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Lo bueno y lo malo
Como es natural ante un cambio en el palacio, las expectativas seabren con esperanzas, aún de los más incrédulos. Los discursos electorales –que tienden siempre a los dramas- comienzan a matizarse, y aún losrivales más encarnizados suelen abrir caminos de ilusiones, aunque más nosea por puro voluntarismo, ante el cansancio que generan las batallas permanentes.La nueva presidente comenzó su gestión antes de hacerse cargoformalmente. Las designaciones en el gabinete ratificaron lo del “cambiosin cambios”, al incluir muy pocas variantes frente al estado mayor delEstado vigente durante el reinado de su esposo. Y algunas medidastomadas en estos días ayudan a configurar la “transición”, en cuanto puedahablarse de ella habida cuenta que hasta ese tradicional concepto quedalicuado con el cambio que no lo es.Mencionaremos en esta nota dos noticias destacables, uno por lo patética y otra porque ayuda a ilusionarse.Sobre la primera, hablamos la semana pasada pero todo lo que sediga es poco, frente al agravio que ocasiona a miles de compatriotas quehan tomado sobre sus espaldas el peso del país: los hombres de campo. Elsalvaje incremento del impuesto extraordinario a la producciónagropecuaria (las mal llamadas “retenciones”, como si en algún momentose devolvieran...) llega a confiscar, en las situaciones más extremas, másdel 70 por ciento de la ganancia del empresario rural –incluyendo en estasuma las “retenciones”, el impuesto a las ganancias, el impuesto de sellos,el impuesto al cheque, los aportes patronales, los impuestos provinciales yen algunos casos, hasta impuestos municipales-. No hay país en el mundo,en sistemas de economía libre, con este grado patológico de apropiacióndel trabajo ajeno por parte de sus estructuras políticas.Podría argumentarse que con esta medida, la nueva mandatariacorrige los desaguisados de su marido, volcándolos sobre un sector quetiene pocos votos y escasa capacidad de presión. Sin embargo, unargumento de esa naturaleza renunciaría a cualquier pretensión decoherencia, y confesaría la ausencia de estado de derecho: una sociedadcon normas no admitiría un procedimiento de robo institucional como ese,nada más que porque el que gana o tiene algún dinero, carece de fuerza para resistir la exacción.También podría imaginarse que la transferencia de ingresos arbitrada por el Estado con esa medida implica la contribución de quienes puedenhacerlo a una transformación económica destinada a ganar productividad, para cuando la situación cambie y ya no existan esos preciosinternacionales tan favorables. Pero si así fuera, sería inexplicable que no
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