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Recetas Contra La Prisa I (1)

Recetas Contra La Prisa I (1)

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03/19/2013

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Jacobo Montoya Yuriko Haysu. Grupo 302.
Recetas contra la prisa I
Tal como está organizado el mundo en que vivimos, todo a nuestroalrededor parece gritar al unísono pidiendo urgencia y muchas cosasresultan materialmente imposibles dejar de hacerlas deprisa. Ahora bien,el hacer las cosas deprisa lleva consigo una angustia en el que las haceque impide hacerlas bien, es decir, con la atención necesaria.Este tener prisa ha llegado a ser una sensación casi física, como las delhambre, frío o dolor de muelas. Esto es lo grave, ya queindependientemente de lo aprisa o despacio que haya qué hacer las cosas,uno siempre tiene prisa. Ya está metida en el organismo, donde se ha idodesarrollando como una enfermedad.La prisa, en tanto resultado de la organización del mundo, puede llegar atomarse como inevitable; no obstante, la prisa en cada individuo, laaceleración psicológica que casi permanentemente perturba nuestro actuares una enfermedad que, como todas, tiene su tratamiento. Sin embargo,el único tratamiento eficaz contra la prisa exige una constancia ydedicación tan absoluta que desanimará a muchos, ya que la gente tiendea cancelar cuestiones o archivarlas: es decir, a olvidarlas.Pero, dado que la prisa nos amenaza siempre, es natural que la precaucióncontra ella sea también continua: es decir, que no bastará tener conciencia
de unas determinadas normas, equivalentes a “píldoras” que se toman
después de cada comida, sino que habrá que mantener y renovar talconciencia, porque esas normas nada serían sin la voluntad de aplicarlas acada instante.Se trata esencialmente de liberar nuestro pensamiento de la confusión quela prisa produce. Se puede dejar que la prisa invada nuestras piernas,nuestros brazos; que alcance todos los miembros eficaces para servirla. Encambio, hay que poner a salvo nuestra mente, en cuyo terreno la prisahace sus verdaderos y más lamentables estragos, ya que puede llegar asustituir al pensamiento. Cuanta más prisa tenemos, menos nos damoscuenta de por qué la tenemos. Se nos acumulan los motivos reales con losimaginarios, los personales con los generales, los remediables con losirremediables y, desaparecido nuestro raciocinio, quedamos a merced delenemigo mental, que podríamos comparar con un caballo desbocado delcual se pierden las bridas.
 “Vísteme despacio, que voy deprisa”, dice un refrán español. Lo cual noquiere decir: “deja de vestirme; mándalo todo al diablo, porque al sin ya

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