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Carta Cervantina

Carta Cervantina

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1
V
EO
Q
UIJOTE
 
Jesús G. MaestroHe aquí mis palabras en respuesta a la amable invitación de Nazareth Peral deofrecer mis impresiones cervantinas en el contexto del proyecto, educativo y formativo,Veo Quijote.Yo leí el
Quijote
 
 por vez primera en 1982 ―tenía 14 años―, en la edición que para
la editorial Cátedra preparó John Allen. Nunca antes me había enfrentado a la obra deCervantes, en ningún formato, ni para niños, ni para adultos. No recuerdo que durantemi infancia estuviera disponible ninguna versión del
Quijote
adecuada a lasposibilidades de lectura y comprensión propias de un niño. No digo que no las hubiera,sino que yo no las recuerdo. Si las conocí, no dejaron en mí ninguna huella o referencia.Hoy la situación ha cambiado valiosamente. Hay una versión para niños del
Quijote
 que, con mucho, me parece la más estimable. Se trata de la que ha elaborado RosaNavarro Durán para la editorial Edebé, con las acertadas ilustraciones de FrancescRovira. Es una obra que a día de hoy leo con sumo placer a mis sobrinas, y que regalosin dudarlo a todo niño o niña que me ofrece la oportunidad de compartir con él o ella elatractivo de esta interesante obra.La versión de Rosa Navarro Durán,
 El Quijote contado a los niños
, esparticularmente valiosa porque cada palabra que la autora utiliza está cuidadosamentepensada e inteligentemente acomodada a las posibilidades de la comprensión infantil. Séde qué hablo, porque he vivido la reacción de mis sobrinas, y de otros niños, ante lalectura de ese libro, o ante la audición que de esos textos de Rosa, junto a lasilustraciones de Francesc, les he ofrecido. Los niños preguntan por el significado detales o cuales palabras, identifican objetos que despiertan su curiosidad, y alertan sobreel por qué de algunas formas del comportamiento de don Quijote y Sancho.Cervantes escribió una novela extraordinariamente inteligente, y apta para todos lospúblicos, pues como él mismo advirtió, por boca del bufonesco bachiller Sansón
Carrasco, “
los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los
viejos la celebran” (
Quijote
, III, 3). He aquí la concepción cervantina de su propia obra,y lo que su autor espera del público y del ser humano en sus distintas edades:percepción en los niños, atención en los jóvenes, comprensión en la madurez ycelebración y fama desde la senectud, a la que se supone dotada de mayor autoridad a lahora de consagrar y reconocer los valores.Personalmente he de confesar que siempre he negado que pueda hablarse de
“literatura infantil”. La literatura no es infantil, no es para niños
. Del mismo modo queno hay ingeniería química para niños ni biología molecular para ancianos, ni tampocotermodinámica para adultos o astronomía para mujeres y no para hombres, por ejemplo.Este tipo de etiquetas son consignas comerciales e ideológicas destinadas a captar laatención del público, que queda reducido a un consumidor, cautivo de sus propiosprejuicios (sexuales, culturales, nacionalistas, ideológicos, etc.). Esto no debeinterpretarse como que los niños no son capaces de entender los contenidos de la
 
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literatura. Eso sería absurdo y demagógico. Los niños son capaces de eso y de muchomás, pero de lo que no son capaces es de interpretar la literatura como si fueran adultos.Si toda nuestra vida fuera solamente una vida de adulto seríamos intensamente infelices.La infancia es, si nada lo impide, un arsenal de vitalidad irrepetible preservada demuchas adversidades que en nuestra madurez no podemos esquivar de ninguna manera.Por eso privar de infancia a los niños es uno de los actos más crueles en que se puedeincurrir.Pero l
a denominada “literatura infantil” es una invención editorial y comercial,
destinada a niños, padres, educadores y pedagogos, y sirve para entendernos
―sabemosde qué estamos hablando―
, pero no cabe interpretarla como si los niños pudieran leer,sin más, el
Quijote
de Cervantes, el
Fausto
de Goethe, la
 Divina comedia
de Dante, la
 Madame Bovary
de Flaubert o el
Cristo versus Arizona
de Cela, tan indigesto para todoslos públicos. Tampoco hay que confundir las versiones infantiles de obras literarias,algo que resulta muy difícil de llevar a cabo con calidad verbal,
literaria y estética ―yRosa Navarro y Francesc Rovira lo han hecho admirablemente bien―
con lasinterpretaciones
infantilistas
de la literatura. Los niños pueden comprender las obrasliterarias, pero siempre desde un racionalismo que está dado a una escala diferente delde un adulto. Los niños pueden comprenderlo todo, pero nunca nada de cualquiermanera. Porque la comprensión requiere una educación, y no hay educación de espaldasal uso de la razón. Y aún ha de advertirse que el racionalismo infantil contiene la verdadde la inocencia, algo que la madurez solo puede y debe sustituir por la verdad delconocimiento crítico y científico, subrogación que no es en absoluto inocente. Un adultosolo puede preservar su inocencia de forma artificial, y siempre a través de una
“ignorancia de diseño”
, es decir, de una ignorancia contraria a lo que su forma derazonar, como adulto, le exige.Pero es absolutamente fundamental aceptar que la infancia de un ser humano nopuede estar vacía de contenidos literarios, verbales, lingüísticos, narrativos,imaginativos y poéticos. La literatura es una experiencia que debe y puede ser mostraday explicada a los niños de acuerdo con las posibilidades de percepción y comprensiónpropias de la infancia. No se puede permitir que los niños ignoren lo que la literaturapuede ofrecerles. Es irracional negarles a los niñ
os ―privarles― del racionalismo de la
literatura, y de las posibilidades de sabiduría que esta puede ofrecerles durante suinfancia. Por esta razón, la lectura de los textos, la escucha atenta a alguien que les leeen voz alta, la visión de imágenes y dibujos, y la satisfacción de vercinematográficamente versiones de obras literarias, es una experiencia que ha deofrecerse a la infancia y fomentarse entre los padres.Por desgracia, mi niñez no estuvo intervenida por el
Quijote
cervantino. Yo descubrí la realidad de esta obra en mi adolescencia. ¿Por qué? Porque el mejor profesor de
literatura que he tenido, que fue mi profesor de literatura en el bachillerato ―Emilio Nieto Costas― nos impuso la lectura de este libro
, y nos examinó sobre sus contenidos,a los 14 años, en que yo cursaba segundo de bachillerato, inquiriéndonos acerca denuestras posibilidades de comprender esta obra. En la Universidad de Oviedo, dondeestudié Filología Hispánica, nadie me explicó ni el
Quijote
ni la literatura de Cervantes.Los profesores
―no todos, por supuesto, pero sí la mayoría―
no acababan nunca losprogramas del curso, faltaban a las clases (de una forma que hoy ya no sería posible), osimplemente no se las preparaban. Tuve, en general
―las singularidades habría que
considerarlas una a una, porque alguna había, y me consta que todavía las hay, por
 
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fortuna
, malos profesores en la Universidad, con la radical y decisiva excepción deEmilio Alarcos, Gustavo Bueno y Carmen Bobes.Mi interés por el
Quijote
encontró posibilidades de desarrollo cuando, almatricularme de cuarto curso de Filología Hispánica, me encontré en el mostrador de laadministración de la facultad (no en la clase de ningún docente, quienes por lo comúndespreciaban muchísimo al alumnado), y por pura casualidad, unas papeletaspublicitarias que informaban de la convocatoria de un congreso internacional decervantistas. Era el año 1988. Decidí presentar una comunicación al congreso. Yo eraentonces un estudiante de cuarto curso de carrera, pero no era la primera vez queintervenía en un congreso académico. Aceptaron mi propuesta, intervine en el congresoy publicaron mi trabajo. Así entré a formar parte de la Asociación de Cervantistas, hastael año 2000, en que me di de baja, porque lo que desde entonces comenzó a hacerse enesa asociación dejó de tener para mí interés académico y valor científico.También por casualidad, en 1990, supe de la convocatoria de un premiointernacional de ensayo sobre la obra de Cervantes, convocado por la SociedadCervantina de Madrid. Me presenté con un trabajo sobre la interpretación crítica entorno al episodio de la Cueva de Montesinos. Tenía 22 años. Me dieron el premio.Siempre lo agradecí, porque yo no conocía a nadie en esa institución, y me premiaronsolo por lo que leyeron, pues no tenían de mí ninguna referencia. La vida me enseñódespués, con pruebas irrefutables, que los premios no demuestran el valor de quien losrecibe, sino las relaciones de influencia que uno o una es capaz de administrarse con losde su entorno. Aquel premio fue una excepción en mi vida. Sé que jamás recibiré otrode más valor, porque en el mundo laboral la inocencia no existe.Desde los años 1988 y 1991 seguí trabajando sin interrupciones sobre Cervantes ysu obra literaria, y confieso que lo hice cada vez con mayor interés y energía. En miopinión, y así lo he hecho público en muchas circunstancias, en el
Quijote
está el«genoma» de la literatura, el «adn» de la genealogía y la biología literarias. Lo que noestá en el
Quijote
no existe en la literatura.En la obra de Cervantes están todos los géneros literarios habidos y por haber, estánla locura y la cordura; están el amor y la valentía
―algo de lo que en nuestra sociedad
actual apenas se puede disfrutar, porque resulta eclipsado por el sexo de pésima calidady por el cinismo cobarde y eunucado de quienes censuran a los valientes
―;
están lareligión y el pensamiento laico, que es lo mismo que decir la razón teológica y la razónantropológica, enfrentadas cervantinamente, es decir, dialécticamente, porque pudierapensarse que si la razón es Dios, lo mejor es volverse loco cuanto antes, como hace donQuijote.No hay que olvidar que la locura de don Quijote es una locura muy atractiva y muyseductora. No hay lector que se resista a la simpatía que inspira este personaje. Y locierto, como bien señaló con agudeza Gonzalo Torrente Ballester, la locura delingenioso hidalgo es una mentira, una ficción, un fingimiento. Don Quijote se fingehábilmente loco para poder hacer una serie de cosas que desde la cordura no serían deninguna manera posibles, ni factibles, ni siquiera imaginables. Y mucho menostolerables por una sociedad como la España del Siglo de Oro. La locura proporciona alser humano una libertad
―un fuero, diríamos―
mucho mayor que la cordura, al igualque el juego y los privilegios (sean estos de clase, de sexo, de casta o de geografía,

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