mi prometido, delqueridoEdmund?–Preguntó con mucho sarcasmo.Antes de que la doncella pudiera contestar, continuó:–Nohacefalta que me acompañes. Conozco el trayecto y, para loque voy a hacercon Gavin, no hace falta nadie más.Ela no se escandalizó; estaba al servicio de Alice desdehacíamucho tiempo.–No, iré. Pero sólo para cuidar de que vos no sufráis dañoalguno.Alice ignoró a la anciana, tal como la había ignorado todala vida. Tomó una vela del pesado candelabro puesto junto a sucama y se acercóa la puerta de roble, reforzada con bandas metálicas.–Silencio, entonces–dijo por encima del hombro, altiempo quehacía girar la puerta sobre las bisagras bien aceitadas.Recogió el manto y la falda para cargarlos sobre elbrazo. No pudodejar de pensar que en pocas semanas abandonaríaaquella decrépitatorre para vivir en una casa: la casa solariega deChartworth, construidacon piedra y madera y rodeada de altas murallasprotectoras.–¡Silencio!–Ordenó a Ela, cruzando un brazo ante elblandovientre de la mujer.Ambas se apretaron contra la húmeda pared de laescalera. Uno delos guardias de su padre cruzó a paso torpe allá abajo,se ató las calzas yreanudó la marcha hacia su jergón de paja. Alice seapresuró a apagar lavela, rogando que el hombre no hubiera oído laexclamación ahogada deEla. La quietud negra y pura del viejo castillo las envolvióa ambas.–Vamos–susurró Alice, sin tiempo ni deseos de prestaroídos a lasprotestas de su doncella.La noche era clara y fresca. Tal como Alice esperaba,había doscaballos preparados. La joven, sonriente, se lanzó sobrela silla del poteoscuro. Más tarde recompensaría al palafrenero que tanbien atendía a suseñora.–¡Mi señora!–Gimió Ela, desesperada.Pero Alice no se volvió; sabía que Ela era demasiadogorda paramontar sin ayuda. No estaba dispuesta a perder siquierauno de suspreciosos minutos con una vieja inútil, considerando queGavin laesperaba.La puerta que daba al río la habían dejado abierta paraella. Habíallovido horas antes y el suelo aún estaba húmedo, peroen el aire flotabaun toque de primavera. Y con él, una sensación depromesa... y depasión.Una vez segura de que los cascos del caballo no seríanoídos, Alicese inclinó hacia adelante, susurrando:–Anda, mi demonionegro. Llévamehasta mi amante.El potro hizo una cabriola para demostrar quecomprendía y estirólas patas delanteras. Conocía el camino y lo devoró auna velocidadtremenda.Alice sacudió la cabeza, dejando que el aire le refrescaralasmejillas, en tanto se entregaba al poder y la fuerza de lamagnífica bestia.Gavin, Gavin, Gavin, parecían decir los cascos, al tronarpor el caminoapisonado. En muchos sentidos, los músculos de uncaballo entre susmuslos le hacían pensar en Gavin. Sus manos fuertessobre la piel, supotencia, que la dejaban débil de deseo. Su rostro, elclaro de lunabrillando en sus pómulos, los ojos brillantes hasta en lanoche másoscura.
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 Jude DeverauxMontgomery 03Promesa Audaz
–Ah, dulzura mía, con cuidado ahora–dijo Alice conligereza,mientras tiraba de las riendas. Ya estaba cerca del sitio de sus goces y empezaba arecordar loque tanto se había esforzado por borrar de su mente.Esta vez Gavinestaría enterado de su inminente casamiento y semostraría furioso conella.Giró la cara para ponerla bien frente al viento, yparpadeó conrapidez hasta que las lágrimas empezaron a formarse.Las lágrimas seríanuna ayuda. Gavin las detestaba, de modo que ella lashabía usado conprudencia en esos dos años. Sólo cuando deseabadesesperadamente algode él recurría a esa triquiñuela; de ese modo no lerestaba efectividad.Suspiró. ¿Por qué no podía hablar francamente conGavin? ¿Porqué era preciso tratar siempre con suavidad a loshombres? Si él laamaba, debería amar cuanto ella hacía, aunque le fueradesagradable.Pero era inútil desearlo así, y ella lo sabía. Si decía laverdad, perdería aGavin. ¿Y dónde podría hallar a otro amante?El recuerdo de su cuerpo, duro y exigente, hizo que Aliceclavaralos tacones de sus zapatitos en los flancos del caballo.Oh, sí, usaría laslágrimas y cuanto hiciera falta para conservar a GavinMontgomery,caballero de renombre, luchador sin igual... ¡y suyo, todosuyo!De pronto le pareció oír las acuciantes preguntas de Ela.Sideseaba tanto a Gavin, ¿por qué se había comprometidocon EdmundChartworth, el de la piel pálida como vientre de pescado,el de las manosgordas y blandas, el de la fea boca que formaba uncírculo perfecto?Porque Edmund era conde. Poseía tierras desde unextremo deInglaterra al otro; tenía fincas en Irlanda, en Gales, enEscocia y, segúnrumores, también en Francia. Claro que Alice no conocíacon exactitudla suma de sus riquezas, pero ya lo sabría. Oh, sí, cuandofuera su esposalo sabría. Edmund tenía la mente tan débil como elcuerpo; ella notardaría mucho en dominarlo y manejar sus propiedades.Lo mantendríacontento con unas cuantas rameras y atenderíapersonalmente las fincas,sin dejarse estorbar por las exigencias masculinas ni lasórdenes maritales.La pasión que Alice sentía por el apuesto Gavin no lenublaba elbuen juicio. ¿Quién era Gavin Montgomery? Un barón depoca monta,más pobre que rico. Soldado brillante, hombre fuerte yhermoso; pero,comparado con Edmund, no tenía fortuna. ¿Y cómo seríala vida con él?Las noches serían noches de pasión y éxtasis, pero Alicesabía bien queninguna mujer dominaría jamás a Gavin. Si se casabacon él, se veríaobligada a permanecer de puertas adentro, haciendolabores femeninas.No, Gavin Montgomery no se dejaría dominar jamás poruna mujer.Sería un esposo exigente, tal como era exigente en supapel de amante.Azuzó a su caballo. Ella lo quería todo: la fortuna y laposiciónsocial de Edmund junto con la pasión de Gavin.Sonriente, se acomodólos broches de oro que sostenían el vistoso manto sobresus hombros. Élla amaba, de eso estaba segura, no perdería su amor.¿Cómo podíaperderlo? ¿Qué mujer la equiparaba en belleza?Alice empezó a parpadear con rapidez. Bastarían unaspocaslágrimas para hacerle comprender que ella se veía
obligada
a casarse conEdmund. Gavin era hombre de honor. Comprendería quela muchachadebía respetar el acuerdo de su padre con Edmund. Sí; sise conducía concautela, podría tenerlos a ambos: a Gavin para la noche,a Edmund y a sufortuna durante el día.Gavin esperaba en silencio. Sólo un músculo se movía enél,tensando y aflojando la mandíbula. El claro de lunaplateaba suspómulos, asemejándolos a hojas de puñal. Su boca firmey recta formabauna línea severa por encima de la barbilla hendida. Losojos grises,oscurecidos por la ira, parecían casi tan negros como elpelo que serizaba asomando por el cuello de la chaqueta de lana.Sólo sus largos años de rígido adiestramiento en lasreglas decaballería le permitían ejercer tanto dominio sobre suexterior. Pordentro, estaba hirviendo. Esa mañana se había enteradode que su amadaiba a casarse con otro; se acostaría con otro hombre; deél serían sushijos. Su primer impulso fue cabalgar directamente hastala torre deValence para exigir que ella desmintiera el rumor, pero elorgullo locontuvo. Como había concertado aquella cita con ellasemanas antes, seobligó a esperar hasta que llegara el momento de verlaotra vez, deabrazarla y oírla decir, con sus dulces labios, lo que éldeseaba escuchar:Que no se casaría sino con él. Y de eso estaba seguro.Clavó la vista en la vacuidad de la noche, alerta al ruidode cascos.Pero el paisaje permanecía en silencio; era una masa deoscuridad,quebrada só1o por las sombras más oscuras. Un perro seescurrió de unárbol a otro, desconfiando de aquel hombre quieto ysilencioso. Lanoche traía recuerdos de la primera cita con Alice en eseclaro: un rincónprotegido del viento, abierto al cielo. Durante el día,cualquiera podríahaber pasado a caballo ante él sin verlo siquiera, peropor la noche lassombras lo transformaban en una negra caja deterciopelo, con el tamaño justo para contener una gema.Gavin había conocido a Alice en la boda de una de lashermanasde ella. Si bien los Montgomery y los Valence eranvecinos, rara vez seveían. El padre de Alice era un borracho que se ocupabamuy poco desus propiedades. Su vida (como la de su esposa y suscinco hijas) era tanmísera como la de algunos siervos. Si Gavin asistió a losfestejos, fuesólo por cumplir con un deber y para representar a sufamilia, pues sustres hermanos se habían negado a hacerlo.En ese montón de mugre y abandono, Gavin descubrió aAlice: subella e inocente Alice. En un principio no pudo creer queperteneciera aaquella familia de mujeres gordas y feas. Sus ropas erande telas caras; susmodales, refinados; en cuanto a su belleza...Se sentó a mirarla, tal como lo estaban haciendo tantos jóvenes.Era perfecta: pelo rubio, ojos azules y una boca pequeñaque él habríahecho sonreír a cualquier coste. Desde ese mismoinstante, sin habersiquiera hablado con ella, se enamoró. Más adelantetuvo que abrirsepaso a empellones para llegar hasta la muchacha. Suviolencia parecióespantar a Alice, pero sus ojos bajos y su voz suave lohipnotizaron aúnmás. Era tan tímida y reticente que apenas podíaresponder a suspreguntas. Alice era todo lo que él habría deseado y másaún: virginal,pero también muy femenina.
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