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Maurice Blanchot- Foucault Como Yo Me Lo Imagino

Maurice Blanchot- Foucault Como Yo Me Lo Imagino

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Published by Josué Castillo
Maurice Blanchot sobre Foucault.

filosofía, psicoanálisis, psicología, medicina, poder, sociología
Maurice Blanchot sobre Foucault.

filosofía, psicoanálisis, psicología, medicina, poder, sociología

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08/13/2013

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Algunas palabras personales, precisamente con Michel Foucault no llegué a tenerrelaciones personales. No coincidimos nunca, salvo en una ocasión en el patio dela Sorbona durante los acontecimientos de Mayo del 68, quizá en junio o julio(aunque me han dicho que él no estaba presente, en que le dirigí algunaspalabras, ignorando él quién le hablaba (a pesar de lo que digan los detractoresde Mayo, aquél fue un hermoso momento, en que uno podía hablar concualquiera, anónimo, impersonal, un hombre entre otros hombres y saludarse sinmás explicación que la de ser uno más). Verdad es que, durante aquellosacontecimientos extraordinarios, me pregunta a menudo: ¿Por qué Foucault noestá aquí? restituyéndole así su carisma personal y pensando en el vacío que élhubiera debido llenar. A lo que se me respondía con una aclaración que no mesatisfacía: permanece un poco al margen; o bien: está en el extranjero, incluso loslejanos japoneses, estaban allí. Tal ves esta sea la razón por la que no llegamos aencontrarnos.No obstante, su primer libro, que le dio cierto renombre, había estado en mismanos cuando todavía no era más que un manuscrito casi sin título. Lo teníaRoger Callois y nos lo pasó a varios de nosotros. Y si recuerdo este papel deCaillois es por que me parece que ha caído en el olvido. Caillois mismo no erasiempre aceptado por los especialistas oficiales. Se interesaba por demasiadascosas a la vez. Conservador, innovador, manteniéndose siempre un poco aparte,no tenía cabida en la sociedad de los que detentan un saber reconocido. En fin, sehabía forjado un estilo muy hermoso, a veces en demasía, hasta el punto decreerse destinado a velar -celoso guardián- sobre el bueno uso de la lenguafrancesa. El estilo de Foucault, por su brillantez y precisión, cualidadesaparentemente contradictorias, le dejó perplejo. No sabía ya si aquel gran estilobarroco no invalidaría el singular saber cuyas múltiples cualidades, filosófica,sociológica, histórica, le inquietaban y le exaltaban. Quizá vio en Foucault un sosiade sí mismo que le usurpaba la herencia. A nadie le gusta reconocerse, extraño,en un espejo donde ya no distingue a su doble, sino a aquel que le hubieragustado ser.El primer libro de Foucault (admitamos que fuera el primero) puso así de relieveunas relaciones con la literatura que habría que corregir más adelante. La palabra“locura” fue un semillero de equívocos. Foucault no trataba más queindirectamente de la locura, y ante todo de ese poder de exclusión que, un buen oun mal día, fue puesto en marcha por un simple decreto administrativo, decisiónque, dividiendo la sociedad, no ya en buenos y malos, sino en razonables eirrazonables, plantea las impurezas de la razón y las relaciones ambiguas que elpoder – aquí, un poder soberano- iba a mantener con aquello que mejor tienerepartido, dando a entender que no le serían tan fácil gobernar sin reparto. Loimportante, es en efecto el reparto; lo importante, es la exclusión -y no ya aquelloque se excluye o reparte-. En fin, qué historia tan singular, cuyo curso puededesviar un simple decreto, y no grandes batallas o importantes disputasmonárquicas. Y por si fuera poco, ese reparto, que no es de ningún modo un actomalévolo, destinado a castigar a los individuos peligrosos en razón de suinsociabilidad (vagos, pobres, pervertidos, violadores, extravagantes y, paraterminar, los chiflados o locos), debe, con una ambigüedad todavía más temible,
 
tomarlos en consideración procurándoles cuidado, alimento y bendición. Impedirque los enfermos mueran en la calle, que los pobres se conviertan en criminalespara sobrevivir, que los pervertidos corrompan a los piadosos con su ejemplo ysus malas costumbre, no es nada malo en sí, es más, indica un progreso, el puntode partida de un cambio que los gobernantes juzgarán excelente.De este modo, ya desde su primer libro, Foucault aborda problemas que hanpertenecido a la filosofía (razón, sinrazón), pero los abordad por el sesgo de lahistoria y de la sociología, privilegiando en la historia una cierta discontinuidad(un acontecimiento pequeño puede propiciar grandes cambios), sin hacer de estadiscontinuidad una ruptura (antes de los locos estaban los leprosos, y esprecisamente en los lugares –lugares materiales y espirituales a la ves-- que dejanvacíos los desaparecidos leprosos, donde se habilitan los refugios para otrosmarginados, del mismo modo que esta necesidad de marginación persevera bajosorprendentes formas, en ocasiones declarada y en ocasiones disimulada).
 
UN HOMBRE EN PELIGROHabría que preguntarse por qué la palabra “locura”, incluso en Foucault, haconservado un potencial de enigma tan considerable. Al menos en dos ocasionesFoucault reprochará el haberse dejado seducir por la idea de que hay unaprofundidad de la locura, de que ésta constituiría una experiencia fundamentalque se sitúa fuera de la historia y de la de los poetas (los artistas) han sido ypueden ser todavía testigos, las víctimas o los héroes. Si esto fue un error, le hasido beneficioso, en la medida en que, gracias a él (y a Nietzsche), tomóconciencia de su poca afición por la noción de profundidad, del mismo queperseguirá en los discursos, los sentidos ocultos, los secretos fascinantes, es decirlos dobles y triples fondos del sentido, de los que es cierto que no se puede llegarhasta el final más que descalificando el sentido mismo, así como, en las palabras,el significado, e incluso el significantes.Llegados a este punto, diré que Foucault, que en una ocasión se proclamóprovocativamente un “optimista feliz”, fue un hombre en peligro y que, sin haceralarde de ello, tuvo una percepción muy aguda de los peligros a los que estamosexpuestos, esforzándose por distinguir entre los más amenazadores y aquelloscon los que podemos contemporizar. De ahí la importancia que tuvo para él lanoción de estrategia, y de ahí que terminara especulando con el pensamiento demodo que hubiera podido, si el azar lo hubiera decidido así, convertirse en unhombre de Estado (un consejero político), l mismo que en un escritor -terminoéste que él siempre rechazó con más o menos vehemencia y sinceridad- o en unfilósofo puro, o en un trabajador sin cualificación, es decir, en un cualquiera.En cualquier caso, un hombre de acción, solitario, secreto y que, precisamentepor eso, desconfía del prestigio de la interioridad, se defiende de las trampas dela subjetividad, buscando dónde y cómo es posible un discurso de superficie,espejeante, pero sin espejismos, un discurso que no es ajeno, como se hapretendido, a la búsqueda de la verdad, pero que pone de manifiesto (entre otrasmuchas cosas) los peligros de esta búsqueda y sus ambiguas relaciones con losdistintos dispositivos de poder.

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