El jardín estaba como dormido, sobre todo en las umbrías que propor ~ cionaban los escasos árboles, casitodos frutales. No era muy grande, digamos, más bien pequeño, Pero cuidándolo se me pasaban las pocas omuchas horas que tenía libres. Me gustaba mirar desde el pórtico de mi casa sus distintas partes. Unas eranornamentales - me sentía orgulloso delos rosales, los geranios multicolores que daban las notas más fuertes enunión de otras flores-el resto los frutales. Un peral, dos manzanos, unahiguera que era la que más sombra daba, en uno de mis rincones preferidos. Reconozco que exageroutilizando el plural en mi jardín, pero es que también es un poquito huerta. Se crían algunos melones, tomates,lechugas y hasta pimientos. Bien, el hecho es que me siento un poquito satisfecho de que en tan pocos metroscuadrados me den tanto de sí para tener bastantes cosas. Entre ellas, un pequeño gallinero con unas gailinasgenerosas y un gallo que es un machote. De esto, si quiero ser justo, se cuida mi mujer con esmero pero nocon excesivo entusiasmo.Estaba sentado en un banco de madera que estaba al lado de la higuera, cuando oí el rumor de unos pasossobre la gravílla. Era mi nieta. Ojos azules, pelo rubio dorado, veinte años y un tipo que debía quitar larespiración a más de un mozuelo. Había andado deprisa y su rostro lucía un sonrosado aspecto.- ¡Hola abuelo, como siempre estas en la higuera!- ¡Caramba niña, soy distraído, pero lo de estar en la higuera parece un insulto!i Dios mío abuelo, ni por asomo! Vengo a pedirte un favor.Y das por seguro que te lo haré porque soy incapaz de negarte nada, Veamos, de qué se trata.- Es por causa de mi novio.- ¿Pero no decías que habías terminado con Pablo?- Este es otro, abuelo, se llama Ernesto y es más guapo.- ¿Y qué tengo yo que ver con el tal Ernesto el guaperas?- Que adora la cocina, le he dicho que soy una experta cocinera y no sé ni freír un huevo. Esto es unacatástrofe, y tú eres el único que me puede librar de ella.
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