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09/14/2013

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Capítulo 4 - Bizantine Stadium.I
Stainfeuer entró a su estadio rodeado de las ovaciones y envidias de sus empleados. Era lainauguración de un largo viaje hacia la eternidad y su equipo se encontraba muy exaltado por creeque sus sacrificios se encontraban cercanos al triunfo. Lo adoraban como a un César victorioso,con la diferencia de que a él, nadie le podía recordar su humanidad, ni su computador, puesestaba más allá del bien y del mal mesurados por sus circuitos.Verdugo no podía juzgar a los Steinfeur. Le habían programado esa excepción desde que lediseñaron. Todavía no comprendía esta anomalía de percepción y procesamiento, pero aunquellegara a entenderla, la seguiría sin resistencia. Y ahora, sus ojos se iban a abrir con el mismopunto ciego y nuevas capacidades ante un estadio repleto. A una orden de su amo comenzaría aver como nadie podía hacerlo. Desde el estrado Steinfeuer gritó a sus siervos: "¡hágase la luz!",inaugurando el último protocolo que juntos llevarían a cabo para despedirse del mundo que lesrodeaba. Entonces, Verdugo redirigió sus láseres invisibles a cada cosa y ser a su alcance.Menos a Steinfeuer, claro, y a su familia. A ellos los seguiría reconociendo con los parámetroscomunes de lectura biométrica a luz visible.Verdugo sintió a sus neuronas cibernéticas llenarse de biodatas novedosas que comenzó aprocesar, colocándolas en el index de crecimiento permanente que seguía a cada individuo hastael momento de su muerte. Ahora nada parecía quedar oculto a su vista, ni siquiera suspensamientos, los veía y registraba en tiempo real por dentro, por fuera, y al detalle. No podíaexistir mayor desnudez que aquella, pensaba Feuerstein. Accedió cuando su hijo le pidió atajar un tanto el voyerismo involuntario de Verdugo con Velux,software que diseñó con la asesoría de Jhidr, el maestro de disciplinas marciales, pero rehusarsea utilizar el algoritmo de ética era otra cosa bien distinta. No podían darse el lujo de no activarlo por el capricho humanista de Ylnam. Necesitaban seleccionar quién sobreviviría y quién seríasacrificado, y sin ese juez perfecto era imposible.Y allí estaba, al borde de su Armagedón personal, con un ejército listo para abstraerse de lahecatombe automática que fabricaron febrilmente, y sin otra cosa en sus cabezas más que susdesviadas pulsiones eróticas de querer persistir aniquilando al despreciable, y una vez asesinado,despojarle sus bienes como herencias malditas que debieran pertenecerles. La Tierra sería deellos. Dios lo había decidido. Así explicaban su pertenencia al grupo selecto de la congregación deSteinfeuer. ¿Quiénes tenían lo que ellos?, ¿quiénes sabían lo mismo?, ¿quiénes eran capaces deatreverse a hacer lo que ellos sí harían? Estaban benditos. Después de aniquilar a los excecrables,limpiarían sus restos y sanarían la amable piel de la Madre Tierra, que esos muertos habíanmaculado con cuanto pudieron. ¿Acaso merecía un hogar quien incendia su propia casa?,¿merece la vida aquel que mata? Ellos eran los anticuerpos del cáncer de la vida, los elegidos.Los sellados con la marca del padre y su hijo, la marca Verdugo.
II
"Desde la mano fraticida de Caín, hasta el índice que evaporó Hiroshima y Nagasaki, nuestraespecie ha atacado a sus enemigos, reales o supuestos, con las herramientas más efectivas queha tenido al alcance. Ha crecido sin menguas su capacidad destructiva a la par de su historialcriminal; no le ha moralizado el ejemplo nefasto de sus antecesores, ni se ha arrepentido de lasatrocidades de sus padres o congéneres. Al contrario, parece que se ha esforzado en ser peor:más destructivo, más violento, más cruel, más ambicioso, más insensible, más bestial, menoshumano. Ha disfrazado su maldad con pretextos fabulosos, con razones cínicas, con hipocresía ymentiras. No ha sido el hombre la sal de la tierra, ni ha sembrado en ella la esperanza del mejor delos sueños. En la casa de todos ha contaminado, y dejado el rastro infeccioso de la desolación y laenfermedad.
 
¿Por qué se ha permitido el hombre tal conducta?, ¿por qué ha llegado más bajo que el peor delos animales?, ¿qué fuerza le ha impelido a trabajar intensivamente por la muerte un día y luegootro, a través de las Eras? ¿Justifica su fin el medio detestable que viene utilizando generacióntras generación? ¿Es su codicia suficiente abogado del estado en el que ha dejado a la creación?¿O es el hombre culpable de alta traición a su misión divina?Ha permitido que la seda de su comunidad se deshilachara, ha tolerado que suplantaran sus rolesy abrió la puerta al individualismo, aniquilador de las familias y tribus, de los pueblos y naciones. Elmismo ha sido cómplice de la defragmentación de sus potencias, de la división de su integralidad,del reparto de sus dones a las hienas y los buitres.Ha llevado su planeta al colapso de sus sistemas reguladores y lo puso a un paso del abismo.Extermina especies que no creó sin sentir la cosquilla de una responsabilidad o el dejo de unaculpa. Observa indiferente el escenario del Apocalipsis mientras no le cerque el aliento o sea otroel que se encuentre en la vorágine del fin. Este es el hombre.¿Puede tal criatura escapar del tribunal que sus actos invocan?, ¿puede huir de sí el hombre?Si soltamos las riendas de nuestros destinos, otros las tomarán, y seguirá su curso la agonía de laMadre Tierra hasta colmar su copa con la muerte. ¿Cuánto falta para el brindis del Juicio Final?¿Una especie más de insectos que el pesticida mató indiscriminadamente?, ¿un mamífero másexiliado a la nada porque la mina resultó más importante que su hábitat?, ¿un ave que despide alcielo y pasa a ser sólo mención de enciclopedia virtual, o reservorio genético de un refrigerador escondido en una fortaleza inexpugnable?Ha llegado el momento de decidir hacia dónde va esto. Y quién va hacia el futuro y quién seconvierte en memoria.Es así que los he citado en esta ceremonia solemne, ésta es la razón de nuestro encuentro: levar anclas, soltar la pesas.Ustedes han fabricado voluntariosamente las herramientas de nuestro juicio, y han ayudado acolocar un tribunal en cada casa, en cada sitio. Han construído el juzgado mundial y lo haninstaurado a lo largo y ancho de los lugares del hombre. ¡Gracias!"Como ola que se rompe en un acantilado lo atacaron los aplausos. Esta vez no ovacionaban aSteinfeuer, sino a sí mismos. Era la legión que se autoproclamaba triunfadora ante el pobladoaterrorizado y se aprestaba a invadirle, a incendiarle, a ejecutarle. Cada uno de ellos imaginó quela historia terminaría así al registrarse para el Arca, y no les quedaron dudas cuando recibieron elnanochip en la nuca. Ahora entrarían al porvenir juntos, victoriosos. Steinfeuer prosiguió:"Nimrod intentó incinerar al Profeta Abraham, y Nabucodonosor hizo lo propio con los que senegaron a adorar su estatua; ambos fracasaron. Ahora el hombre lo ha conseguido consigomismo. Se ha erigido como pirómano y no hay lugar donde su fuego se abstenga de crepitar. Seconsume enmedio de sus llamas invisibles que abrasan la existencia entera. Ha instalado lahoguera del holocausto en medio de la casa y la ha mantenido viva, mientras muere por ella y matacon ella. ¿Por qué precio ha ofertado este sacrificio sin precedentes?Por construir una tribu en la realidad virtual se ha divorciado de los suyos. Por evitar la plática delos corazones ha levantado casillas telefónicas portátiles, donde se aísla mientras se exhibeparloteando lo insustancial, en tanto atropella con el rayo a quien le rodea. Por acompañarse del juego y la distracción fulmina a sus hijos desde los vientres que les forman. Por ganarle unas onzasde oro a su bolsillo evapora la humanidad de los cerebros y esteriliza la potencialidad de loscuerpos. Enferma y disminuye sus años por adorar embelesado sus fetiches luminosos y

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