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Karate-do Mi Camino Funakoshi

Karate-do Mi Camino Funakoshi

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01/25/2014

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Karate-dõ
 
Mi Camino
 
Gichin Funakoshi
 
 
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PROLOGO
Mucho ha sido publicado en Japón acerca del gran maestro de Karate, GichinFunakoshi, pero esta es la primera traducción en inglés de su autobiografía. Escribiendono mucho antes de su muerte, a la edad de 90 años, describe sucintamente su vida suinfancia y su juventud en Okinawa, sus esfuerzos por refinar y popularizar el arte delKarate, su prescripción para la longevidad y revela su gran personalidad y su a vecesforma antigua de verse a mismo, su mundo y su arte.A través de este volumen, el seguidor de Karate-dõ adquirirá gran conocimiento por laforma de vida y de pensar del maestro y, en consecuencia, un agudo conocimiento delarte de defensa propia que él llevó a un estado de alta perfección. Yo recomiendosinceramente estas memorias de Funakoshi no solo para los que practican Karate-dõ opiensan hacerlo, sino también para aquellos interesados en la cultura y el pensamientode Oriente.El origen del Karate permanece desconocido, entre las tinieblas de la leyenda, peroigualmente conocemos mucho: ha echado raíces y es ampliamente practicado en el Estede Asia entre gente que adhiere a varias creencias como el Budismo, Mahometanismo,Hinduismo, Brahmanismo y Taoísmo.Durante el transcurso de la historia humana, distintos artes de defensa propia ganaronsus adeptos en varias regiones del Este de Asia, pero hay en todos una similitud. Poresta razón el Karate es referido, en distintas formas, como el otro arte oriental dedefensa propia, aunque (pienso que seguramente se puede decir), el Karate es ahora elmás ampliamente practicado de todos. La interrelación aparece cuando comparamos elímpetu de la moderna filosofía con el de la filosofía tradicional. La primera tiene susraíces en las matemáticas y la última en movimiento físico y técnica. Los conceptosorientales e ideas, lenguaje y forma de pensar, han sido en cierto grado formados por suíntima conexión con la destreza física. Aún cuando el lenguaje, tanto como las ideas,tuvieron cambios inevitables durante el transcurso de la historia humana, encontramosque sus raíces permanecen sólidamente embebidas en técnicas físicas.Hay un dicho budista que, como muchos otros dichos budistas son ostensiblementecontradictorios, pero para el karateca adquiere especial significado. Traducido, el dichodice: “Movimiento es no movimiento, no movimiento es movimiento”. Esta es una tesisque aún en el Japón contemporáneo es aceptada por educadores, y debido a sufamiliaridad el dicho puede ser acortado y usado como adjetivo en nuestro lenguaje.Un japonés, investigando su propia instrucción, dirá que él está “entrenando suestómago” (hara wo neru). Aunque la expresión tiene amplias implicancias, su origenreside en la obvia necesidad de endurecer los músculos del estómago, un prerrequisitopara la práctica del Karate. Llevando los músculos del estómago a un estado deperfección, el karateca será capaz de controlar no solo los movimientos de sus manos ypies sino también su respiración.El Karate debe ser casi tan viejo como el hombre, que tempranamente se vio obligado a
 
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combatir desarmado las fuerzas hostiles de la naturaleza, animales salvajes y enemigosentre sus semejantes. Pronto aprende que en su interrelación con las fuerzas naturales,adaptarse es más conveniente que luchar. Sin embargo, cuando se ve obligado acombatir debido a hostilidades inevitables, desarrolla técnicas para defenderse y vencera su enemigo. Para lograrlo aprendió que tenía que tener un cuerpo fuerte y saludable.A, las técnicas que finalmente se incorporaron al Karate-dõ provinieron de un ferozarte de pelea y de defensa propia.En Japón, el término “sumõ” aparece en la antología poética más antigua, el“Man’yoshu”. El “sumõ” de ese tiempo (siglo VIII) incluye no solo las técnicas que seencuentran en el “sumõ” actual sino también las de Judo y de Karate, y este últimomostró un nuevo desarrollo bajo el Budismo, ya que los sacerdotes lo usaban como unaforma de movimiento para su propio perfeccionamiento. En los siglos VII y VIII, losbudistas japoneses viajaban a las cortes de Sui y T’ang, donde se interiorizaban del artechino y llevaban a Japón algunos de sus refinamientos. Por muchos años, aquí en Japón,el Karate permaneció enclaustrado detrás de las gruesas paredes de los templos, enparticular aquellos de Budismo Zen; aparentemente no fue practicado por otra gentehasta que los samurái comenzaron a entrenarse en los templos y comenzaron a aprenderel arte. El Karate como lo conocemos actualmente fue perfeccionado en el último mediosiglo por Gichin Funakoshi.Hay numerosas anécdotas acerca de este hombre extraordinario, muchas de las cuales élmismo cuenta en las ginas siguientes. Algunas tienden a convertirse en leyendas yotras Funakoshi no las cuenta porque son una parte tan íntima de su forma de vida quecasi no está enterado de ellas. El nunca se desvió de su forma de vida, la forma samurái.Quizás para los jóvenes japoneses posteriores a la guerra mundial, así como paramuchos de los lectores extranjeros, Funakoshi aparecerá como un excéntrico, pero élfue simplemente un seguidor del código ético y moral de sus ancestros, un código queexiste mucho antes de que se escribiese algo de la historia de Okinawa.Él conservó los viejos tabúes. Por ejemplo, para un hombre de su clase la cocina eraterritorio prohibido, y Funakoshi, hasta donde yo conozco, nunca lo traspasó. Nunca semolestó en pronunciar los nombres de artículos mundanos como calcetines o papelhigiénico, porque según el código que seguía rigurosamente éstos estaban asociadoscon lo que se consideraba impropio o indecente.Para aquellos de nosotros que estudiamos bajo su guía, él fue un maestro grande yreverenciado, pero temo que en los ojos de su joven nieto Ishirõ (ahora un coronel de laFuerza Aérea de Defensa) él fue solo un anciano muy obstinado. Recuerdo bien unaocasión en que Funakoshi vio un par de calcetines dejados en el piso. Con un gestohacia Ishirõ, dijo: “Lleva eso afuera”. “Pero no entiendo”, dijo Ishirõ con una miradatotalmente inocente. “¿Qué quiere decir con eso?”. “Sí” dijo Funakoshi. “¡eso, eso!”.“¡Eso, eso!” Ishirõ replicó. “¿Usted no conoce la palabra de “eso”?”. “¡Yo dije queponga eso afuera inmediatamente!” Repitió Funakoshi, e Ishirõ fue forzado a admitir laderrota. Su pequeña trampa falló; su abuelo se negó firmemente, como lo había hechoen toda su vida, a pronunciar la palabra calcetines.Durante el transcurso de su libro Funakoshi describe algunas de sus costumbres

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