Algunas palabras personales, precisamente con Michel Foucault no llegué a tenerrelaciones personales. No coincidimos nunca, salvo en una ocasión en el patio dela Sorbona durante los acontecimientos de Mayo del 68, quizá en junio o julio(aunque me han dicho que él no estaba presente, en que le dirigí algunaspalabras, ignorando él quién le hablaba (a pesar de lo que digan los detractoresde Mayo, aquél fue un hermoso momento, en que uno podía hablar concualquiera, anónimo, impersonal, un hombre entre otros hombres y saludarse sinmás explicación que la de ser uno más). Verdad es que, durante aquellosacontecimientos extraordinarios, me pregunta a menudo: ¿Por qué Foucault noestá aquí? restituyéndole así su carisma personal y pensando en el vacío que élhubiera debido llenar. A lo que se me respondía con una aclaración que no mesatisfacía: permanece un poco al margen; o bien: está en el extranjero, incluso loslejanos japoneses, estaban allí. Tal ves esta sea la razón por la que no llegamos aencontrarnos.No obstante, su primer libro, que le dio cierto renombre, había estado en mismanos cuando todavía no era más que un manuscrito casi sin título. Lo teníaRoger Callois y nos lo pasó a varios de nosotros. Y si recuerdo este papel deCaillois es por que me parece que ha caído en el olvido. Caillois mismo no erasiempre aceptado por los especialistas oficiales. Se interesaba por demasiadascosas a la vez. Conservador, innovador, manteniéndose siempre un poco aparte,no tenía cabida en la sociedad de los que detentan un saber reconocido. En fin, sehabía forjado un estilo muy hermoso, a veces en demasía, hasta el punto decreerse destinado a velar -celoso guardián- sobre el bueno uso de la lenguafrancesa. El estilo de Foucault, por su brillantez y precisión, cualidadesaparentemente contradictorias, le dejó perplejo. No sabía ya si aquel gran estilobarroco no invalidaría el singular saber cuyas múltiples cualidades, filosófica,sociológica, histórica, le inquietaban y le exaltaban. Quizá vio en Foucault un sosiade sí mismo que le usurpaba la herencia. A nadie le gusta reconocerse, extraño,en un espejo donde ya no distingue a su doble, sino a aquel que le hubieragustado ser.El primer libro de Foucault (admitamos que fuera el primero) puso así de relieveunas relaciones con la literatura que habría que corregir más adelante. La palabra“locura” fue un semillero de equívocos. Foucault no trataba más queindirectamente de la locura, y ante todo de ese poder de exclusión que, un buen oun mal día, fue puesto en marcha por un simple decreto administrativo, decisiónque, dividiendo la sociedad, no ya en buenos y malos, sino en razonables eirrazonables, plantea las impurezas de la razón y las relaciones ambiguas que elpoder – aquí, un poder soberano- iba a mantener con aquello que mejor tienerepartido, dando a entender que no le serían tan fácil gobernar sin reparto. Loimportante, es en efecto el reparto; lo importante, es la exclusión -y no ya aquelloque se excluye o reparte-. En fin, qué historia tan singular, cuyo curso puededesviar un simple decreto, y no grandes batallas o importantes disputasmonárquicas. Y por si fuera poco, ese reparto, que no es de ningún modo un actomalévolo, destinado a castigar a los individuos peligrosos en razón de suinsociabilidad (vagos, pobres, pervertidos, violadores, extravagantes y, paraterminar, los chiflados o locos), debe, con una ambigüedad todavía más temible,
Add a Comment